La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco (Seix Barral) | por Óscar Brox

Jesús Carrasco | La tierra que pisamos

Con Intemperie, su debut literario, Jesús Carrasco se inscribió cómodamente en el papel de narrador de paisajes. De narrador o de constructor, dada la minuciosidad con la que vertía en palabras aquel entorno extremeño que irradiaba la fuerza de un pasado (cada vez más) remoto. Sin embargo, cabía pensar si ese talento superficial, en el sentido de estar tan dotado para dibujar lugares con la precisión de una memoria fotográfica, se correspondía con alguna clase de hondura emocional. Si lo que para algunos era un objeto estético podía ser, además, un cuaderno de apuntes de aquellos tiempos de secarral, borricos, aguaderas y perrunillas. Memoria viva de un pasado no tan remoto, con el que todavía se amamantaron las generaciones nacidas al albur de la Guerra Civil. Memoria del hambre, la desesperación y la falta de horizonte.

La tierra que pisamos, en este sentido, no es solo una versión más ambiciosa de su primera novela, sino también una mirada más consciente de Carrasco sobre su propio imaginario. En la que se identifican no pocos detalles añadidos, quizá porque su autor no pretende ensimismarse con la riqueza descriptiva que le proporciona el Sur de España. O, simplemente, porque esta no es ya la biografía de un lugar (y las costumbres cinceladas sobre la tierra seca), sino de sus habitantes. De esos personajes que en Intemperie se movían por la línea del horizonte, fusionados con el entorno. Figuras que, ahora sí, dibujan el arraigo tan poderoso con el que nos ligamos a la tierra. La identidad y la pertenencia. O, mejor dicho, cómo a través de ese contacto natural, casi íntimo, establecemos una ligazón indestructible con ese paisaje en apariencia indiferente. Ausente. Cruel. En el que el tiempo fragua una serie de cambios, de revoluciones y conquistas; en el que los hombres se matan unos a otros. En el que la vida se abre, inevitablemente, camino.

Carrasco toma como punto de partida una eventual anexión del Sur de Europa al eje alemán, algo en lo que se puede vislumbrar tanto los episodios más sombríos del pasado siglo como (en clave más metafórica) la subordinación de los países en crisis al dictado de las recetas políticas austeras de la Alemania contemporánea. La invasión, ya consumada, se presenta bajo la mirada de una mujer, una de tantos colonos establecidos en suelo extraño, y su progresivo contacto con esa realidad ajena. Incomprensible. De tierra, lodo, sangre y raíces. Esa realidad que se concentra en los rasgos de uno de los pocos supervivientes que no han caído bajo el fuego del Imperio. Un hombre destruido, al que su autor funde con el paisaje. Sin palabras. Solo con su cuerpo, con las manos hundidas en la tierra, como si fuese parte de ese suelo que pisan. Una extensión. Una exteriorización de la tristeza de un lugar devastado por el peso de los extraños. De los conquistadores. De aquellos cuyas tradiciones, invernales, no pueden maridar con ese ambiente calcinado por el sol, marcado por el cultivo y el trabajo físico.

De alguna manera, la evolución cultural se ha significado en una serie de transformaciones destinadas a limar diferencias para hallar los puntos en común entre las diferentes sensibilidades que forman Europa. O eso, al menos, es lo que se desprende de los sucesivos tratados, uniones y pactos que han articulado la convivencia en el viejo continente. Toma y daca. Tira y afloja. Y si bien, en ocasiones, esos vínculos tienen algo de fantasmagórico, no es menos cierto que han hecho más patente la necesidad de hallar una identidad propia. Un arraigo. Una raíz a partir de la cual estirar para encontrar los rasgos propios. Los rasgos perdidos. Si Intemperie trazaba, en su precisa descripción de los ambientes de la Extremadura olvidada, una cultura al borde de la desaparición, La tierra que pisamos lo hace a partir de las personas. De la mirada salvaje, indómita, que la protagonista detecta en ese desconocido que trata de recoger hasta el último aliento los jirones de una memoria prácticamente destruida. De una familia, un pueblo y unas costumbres ahogadas por el yugo de una civilización establecida a la fuerza, incapaz de armonizar sus elementos con los de la cultura que están absorbiendo. De otra mirada, extranjera, en permanente proceso de descubrimiento de una realidad mucho más matizada. Elemental, en el sentido de su contacto con la naturaleza. Íntima. Interior.

Si algo demuestra La tierra que pisamos es que Carrasco conduce su ambición narrativa hacia una nueva dirección. Sin dejar de lado la poética rural que marca a su obra, ahora son también los personajes, los diálogos y las reflexiones, los que aportan un relieve ante el despliegue estético. La voz que se filtra tras la belleza salvaje del escenario. Las palabras que intentan comprender el arraigo indestructible que albergamos por la tierra. La sensación de que sus personajes son como superficies humanas en las que inscribe el llanto por la memoria perdida y el amor por la cultura del pasado. Por las costumbres con las que se aprende a ver el mundo. Por la tradición. Por las pequeñas cosas que aún hoy perviven entre el magma de la modernidad. Y que, de algún modo, nos recuerdan ese origen que, a falta de un entorno concreto, vive entre la tierra removida, los árboles y los vestigios que han sobrevivido a las numerosas transformaciones. Aquello de lo que formamos parte.

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