Nietzsche contra Foucault. Sobre la verdad, el conocimiento y el poder, de Jacques Bouveresse (Ediciones del Subsuelo) Traducción de Adán Kovacsics | por Óscar Brox

Jacques Bouveresse | Nietzsche contra Foucault. Sobre la verdad, el conocimiento y el poder

Con permiso de Ludwig Wittgenstein, probablemente también de Martin Heidegger, no creo que haya un autor más influyente en la filosofía del Siglo XX que Michel Foucault. Bueno, están la Escuela de Frankfurt en sus numerosas ramificaciones (con Axel Honneth y Albrecht Wellmer como destacados continuadores), la acción comunicativa de Habermas y las procelosas aguas de la posmodernidad. Y, sin embargo, resulta difícil esquivar la importancia de Foucault cuando leemos a determinados autores (y el primero que me viene a la mente es Byung-Chul Han) o cuando volvemos sobre conceptos como el Poder (más, si cabe, en estos tiempos de explotación digital).

A lo largo de su vida intelectual, Foucault cambió de asunto filosófico en unas cuantas ocasiones, de manera que atravesó la epistemología, el sistema penitenciario, la locura o la sexualidad. Todo ello, por cierto, sin contar los seminarios del Collège de France o sus controversias con personajes públicos como Noam Chomsky. Y, si apuramos un poco, su devenir como figura pop de la filosofía francesa, cuando el estructuralismo hacía eclosión en el mundo académico. Con todo, a Foucault se le puede, más bien se le debe, atribuir una divisa: saber si es posible pensar de otra manera (tal y como escribe en su Historia de la sexualidad). Y ese es el punto de partida de este aguerrido ensayo de Jacques Bouveresse.

La contra, el combate filosófico, se arma alrededor de la lectura de Foucault a propósito de Nietzsche. O de ese Nietzsche al que determinados autores han querido aupar a partir de textos menores como su Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Bouveresse, entonces, plantea la siguiente duda: ¿hasta qué punto el autor de Vigilar y castigar era un buen lector de Nietzsche? Para cualquier lector de Foucault, tal vez, la duda ofendería. Basta con acudir a ese bellísimo texto que es Nietzsche, la genealogía, la historia (aquí publicado hace bastantes años por Pre-Textos) para acallarla. Sin embargo, Bouveresse no se da por vencido tan fácilmente, pues el principal escollo para tragar con la lectura es, precisamente, sus reparos con la forma en la que Foucault habla de la verdad. ¿Es la misma que la de Nietzsche? Parece que no.

Un poco de munición foucaultiana: “por otra parte, la misma cuestión de la verdad, el derecho que se otorga de rechazar el error o de oponerse a la apariencia, la manera en la que sucesivamente fue accesible a los sabios, retirada luego a un mundo fuera de alcance en el que jugó a la vez el papel de consuelo e imperativo, rechazada finalmente como idea inútil, superflua, en todas partes rebatida, ¿no es todo eso una historia, la historia de un error llamado verdad?”

A Bouveresse, estas palabras, entresacadas del opúsculo arriba citada, le suenan a cuento chino para esquivar las flaquezas de su argumentario. Y, por ello, cree ver en Foucault, más que una historia sobre la verdad, una historia sobre las variaciones culturales de la verdad. Suficiente como para mentar al Bernard Williams de Verdad y veracidad para desmontar esa idea. Conviene decir que Bouveresse se vale de unos cuantos autores, poco o nada cercanos a las coordenadas de Foucault, para desmontar sus inconsistencias. Unas veces son McIntyre y Rorty, para subrayar las ambigüedades entre su periodo francés y su periodo estadounidense (como si, durante este último, hiciese demasiadas buenas migas con el pragmatismo); otras veces son Frege y la Teoría del Conocimiento, Williams y John L. Austin, como si se propusiese reeditar un combate entre analíticos y continentales. La conclusión es parecida a la crítica que le achacaron al Thomas S. Kuhn de La estructura de las revoluciones científicas con la idea de paradigma: cada vez que Foucault habla de verdad parece que lo haga de unas cuantas verdades. ¿A cuál de todas se refiere?

La sensación es que a Bouveresse le molesta más la lectura limitada que lleva a cabo de Nietzsche que la argamasa con la que sustenta su teoría. De ahí la imposición de un rigor lector para peinar los textos nietzscheanos y observar hasta qué punto ha deformado algunas de sus ideas Foucault. De ahí su énfasis en recalcar que tener por verdadero no es lo mismo que conocer, así como su apelación a la prueba de la fuerza y la prueba de la verdad. De ahí que cite a cachalotes de la epistemología como Davidson, Dummett o Williams. O a cualquiera que sienta brotar un sarpullido ante la propuesta de instigar una Historia de la verdad. O como la define Foucault: insistir en las meticulosidades y azares de los comienzos; prestar una atención escrupulosa a su irrisoria mezquindad; darles tiempo para ascender del laberinto en el que jamás verdad alguna los ha tenido bajo custodia.

En todo caso, lo más justo es señalar que Bouveresse se deja llevar por su lectura minuciosa de Nietzsche para olvidar, en definitiva, la de un Foucault filosóficamente empequeñecido (por mucho que diga lo contrario). Así, uno sale de su libro con la idea de que ha escrutado hasta la última palabra del autor de El anticristo en lo que respecta a su visión del conocimiento. En cambio, de Foucault no quedan ni las raspas de un discurso algo veleidoso y de unas críticas dirigidas a ganar el combate por puntos (y es justo decir, asimismo, que lo gana). Con todo, Foucault habla de formas, de instauraciones y transformaciones, modulaciones históricas con una serie de efectos y repercusiones. Como señala en La verdad y las formas jurídicas: creo que en la sociedad, o al menos en nuestras sociedades, hay otros sitios en los que se forma la verdad, allí donde se definen un cierto número de reglas de juego, a partir de las cuales vemos nacer ciertas formas de subjetividad, dominios de objeto, tipos de saber y, por consiguiente, podemos hacer a partir de ello una historia externa, exterior, de la verdad”. O sea, una historia de las condiciones por las que aparece un juego de verdad.

Bouveresse habla de todo ello, en efecto, así como también de la pahrresia y la aleturgia. Sin embargo, uno tiene la tentación de ver en su caracterización de Foucault los mismos reproches que le atribuye a la de este sobre Nietzsche. La misma incomprensión que relataba Chomsky tras su encuentro. Algo hace crac al intentar responder a la pregunta sobre si se puede pensar de otra manera. Y la lectura escrupulosa de este ensayo de Jacques Bouveresse manifiesta una especie de imposibilidad, de incapacidad o de fracaso. La impresión de que, pese a dejar al descubierto las flaquezas de Michel Foucault, poco o nada alteran sus preocupaciones intelectuales. Poco o nada reducen su tremenda influencia sobre el pensamiento posterior. De ahí la tentación de ver en este ensayo, más que una crítica o una recensión, lo más parecido a un autorretrato académico. Un por qué soy analítico en tiempos de pensamiento blando. Y eso, en definitiva, no es poco.

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