Guerra, de Janne Teller (Seix Barral) Traducción de Carmen Freixanet | por Óscar Brox

Janne Teller | Guerra

Ahora que las últimas fracturas han debilitado la solidez del espacio de Schengen, alimentando la falta de solidaridad y cooperación de algunos estados miembro de la Unión, se hace más urgente pensar en la actitud de Europa con respecto a los refugiados que luchan por alcanzar nuestras orillas. Las políticas de asilo e inmigración, la pedagogía sobre la figura del extranjero, la permeabilidad de nuestras respectivas culturas como cobijo para quien ha abandonado forzosamente su hogar. La lista, definitivamente, es extensa. Y parece que tendrá que serlo aún más, como mínimo, para evitar los acuerdos estériles firmados a través de declaraciones institucionales o las imágenes de horror que se arremolinan sobre los cuerpos arrastrados por la marea hasta las playas de Europa. Para, en suma, impulsar una medida de concienciación sobre un problema global del que no estamos exentos; para recordar cómo medio siglo atrás también nosotros fuimos refugiados. O apátridas. O represaliados. Mano de obra en fábricas alemanas. Evacuados en dirección a Rusia. Exiliados que sortearon la frontera con Francia. Solos, a merced de una lengua extranjera, sin patria, ley ni techo.

Guerra, de Janne Teller, se ajusta a los parámetros del panfleto político en forma de llamada a la reflexión y, asimismo, a la acción. De manera breve y directa, exponiendo en sus pocas páginas el eco de una situación que, desgraciadamente, lleva salpicándonos desde hace décadas -no olvidemos, por ejemplo, los saltos masivos a las vallas fronterizas, la instalación de concertinas y las devoluciones en caliente. Para lograr ese efecto retórico, Teller construye su texto a partir de los elementos comunes, de aquellos rasgos netamente distintivos, de nuestra cultura propia. De esa manera, la traducción de Guerra coloca al lector en un entorno reconocible, de país o estado, asaltado por los problemas que sacuden a patrias que siempre observamos bajo el prisma de una distancia geográfica e ideológica. Todo ello, pues, con la voluntad de implicarnos en la lectura desde el primer párrafo. En forma de experimento mental, de episodio imaginario de un porvenir en el que debemos ajustar nuestra realidad a la del refugiado, al hogar en crisis y la marcha ineludible en dirección a otro lugar. Algo, por cierto, a lo que la época de recesión nos ha acostumbrado cada vez más, eso sí, sin el tinte terrible de un conflicto bélico. De sangre y destrucción.

Si el relato de Teller es poderoso es, precisamente, por su manera de involucrarnos en una situación que apela a nuestra moral. A la conciencia. A las entrañas. En la que prácticamente no cede espacio a la reflexión pausada, a la búsqueda de causas y motivos, sino a ese primario instinto de supervivencia que aboca (que nos aboca) a buscar cobijo de cualquier manera, poniendo en manos de una cultura de adopción la posibilidad de encontrarlo. Que nos pone en el lugar del otro para invitarnos a repensar nuestra relación con ese otro. Cómo reacciona el primer mundo ante la llamada de auxilio, cuánto o cuán poco nos esforzamos para apoyar medidas que ayuden a paliar la realidad del exilio. En síntesis, hasta qué punto hacemos de nuestras culturas un vehículo para conciliar, abierto a otras creencias y relaciones, que no exige llevar a cabo giros de 180º para tolerar al otro en su seno.

La fractura en Europa, alimentada por tensiones internas y medidas del todo ineficaces, ha sido especialmente dolorosa durante el pasado 2015. Y la sensación es que, pese a todo, apenas se han producido cambios sustanciales en nuestra manera de ver las cosas. Dentro de su modesta extensión y alcance, Guerra es la clase de obra que busca sacudir la conciencia (de clase, pueblo y cultura) y alentar no solo al diálogo multicultural, sino también a la reflexión personal con respecto a nuestra actitud. Aportar un poco de ethos a un asunto desbordado por el pathos. De ahí que el peculiar abordaje literario escogido por Teller para su obra sea, en consecuencia, fiel reflejo de unas sociedades cosmopolitas que necesitan material para ser zarandeadas. Para salir de su zona de seguridad y pensar la actualidad. O el papel que desempeñamos en conflictos que no exigen a Europa, o a Estados Unidos, un rol paternalista y condescendiente. Que gritan por otro tipo de participación. De preocupación. De solución. De conciencia.

Quien se acerque a una obra como Guerra encontrará, ante todo, un panfleto sobre la situación de nuestra cultura frente a la crisis. También un pequeño análisis sobre las fracturas de la tolerancia y el complejo proceso de inmersión que, en más de una ocasión, torpedea la soberbia europeísta y la desconexión que el tiempo ha llevado a cabo con las relaciones entre diferentes culturas. Materiales, todos ellos, que convierten a un libro minúsculo, urgente y directo, en una obra necesaria. Una llamada a repensar en qué consiste nuestra conciencia.

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