Piedra, papel, tijera, de Maxim Ósipov (Libros del Asteroide) Traducción de Ricardo San Vicente | por Juan Jiménez García

Maxim Ósipov | Piedra, papel, tijera

La lectura de El grito del ave doméstica fue una revelación fulgurante. Los relatos allí comprendidos, pero, fundamentalmente, una manera de contar, una manera de escribir, que nos desvelaba a un escritor al que nos costaría calificar de chejoviano pero que inevitablemente nos remite allá no por una manera de escribir sino por su capacidad para construir personajes e historias como si nada, como si brotaran de esa fértil tierra rusa, antes soviética, antes rusa. Historias de vidas, grandes y pequeñas, que se entrecruzan y que, todas juntas, ya sea por Ósipov o Chéjov, son capaces de entregarnos algo parecido a la realidad. Es más, a la verdad. Un sentimiento de que las cosas son así, un aire del tiempo, pasado, presente y futuro. Es más. Habría que crear un tiempo propio, uno que solo les pertenece a ellos, escritores y personajes. Capaz de moverse entre las corrientes de la historia, entre sus catarros y achaques, siempre con cierto humor. Un humor en el que no hay víctimas, solo vida.

Cuando escribí sobre El grito del ave doméstica, ya hablé de un misterio, entonces ciertamente incomprensible para mí. El libro me había entusiasmado (si, esa es la palabra, tan infantil como cierta), pero no recordaba nada de él. Volví a leerlo para volver a constatar tanto una cosa como otra: el encantamiento y el olvido. Pero todo estaba bien. Y todo está bien con Piedra, papel, tijera, nueva reunión de relatos. Otra vez lo mismo o parecido (porque es imposible olvidar al personaje de Betty). Esa misma desmemoria y esa misma entrega apasionada a la narrativa vertiginosa de Ósipov, del que sólo puede declararme osipoviano como me declaro chejoviano (y eso es tanto…). Sí, se puede hacer. Se puede hablar de sus relatos uno a uno, como si estuviéramos pasando lista o realizando un esmerado inventario, pero lo cierto es que no dejan de ser un todo, una historia personal del hombre postsoviético y casi ruso, porque es como si se hubieran instalado en un tiempo que solo les pertenece a ellos y que bastante tienen con comprender (aunque eso no les evite intentar explicarlo).

Porque no es una cuestión de una historia u otra, de lo que le pasó a este o a aquel, de quién es el protagonista y quiénes son los secundarios, sino de que todos comparten un incierto destino común y unos antecedentes parecidos. Pero ¿qué ha cambiado? Hablo de Chéjov y podría hablar del Moscú-Petushki de Venedikt Eroféiev o de los relatos de Liudmila Petrushévskaia, entre algunos otros. Ellos andaban con los pies metidos en varios tiestos y la cabeza perdida (sin más: perdida, en ningún lugar concreto, ninguna casa a la que volver o a la que ir, ninguna estación en la que detenerse). Estos de Ósipov están más avanzados. Ya han llegado al futuro de los otros y desde allí les dicen y nos dicen, esto es lo que hay, queridos, poca cosa y mucha confusión. Y eso que lo peor (y eso tiene tanto del alma rusa) siempre parece por llegar. El libro de la risa y del olvido. Hablad, contad. Vuestras delirantes vidas, con vuestros delirantes padres y vuestros delirantes hijos, y toda esa confusión de haber bebido demasiado, pero no poder dejar de hacerlo. Porque cuando paremos, entonces vendrán las resacas, los miedos y pesadillas de los que escapábamos. Y así van los rusos, ida y vuelta, ida y vuelta. Sin solución.

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