Nada más, de Marguerite Duras (Periférica) Traducción de Vanesa García Cazorla | por Juan Jiménez García

Marguerite Duras | Nada más

Esto es todo, repite Marguerite Duras. Esto, la vida. Nada más. Ya no. La urgencia de la escritura, la urgencia de escribir las últimas cosas, en ella se transforma no en un torrente de palabras, en un testamento literario, en esas últimas cosas no dichas, sino en un tránsito del silencio hacia el silencio más absoluto. Un silencio en el que las palabras resuenan, entre ecos, repeticiones de sí mismas, regreso. Buscan su significado y buscan significar la vida que se escapa. El libro comprende los últimos años, dos, tres, acaba uno meses antes de su muerte, que intuye, que sabe que está ahí, esperándola, que aparecerá en un último instante, punto final de una vida que para ella empieza lejos, en aquella Indochina francesa, con aquel dique, aquella presa contra el Pacífico, con la madre, siempre la madre. Ese silencio es la descomposición de la escritura. Asistimos a como esta es cada vez menos y menos y aún menos, y como, aun así, sigue teniendo la voluntad de comprenderlo todo y también de hacer comprensible todo. Luego: como relámpagos en la oscuridad de la noche, está Yann Andrea. Su relación con Yann Andrea, último amante, homosexual, que reúne los fragmentos del libro. Que está ahí de voz y frente a Marguerite Duras. Le pregunta. Ella responde, preguntas que son jirones de algo roto, hecho pedazos. Del mismo modo, está su relación. Con él, entre ellos. Le declara su amor. Le declara su odio. En ese enfrentamiento, está la desesperación. La ausencia de esperanza es esa desesperación. La lucha por vivir, vivir algo más, evitar el punto y final, es desesperación y rabia. Una tristeza por el presente, que no melancolía. Una vez, otra vez, vuelvo sobre Desgracia impeorable y como la escritura de Peter Handke, en un determinado instante, con la muerte, la muerte de la madre, se rompe, se hace pedazos, una infinidad de fragmentos, un universo creado tras una explosión inimaginable, tras un dolor inimaginable, siempre más, mucho más. Eso es Nada más 

Los fragmentos son mínimos. La vida se reduce a unas pocas palabras. El blanco de la página lo rodea todo, es casi todo. Las frases cortas, que saltan de una línea a otra, entre un silencio y otro, entre un después y otro después, un más tarde, más adelante. El tiempo no es circular. Es una línea que sigue, que buscar un lugar donde acabar. No hay donde volver. Duras, solo Duras, mantiene su mirada fija en la muerte, allá al fondo, delante. Habla del amor, vuelven a ella personajes pasados, habla del amor, vuelve la madre, habla del amor, calla, habla del amor, se desespera, grita sordamente, con esa voz suya, apagada por la enfermedad, metálica por la enfermedad, profunda por los días, los años, la introspección que la ha vuelto del revés, una voz que entra, no sale. Una y otra vez se despide. Los días pasan, pasan las semanas, los meses, incluso los años. Pocos, alguno. Pasa el tiempo. Un tiempo que empuja, que crea urgencias. Para la escritora, escribir lo es todo, luego escribe. También el amor, pero el amor se convierte en algo laberíntico, un laberinto del que no quiere encontrar la salida, un laberinto que es Yann Andrea, pero no siempre están juntos, no siempre. Ni estando uno al lado del otro. Sin embargo, la escritura forma un mismo cuerpo con ella. Es su cuerpo. Y como su cuerpo, se debilita, se esfuerza por encontrar el aliento necesario, surge, es, está. La escritura también puede enfermar, pero, a la misma vez, es la curación, es el espejismo de la curación, es el exorcismo, el gesto que espanta, la luz en la oscuridad, la luz en las tinieblas. Se ha terminado. Todo se ha terminado. Es el horror, dice un último 28 de febrero. Pero hay una anotación más, un día después. Te amo. ¡Adiós! Nada más.


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