Los náufragos, de Jean Améry (Pre-Textos) | por Óscar Brox

Los naúfragos | Jean Améry

Siempre resulta difícil escribir sobre Jean Améry, sobre su compleja obra ensayística y la reflexión sobre la condición humana que plasma en ella. Por fortuna, la editorial Pre-Textos lleva casi dos décadas entregada a la publicación de sus traducciones, uniendo esa línea de puntos que trazan sus pensamientos sobre las tentativas de supervivencia de una víctima del Holocausto con sus acercamientos a la cuestión del envejecer o a la del suicidio. Los náufragos, su novedad más reciente, es en realidad la primera novela de Améry, escrita entre 1934 y 1935, recuperada gracias a una intensa labor editorial que la puso en forma a partir de un original tipografiado de 400 páginas. Leída en retrospectiva, esta obra de juventud no solo permite intuir algunos de los temas que Améry abordaría en profundidad en su madurez, sino que también ofrece, con su aire ligeramente biográfico, un retrato de su autor: Hans Mayer.

Antes de adoptar su nom de plume, cosa que no sucedería hasta 1955, Améry era todavía Hans Mayer -o Maier, según la fragilidad del momento político que escojamos y las necesidades de protección de la identidad racial. Aunque nacido en Viena, Mayer pasó una parte de su infancia en Bad Ischl, rodeado de bosques y montañas, donde desarrolló una sensibilidad especial por ese paisaje y su arraigo emocional. De hecho, la dicotomía entre ciudad y campo, como dos esferas racional y radicalmente diferenciadas, será más que notable en la obra de Améry. Pero volvamos a Mayer, huérfano a una edad temprana al que tuvo que criar su madre mientras aquella regentaba una posada en la montaña. El regreso a la ciudad y a la vida precaria le lleva a encadenar trabajos de aprendiz que obstruyen cualquier avance escolar, no digamos académico. Será, sin embargo, su interés por el pensamiento y la literatura lo que, entre pequeños poemas y charlas, lecciones y conferencias a las que acude, moldeará su temperamento cultural. Así hasta que, influido por la obra de Thomas Mann y firme entusiasta de los postulados del neopositivismo lógico del Círculo de Viena, comenzará con apenas 22 años a escribir Los náufragos. Antes, todo sea dicho, habrá puesto en marcha su propia publicación, así como otras tentativas literarias.

En Los náufragos, Améry cede fragmentos de su biografía a su protagonista, Eugen Althager, un veinteañero desarraigado que sobrevive en la Viena de 1933 con el poco dinero que su tío de Francia le envía cada cierto tiempo y el que su amante, Agathe, le puede proporcionar. Intelectual y huraño, Eugen parte de la misma disyuntiva que Mayer, la de aquel que ha vivido esa separación radical entre la vida bucólica del campo y la existencia precaria de la ciudad. En 1933, Viena vive bajo una doctrina clerical-fascista, impulsada por el Canciller Dollfuss, y aunque todavía faltan unos años para que se propugne el anschluss y Austria caiga devorada por el nazismo, el ambiente que describe Améry larva ese clima de hostilidad racial. De ahí, pues, que a las clases más desfavorecidas no les quede otra que elegir entre tres alternativas: medrar, resistir o abandonarse. Esta última es la que escoge Eugen.

Decía Irene Heidelberg-Leonard, autora de uno de los estudios más exhaustivos sobre Améry, que Los náufragos no debe entenderse como una novela de formación. Aquí no nos encontramos con un joven Törless; al contrario, el Althager que nos presenta su autor es un personaje que, capítulo tras capítulo, va resbalando hacia los márgenes sociales hasta hundirse completamente en ellos. Mientras su círculo más íntimo elige la seguridad del pensamiento único (el nacional católico en el que se integra Heinrich) o el confort de los potentados (el hombre maduro al que se vende Agathe, en una vida de oropeles alejada de las penurias junto a Eugen), Althager reacciona a su ambiente ahogándose más, eliminando cualquier vía de escapatoria hasta quedar atrapado en un callejón sin salida. La rabia y el desdén aumentan, no hay gesto estético que pueda repeler esa fuerza de atracción al abismo, tampoco la posibilidad de una revuelta. Queda la resignación.

Para el apátrida, y tanto Améry como Eugen lo son, la disyuntiva que explora la novela solo puede acabar en un naufragio, imposible agarrarse a una tabla de salvación cuando la existencia se convierte en algo tan insignificante. O, simplemente, cuando el brutal clima social descompone de tal manera los vínculos con el pasado y el presente que nos expulsa y obliga a aceptar esa condición de desarraigado, de no poder pertenecer a un lugar. Sorprende, claro, que Mayer reflexione de esta forma sobre unos temas que, por experiencia y dolor, parecen más propios de la producción ensayística de Améry. Y, sin embargo, Los náufragos es una muestra tremendamente lúcida del porvenir que se avecinaba tanto a Austria como a su autor. Un porvenir en el que toma impulso el carácter negador de Althager, entre el inconformismo y la incapacidad de respuesta, que solo puede conducir a la muerte. Una impresión que Améry expresa severamente con unas descripciones casi nihilistas que desembocan en el final de su héroe. Un héroe, por cierto, al que pasado el calvario del Holocausto Améry seguirá utilizando en su obra literaria para glosar, como en el caso de la tortura sufrida en Breendonck, sus propias experiencias vitales.

No resulta sencillo leer a Améry, enfrentarse a unas reflexiones que ponen en la picota las circunstancias de una vida absurda, reforzada por ese sentimiento de falta de pertenencia que la razón -la razón de la Viena de 1933 secuestrada moral y socialmente- no puede consolar. De ahí que el final de Althager, no por ridículo menos dramático, preludie el gesto de levantar la mano sobre sí mismo que Améry llevará a cabo en Salzburgo en 1978. Los náufragos, que bebía de aquella nueva objetividad que se instaló en la literatura, y que valió a su autor entrar en contacto con Mann o con Müsil (por mucho que no consiguiera publicarla), también discutir el porvenir de la razón y roturar el peregrinaje vital de aquellos jóvenes de los años 30, es una obra que funciona como introducción a Jean Améry. Una novela que muestra, fuera del ámbito del ensayo, lo que queda de Hans Mayer y la visión sombría de una vida que acabaría marcada por la imposible revuelta y su resignación.

 


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