Grandes esperanzas, de Kathy Acker (MalasTierras) Traducción de Ce Santiago | por Óscar Brox

Kathy Acker | Grandes esperanzas

Formas de hablar, formas de escribir. Intento dar con la clave para expresar, para explicar lo que significa el anarquismo literario de Kathy Acker. Que uno sienta que su novela es un monstruo de páginas arrancadas, escupidas y parodiadas hasta la rabia en las que la baja y la alta literatura se acuestan juntas. En las que el imaginario dickensiano se zambulle en el submundo porno de Nueva York y la escritura al límite de Pierre Guyotat es como el adorno a ese paisaje de sexo, violencia y degradación que alguien decide convertir en literatura. Bueno, en una escritura que a ratos dispara como un subfusil y a ratos se hunde en la conciencia lectora como una bayoneta. Con muy pocos escrúpulos, con aún menos vergüenza, dejando a cada cual la potestad de darle un orden, un sentido, un cosmos entre tanto caos; entre fogonazos, líneas de fuga, saltos y más saltos y trallazos que nos trasladan, sin anestesia alguna, a los pensamientos de su autora. Un ejemplo: Una narración es un movimiento emocional. Es una creencia común que algo existe cuando forma parte de una narración. Y así, sin mucho más. Podemos pasar del poderoso imaginario desértico de tortura y éxtasis del eros de Edén, Edén, Edén a la dicha en la esclavitud de Historia de O; de Marcel Proust en Combray al Orlando de Virginia Woolf; del Nueva York sucio, sórdido y nuevaolero a los ambientes académicos de revista de semiótica. 

Lo que me gusta de Kathy Acker es cómo su escritura fusiona un poco de todo. Hay algo urgente, furibundo, de escritora presionando las teclas emocionales a toda velocidad, trepidante y rabioso. Una novela que podría ser un fanzine, un collage textual o un experimento de cultura avanzada a exponer en una galería artística. Una voz que aúna el exceso, la necesidad de decirlo todo y de hacerlo todo a la vez. De cagarse en Dios, en la sociedad y en esa otra sociedad que es la familia. De abrazar la fusta y los placeres oscuros, pero sin dejar por ello de buscar una cierta elocuencia en todo ello. Valerse del exceso para denunciar algo todavía más excesivo: esa normalidad de un mundo que en absoluto lo es. Que es más lamentable que ese paisaje misérrimo de las novelas de Dickens y que, por tanto, hay que revolver y zarandear, mezclar hasta dejarlo irreconocible. Convertirlo en un trabajo emocional. O sea, en una narración. En palabras lanzadas a bocajarro, con poco concierto y algo de orden, en las que lo confuso, lo obtuso y lo obvio nunca dejan de apuntar en una misma dirección: hasta qué punto aguantan nuestras conciencias esta exhibición de atrocidades. Hasta qué punto esta ausencia de finura es la única manera de dar con los resortes adecuados para hablar de un mundo, del mundo, y de su reflejo deformado en la novela de Acker. 

Me da la impresión de que en la escritura de Acker todo, absolutamente todo, es público. El sexo, la violencia, la sensación más insignificante, las imprecaciones a cada personaje conocido que se cruza en su camino, de Susan Sontag a Sylvère Lothringer. La crudeza, en definitiva, con la que arrolla al lector con sus intuiciones (y no sé, llegados a este punto, si no debería escribir certezas). Seguir el trazado de Grandes esperanzas a veces resulta absurdo. Uno acaba guiándose por la música, disfrutando de los recortes literarios y las barrabasadas estilísticas, escuchando los gritos de Acker en cada página y también esa mezcla de saber bajo que aparece en los momentos menos sospechados y que confieren a su novela de un carácter político, comprometido (comprometido con la furia, con las ganas de arder) y belicoso. Capaz de pasar por las novelitas de Colette con la delicadeza de un Panzer, pero fundamentalmente capaz de estrangular al lenguaje hasta exprimir todas sus posibilidades. De trasladar a la página esa locuacidad casi maniaca con la que su escritura elige mil y un desvíos, unos cuantos atajos, unas cuantas historias que nunca parecen llegar a ninguna parte. Lo brutal, en definitiva, convertido en un trabajo de orfebrería literaria. 

“No hay más imágenes. Es lo que es, por eso no puedes escapar de mí. Solo hay obsesión”. Algo así dice Propercio, o el monigote con el que Acker satirizaba sus enseñanzas. Y, sin embargo, qué tentador resulta saltar al personaje citado y tomarlo como la voz directa, sin filtros ni intermediarios, de la propia autora. Otro de tantos ejercicios estilísticos tan arriesgados como los arabescos vocales de una Nina Hagen. Pero lo cierto es que en la escritura de Acker se agolpan las imágenes, las frases (casi) lapidarias y los pensamientos fugaces que no por ello dejan de martillear nuestra conciencia lectora. Enfrentarlo todo, enfrentarse a todos. Hacer de la escritura un arma y afilar cada palabra hasta que corte. No sé si el mundo es mejor o peor de lo que ha sido sé que la única angustia proviene de huir. Nada mejor que su obra para encontrar ese acto de resistencia, de transgresión y ardor literario. De ese otro mundo, de esa otra realidad, de tanto sinsentido y de tanta crudeza, humana demasiado humana, que solo existe cuando forma parte de una narración. En definitiva, aquello que decía Cocteau: cuando nuestra manera de escribir es nuestra manera de ser. 

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