La mentira que siempre dice la verdad, de Jean Cocteau (Salto de Página) Traducción de Jordi Corominas i Julián | por Juan Jiménez García

Jean Cocteau | La mentira que siempre dice la verdad

El conocimiento que tenemos de Jean Cocteau es ciertamente particular. Tal vez solo sea una cuestión de edición o de modas, pero lo cierto es que es más conocido (siendo desconocido en nuestro país, después de todo) el Cocteau persona que el Cocteau artista, y que en este último sus dibujos no dejen ver sus películas, sus películas su teatro, su teatro sus novelas, sus novelas su poesía. Como si cada capa, que en realidad se sumaban, fuesen entidades con vida propia, partes desgajadas y autónomas de un ente misterioso, rápidamente esbozado, como haría él, con un volátil trazo. Y eso que nuestro hombre se dedicó a promocionarse y si algo no hacía era esconderse. Cocteau estuvo en todos los sitios, pero tal vez eso solo hizo imponer al hombre sobre el artista. Confiaba en la posteridad, como tantos otros, mientras vivía un presente polémico en el que otros tan activos como él, los surrealistas, no dudaban de calificarle de bestia “hedionda”, inmundo, nauseabundo o ignominioso medrador, en lo que parecía más un conflicto de egos entre dos espíritus que compartían el gusto por dejarse ver y querer y alguna cosa más (Apollinaire, Picasso,…).

Sea como fuere, finalmente, en esa personalidad de mastriokas rusas en las que unas no acaban de dejar ver a las otras, hemos llegado, gracias a Salto de página y Jordi Corominas i Julián a la última, a la más escondida, a las más desconocida seguramente: su poesía. Y no será porque su obra poética sea poca y mucho menos por falta de importancia o valor. Lo dejaremos en las circunstancias. Debidamente escondidos debajo de la alfombra sus primeros intentos poéticos, eso no evita que empecemos por sus Poèmes de jeunesse para acabar recorriendo once poemarios. Cocteau no fue muy constante en sus intentos y, sin duda, su amplitud de miras más algún problema con las drogas (leer Opio) en algo contribuyeron.

Sus poemas de juventud nos llevan hasta 1908 y llegan hasta poco antes de la guerra, en la que Cocteau (como su amigo Breton) sirvió como enfermero. Aunque solemos asociar las vanguardias con el periodo de entreguerras (gracias a los surrealistas y pese al futurismo o al dadaísmo) lo cierto es que nuestro escritor ya andaba trasteando con Picasso y los ballets rusos, que entonces podrían ser algo parecido, aunque fuera más una cuestión de espíritu que algo organizado. Es evidente que aquellos primeros contactos marcaron una nueva manera de entender su escritura que poco tenía que ver con un gusto por el pasado y mucho más por una búsqueda de lo nuevo. También que lo importante no era ser aceptado por los lectores, sino más bien todo lo contrario: enfrentarse a ellos. Su sitio estaba en la posteridad. Siempre sería un incomprendido.

Durante la guerra escribirá los poemas de La Cap de Bonne-Espérance, que pese a compartir escenario y pese a que Apollinaire no le resultaba ajeno, poco compartían, muy influenciados por la figura del piloto de avión Roland Garros. No fue su único libro de aquellos años terribles. Discours du Grand Sommeil se colocará bajo el signo del ángel, personaje recurrente de su poesía. Y del horror. Vocabulaire llegará cuatro años después y todo quedará lejos, hasta su juventud (ya cuenta con treinta y tres años). Alejado de la poesía, había escrito obras arriesgadas y atrevidas, como Le potomak o Le Grand écart, riesgo y atrevimiento que no dejarán de trasladarse a sus versos de este tiempo. Su relación con las musas, su confianza en la inspiración, se reflejarán en Plain-chant, hasta causarle estupor, aunque con él abandonara la modernidad, sea aquello lo que fuera. Eso sí, queda su relación con el efímero Raymond Radiguet, el ángel, la muerte, el sueño,… Y todo ello desembocará poco después en L’Ange Heurtebise.

Tras un breve parón (de desintoxicación en desintoxicación), con Opéra (andamos ya por 1927) Cocteau cree haber encontrado su esencia, dentro de su gusto por la poesía clásica, nada popular en un tiempo en el que las búsquedas se asociaban con lo nuevo y lo viejo se lanzaba a la basura con gran estrépito. Alguien lo calificó, para su satisfacción, de primer libro de poesía pura. Y el tiempo y las circunstancias quisieron que fuera un largo punto y aparte. Allégories no aparecería hasta once años después. Y ya estaba en otra guerra, en una Francia ocupada.

Las pesadillas de la primera se trasladan a aquella segunda guerra. No quiere decir que durante aquel periodo no hubiera escrito nada, sino que hasta ese momento no sintió la necesidad de reunirlo todo, de enfrentarse con la realidad de otro libro. Las épocas dramáticas, pensaba, eran propicias para la poesía. Debía ser cierto, desde el momento que esta obra reúne algunas de sus mejores composiciones. Y también porque durante estos años aparecerá un nuevo libro, Léone, tal vez su mejor poema.

Su obra poética se cerrará tras quince años de silencio con Cérémonial espagnol du Phénix suivi de La Partie d’Echecs, el primero tras una visita a España, el segundo para aparecer en la revista de Louis Aragon, Lettres françaises. Poco después vendría la muerte y con ella el final de la obra de un personaje singular en la historia de las letras francesas (y no solo), alguien que parafraseando el título de esas recopilación siempre fue aquella mentira en la que se encontraba encerrada la verdad. Todo ello bajo una confianza en esas fuerzas ocultas que le llevaban a escribir una obra de la que solo tenía una visión parcial, como él mismo afirmaba.

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