Moira, de Julien Green (Automática) Traducción de Pablo Moiño Sánchez | por Almudena Muñoz

Julien Green | Moira

El universitario novato llega al campus el día de las recepciones buscando algún rastro familiar que le sirva de amuleto durante los primeros días de estancia. No lo halla en los muchachos de complexiones muy distintas a la suya, en profesores curados de las esperanzas de la escuela rural, en las cafeterías de autoservicio desconocidas en la provincia, ni en los cuartos de alquiler que huelen a anciana y sirven desayunos medio fríos. ¿A qué recurre el novato ejemplar su primer día de universidad? Al libro; pero no a cualquier libro, porque Joseph Day únicamente lee la Biblia.

Sean o no fruto de la casualidad las coincidencias simbólicas que decoran el breve periplo universitario de Joseph Day, tal y como insinúa el autor Julien Green en el prefacio de la novela, desde luego resultan de un fatídico constante: el joven Day ha vivido siempre martirizado por uno de esos físicos de pelirrojo que tantas habladurías brujeriles inspiraban en tiempos antiguos, y en su arduo camino se cruza la no menos mitológica Moira, aunque el personaje no pase de ser una mención ligera hasta la mitad de la historia. Hay aquí, entonces, una masa madre del pulso entre lo teologal y lo irreverente que ya no parecía darse en las aulas y los céspedes de unos Estados Unidos de entreguerras. La fábula moral de Green, ya se base o no con mayor o menor fidelidad en sus propias experiencias, parece un negro ensimismamiento mientras de fondo se intuye eso que Fitzgerald describiese en A este lado del paraíso (1920): una universidad de guirnaldas de bombillas, café en tazas blancas de los antepasados de los diners y ningún remordimiento a la hora de que el joven se entregue a sus instintos. Green hace que Joseph contemple ese paisaje de reojo, de forma que para el joven el rechazo, casi una arcada, sea instantáneo.

El propósito de ese malestar continuo podría encuadrarse en la denuncia de las educaciones estrictamente puritanas, sectas de estados esquinados en el mapa o surgidas en el centro de las zonas más florecientes, como un abono olvidado de los primeros peregrinos. El manoseo que Joseph ejerce sobre su amuleto universitario, la Biblia que anhela leer en griego para sentirse más cerca de Cristo, lo aparta del acceso a la vida social y al conocimiento. Sin embargo, esa beatería fuera de época y edad no cae en el ridículo a ojos de Julien Green, sino que el escritor ejerce un papel próximo al del confesor, registrando los reflujos de ánimo de Joseph, quien no deja de comportarse como el adolescente en su última etapa que es. Su violenta educación sentimental está desarrollándose, más allá de sus estrechas creencias, como una lección contra la ingenuidad; ese sorpresivo cubo de sangre o agua fría que cae sobre el novato cuando dentro de clase le proponen lecturas inauditas y fuera de ella le llegan invitaciones a eventos antes prohibidos. ¿Tiene sentido un ser así en un mundo que ya ha despertado del todo a los horrores y las impudicias? Como un híbrido entre Torquemada y la Carrie de Stephen King, Joseph Day es el hijo de un ambiente de hipócrita paz que sólo cosechará terror.

El debate teórico pronto da pie a las hechuras del melodrama, uno que, por los ambientes descritos y el lenguaje sucinto empleado, anticipa el estilo de los avatares adolescentes escritos por John Steinbeck y puestos en imágenes por Nicholas Ray, antes que el mundo del Swanee y Rodolfo Valentino en que se enmarca la acción. La pulsión inagotable del joven contra sí mismo, contra los amigos a los que siente ceder su simpatía demasiado rápido, contra los enemigos cultivados con tan sólo una mirada nocturna, contra su dios, su propio amuleto y, por tanto, el redil familiar, confortable y conocido, estalla en esa largamente anunciada confrontación entre Joseph y Moira. La mujer aparece como una caricatura de su papel en el destino del protagonista y de esa miríada de femmes fatales que empezaban a llevar a la perdición, en el buen sentido, la literatura suburbana de los cincuenta. Ante ella, Joseph reacciona como el censor medieval que lleva dentro frente a la lectura de una tragedia de Sheakespeare: rasgando el ejemplar por el lomo, escupiendo sobre las frases con dobles sentidos y sintiéndose lejano a los escenarios en que dos enamorados se reúnen de noche, los homosexuales se lanzan indirectas o un negro contrae matrimonio con una blanca. Un joven así sólo puede inspirar, entre sus allegados y los lectores contemporáneos, compasión o irritación, aunque Julien Green esperase que nadie juzgara en la cumbre de los juicios tercos y precipitados, la universidad, con sus novatos pisando las primeras hojas de otoño y apretando contra el muslo algún libro de confianza, ahora mismo…

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