La balada de Sam, de Javier Márquez Sánchez (Alrevés) | por Juan Jiménez García

Javier Márquez Sánchez | La balada de Sam

Frank Benedict es un periodista y escritor de éxito, especializado en biografías de músicos. Esa es seguramente la única parte de su vida de la que se puede sentir satisfecho, pero ni tan siquiera le importa mucho. Su último proyecto es escribir sobre la vida de un director de cine maldito, Sam Lonergan, y eso le lleva hasta un músico que trabajó con él, Willie Pike. En su conversación aparecerá un nombre, Chico Montes, y todo estaría bien si ese hombre no fuera su padre. Su padre que desapareció hace años, abandonando a su familia. Su padre que en la historia familiar, administrada por la madre, era un hombre terrible, le encarnación del mal. Pero ese padre no se corresponde a aquel. Sí, es él, pero es otro. Aquel Montes inseparable de Lonergan era mítico en su bondad, querido por todos. Algo no encaja.

Frank Benedict (esto es: Francisco Montes) viajará hasta un pueblito mexicano, Triunfo, para encontrar la verdad. Para encontrar a su padre y también a aquel director crepuscular, alcohólico y drogadicto, que rodó un buen puñado de películas inolvidables, llenas de acción y desesperación. Quizás alguno haya ya reconocido la alargada sombra de Sam Peckinpah. Y la ha reconocido porque este es también un libro sobre Peckinpah. El libro de Javier Márquez Sánchez es el libro de las cosas dobles, en el que nada es lo que parece ser. Ni su protagonista de nombre cambiado, ni ese padre que parece dividido en dos, ni un director de cine que es en realidad otro. Pero no es lo único doble. Podemos pensar que estamos ante un libro en el que suena música country aunque hay algo que nos remite a la tristeza y el azul gris del blues. También que estamos ante un western, aunque en realidad lo más apropiado podría ser una road movie en la que los personajes han llegado al último punto del camino. Y en ese último punto, el viaje no se detiene, aunque ya no quede ninguna carretera que seguir y todo atraviese caminos interiores. Una película de acción en la que el tiempo (y la acción) se han detenido.

Es la épica de la derrota. Decía Guillaume Apollinaire: de derrota en derrota hasta la victoria. Cuando una busca un secreto, ningún secreto podrá soportar ser desvelado. Porque en los secretos, como en el viaje, lo importante es el trayecto que hemos recorrido hasta él. La balada de Sam es ese trayecto. Para encontrar su propia vida, aquella vida interrumpida por la ausencia del padre, Benedict se entrega a la reconstrucción de la de Lonergan. El homenaje organizado en aquel lugar para rendir tributo al director convertirá a Triunfo en ese lugar al que llegan los restos del naufragio, de la familia rota del primero, de la vida vivida al límite del segundo.

Pero esta es también la historia de un mundo en desaparición. El enfrentamiento de las dos familias poderosas e históricas del lugar, lo nuevo y su parque de atracciones, y lo viejo y su tiempo detenido. El último hotel del mundo y el último pastor de cabras del mundo. Porque Triunfo (nombre paradójico para un pueblo de derrotados) es un lugar donde todo está por acabar, como si todas las historias esperaran allí su final. Y ni tan siquiera un final feliz. Un final. Cualquiera. La verdad. La propia, la de los otros. Una.

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