En el descuento, de Jordi Ledesma, José Ángel Mañas (Alrevés) | por Gema Monlleó

Jordi Ledesma, José Ángel Mañas | En el descuento

Érase una vez un delincuente exfutbolista que sale de la cárcel con un permiso de fin de semana. Por concretar, un delincuente exfutbolista que sale de la cárcel en su primer permiso de fin de semana en cuatro años. Por concretar más, un delincuente exfutbolista, que cumple condena por un delito no cometido (si eres chivato no eres héroe), y que sale de la cárcel en su primer permiso de fin de semana en cuatro años.

Ahora sí. Planteamiento realizado.

El delincuente, de nombre futbolístico Chúster, recibe el encargo de su “mentor” deportivo y delincuencial (el que mientras él se come su marrón en el talego, cuida de su familia -“yo he estado ahí cuidando de lo tuyo, porque al hijo ese que quieres ver, al Martín, lo he estado manteniendo yo. Y a la puta de su madre, también”-), de hacer de chófer (Mercedes mediante) de El Argentino (aka Futre) en un viaje de ida y vuelta Madrid-Barcelona-Madrid. 2.000 euros. 24 horas. Al regresar, visita al hijo y partido en el Wanda. Por compañía, un Taurus 38 especial. 

“Te he buscado un currito bueno, de los que a ti te van. Algo muy fácil, mejor que fácil, chupao. (…). Es llevar un coche, y ya. Sin movidas. Sin líos raros.”

Ahora sí. Nudo realizado.

Nada sale como estaba previsto. 

Conclusión expuesta.

Érase una vez dos escritores que deciden escribir una novela a cuatro manos. Apriorismo mío: uinsss, no sé, no sé. Aposteriorismo mío: por favor, por favor, que esto sea una saga.

Jordi Ledesma (poeta y novelista, Narcolepsia, Lo que nos queda de la muerte…, entre otros) y José Ángel Mañas (sí, el mítico Mañas de Historias del Kronen, que ha recorrido incansable diversos géneros literarios), escritores y amigos, residentes respectivamente en Tarragona y Madrid, son los autores de este puro noir en el que si el lector quiere jugar a “quién ha escrito qué” va a perder con total seguridad. Ellos mismos, en una de las charlas que protagonizaron en la BCNegra (Barcelona, febrero 2022), confesaron que recordaban haber escrito según qué frases “pero no haberlas escrito así”. 

La novela se construye sobre un protagonista tan sólido en su dibujo, en sus actos, en su moralidad, que parece evidente la continuidad del mismo en nuevas entregas. Chúster: el exfutbolista cojo que abandonó el fútbol por una maldita lesión (jugó once minutos en Primera, ocho y el descuento). Chúster, el del manager sin escrúpulos (Cisco, ahora reconvertido en magnate de la delincuencia: puticlubs, tráfico de drogas, dinero en “paraísos fiscales”, todo el catálogo completo…). Chúster, el de la mujer que aspiraba a más de lo que finalmente obtuvo (Lurdes, la ex que ahora convive con el delincuente de moda, el negro del chalé de Pozuelo, traficante de mujeres, gurú y hechicero, hijo de un ministro angoleño). Chúster, el de los particulares códigos de actitud (preguntadle a Alicia) y el de la fidelidad absoluta a sus propios principios. Chúster, el perdedor casi sin miedo (y a medida que avanza la historia y las pérdidas se multiplican, sin casi). Chúster, el del hijo adolescente, futbolista espejo del padre, jugador de Preferente a sus dieciséis, a punto de debutar en Primera…

“De repente, Chúster sintió que el mundo iba otra vez muy rápido. Pensó que le gustaría cambiar de vida, intercambiarse con cualquiera de esos tipos que conducían los coches que les iban adelantando, en vez de estar como él estaba y con quien estaba. Pero ya no había marcha atrás y se consoló pensando que lo hacía por su hijo Martín, aunque tampoco de eso estaba seguro.”

A Ledesma y Mañas se les nota la empatía por este pobre tipo y nos la contagian. Lo envuelven en la ambientación más genuina de la buena novela negra (el gusto por los clásicos está ahí): una atmósfera que mezcla la anormalidad, la tensión psicológica, la corrupción (no importa el estrato social), la denuncia social, la decadencia como destino inevitable. Su mirada, la nuestra, sobrevuela toda la acción, semi-ángeles-de-la-guarda de Chúster, alentándolo, avisándolo, doliéndonos con él, aplaudiéndolo. 

Los ambientes de En el descuento son opresivos. Desde los puticlubs (ese Cisne negro que ha perdido la s en el rótulo) a la casa-de-lujo-jaula-de-oro donde ahora vive Lurdes, desde la zona bien de Barcelona al extrarradio cruzando el Besós, desde el Villaverde natal de Chúster hasta el párking  de la Avda de Sarrià. Y la opresión máxima se convierte en libertad a lomos del Mercedes. Road novel arquetípica, el coche es el saco amniótico en el que Chúster renace varias veces, no sólo por los peligros a los que se enfrenta, sino por su propia determinación, por las decisiones tomadas (sean estas de huida, de venganza, de escapismo opioide, de regreso en paz).

“Y de repente, el mareo pareció estar controlado por completo, pero ya no por él, sino por otro mareo con mayor curvatura y oscilación. Mucha más. Un mareo que acercaba y alejaba los límites de las cosas a su antojo, y que allí mismo apartó de un empujón el techo del Mercedes para meterle la estratosfera en las pupilas. 

El firmamento entero cupo en su suspiro.”

El lenguaje es seco, directo, funcional. Nada sobra. Nada falta. Los diálogos son afilados. Las reflexiones son la emocionalidad de Chúster entre cada acción vs reacción. Sin llegar al lenguaje lumpen hay voces, hay dialectos, la marca moral de cada personaje está en cómo habla (el Argentino, aka Futre: “Para mí son sólo negocios. Hago lo que me piden. Me pagan. Y desaparezco. Y vos deberías verlo igual. Si entrás a valorar si está bien o mal, tenés que entrar a valorarlo todo”), distintiva incluso en los personajes que no dominan el idioma (el moldavo, inolvidable: “Tiros. Noticias en la tele. No mal. Peor que mal. Son locos. No merecen vivir. Pero tú bien hombre. Tu mucho pena. Tú sabes lo que es la vida”). Capacidad narrativa y multiplicidad léxica, Mañas y Ledesma, Ledesma y Mañas. 

La novela es un baile miocardial de vueltas de tuerca. Esos momentos en que todo va hacia un lugar y, de golpe, no. Esas escenas con un hecho capital imprevisto (imprevisto para el lector) que provoca un cambio de dirección. Y no un giro una vez, ni dos, ni tres, ni cuatro. Un constante “parece que” que se bifurca para no regresar al punto del que salió. Y que si en algún momento regresa, incumpliendo la norma lampedusiana, es para que nada sea como era. 

En la ya mencionada charla durante la BCNegra, Ledesma y Mañas explicaron que para que una novela a cuatro manos funcione la autoría compartida debe expandir el campo de maniobra, mejorarse el uno al otro (“no somos ni tú ni yo, sino una tercera persona”), el todo debe ser mayor a la suma de las partes. Leída En el descuento sólo puedo terminar afirmando que han conseguido su objetivo y solicitando que la próxima entrega no se haga esperar.

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