La escuela poética de Nueva York, de VV.AA. (Alba) Traducción de Leonor Saro, Carlos Recamán, Mónica Ojeda, Juan F. Rivero y Alejandro Morellón | por Óscar Brox

La escuela poética de Nueva York

Renovar el lenguaje, el decir y el hacer poético. Pensar de otra manera, si es que eso es posible, y escapar de ese callejón sin salida de las herencias y tradiciones. Pisotearlas, triturarlas, parodiarlas o abrir la ventana para que corra un poco de aire fresco. De sana transgresión, de versos oscuros coronados con una onomatopeya y un poco de dinamita literaria o de elegías a una simple flor de campo. Uno acude a una colección como La escuela poética de Nueva York con esa necesidad de descubrimiento. De encontrarse, más bien toparse, con otras palabras, con otras imágenes, para descubrir eso que, de tan mundano, erupciona en los textos. Que transfigura lo cotidiano sometiéndolo a la sensibilidad particularísima que despierta cada cosa. Necesidad de descubrimiento, sí, pero también de contar; de contarse. De recordar y evocar un espacio, propio o extraño, que bajo el prisma de un poema siempre parece empezar. Volver a empezar, como si conservase ese fulgor especial de los primeros momentos.

Kenneth Koch levanta acta, con una cierta ternura no exenta de melancolía, de la creación de la Escuela: En un cuarto de West Tenth Street en junio de mil novecientos cincuenta y uno… Allí están él, Frank O’Hara y John Ashbery, entre otros. El recuerdo de un viaje a Europa, la botella de Whisky que pasa de mano en mano entre anécdotas y ese relato oral que Koch hilvana entre un verso y otro, a golpe de revelaciones (si nadie se cuestiona el movimiento ya que no existe duda alguna sobre él, ¿no podría podré encontrar en este instante un minuto extraordinario?) y de volver una y otra vez sobre ese mismo momento, rehaciéndolo mientras su escritura lo convierte, casi, en una pequeña mitología. Un modesto Parnaso, o como mínimo su versión bufa, en la que un grupo de poetas elige su voz y sus palabras, las comparte y las descubre entre la feliz añoranza de un viaje y los vapores del alcohol.

Lo que me gusta de la poesía de John Ashbery es que todo es, que todo parece, un paisaje. Interior o exterior, tanto da. Parece que los versos están ahí para tantear toda esa miríada de cosas que forman parte de él. Todo aquello que cambia, todas esas emociones que se trasladan al corazón de las cosas. Y también una inquietud, conectada con la de sus compañeros, por cómo decir, por cómo señalar: El relato está gastado de contar que todos los diarios se parecen […] Se los pone de lado, paralelos a la tierra, como los muertos que no nos atañen. El tiempo justo para releer esto antes de que el pasado se te cuele entre los dedos, deseando que estuvieras allí. Por, en definitiva, cómo fintar ese pasado con tantos nombres (Keats, Pound, Eliot, Mallarmé, Yeats, y cada nombre recitado en forma de letanía) dando a la poesía un aire nuevo. La ilusión de que se puede expresar el tedio de una vida en el corazón de hormigón de las grandes ciudades o la banalidad de las cosas minúsculas que pueblan el paisaje de una infancia rural. La necesidad, otra vez, de que dar otro nombre a todo eso es como renombrar el mundo y crear, así, una experiencia nueva.

Koch, Ashbery o Frank O’Hara hablan de un microcosmos de una efervescencia creativa total. En su santoral cabe la mitificación (ese París añorado de los poetas y el Pernod), pero también la sombra de la infelicidad, que traza algo parecido a una doblez en esos versos tan vitalistas, tan eufóricos y llenos de energía, que en cualquier momento van a descarrilar sobre la página en blanco o van a explotar en un desorden de palabras, onomatopeyas y descripciones dispuestas a zarandear al lector. Algo que, tal vez, contraste con esa búsqueda de la sencillez de Barbara Guest o con la melancolía de James Schuyler. Con el verso perfilado, desnudo, casi una superficie poética que serpentea las emociones cotidianas o con la pausa, la reflexión, esas palabras que tienen un peso y una espesura, una discreción y una intimidad en la obra de Schuyler.

En La escuela poética de Nueva York todo parece un descubrimiento, una revelación, un texto potente o una voz que no deja de reclamar nuestra lectura atenta. Las traducciones, estupendas, hablan también de la hábil labor del grupo de escritores y poetas, todos jóvenes, que le han echado un pulso al legado de la poesía norteamericana. ¿La sensación final? Esa mezcla de euforia, algarabía y radicalidad que expresara Kenneth Koch en estos versos: ¿Eras una culminación o una etapa? Ninguna de las dos y ambas. ¡Explícate! No hay tiempo. ¡Adiós!.

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