Shane y otras historias, de Jack Schaefer (Valdemar) Traducción de Marta Lila Murillo | por Óscar Brox

Jack Schaefer | Shane y otras historias

El paso del tiempo nos ha acostumbrado a buscar en el western los vestigios de un paisaje primigenio. Las huellas de los pioneros, cobijadas entre vastas extensiones montañosas y pueblos que aún conservan su arraigo con las tradiciones fraguadas en las pequeñas comunidades de colonos. Los ritos y las tradiciones que el incipiente capitalismo no consiguió borrar. Esa sensación de íntima familiaridad larvada en torno a la granja, las lindes del campo y los pasos de ganado. Visto así, el Oeste siempre marcó una raya entre las raíces profundas de una cultura y las sucesivas transformaciones que acaecían en su seno. Es Shane, en cierto sentido, la clase de relato que pone el foco sobre los protagonistas de ese paisaje, en vez de abarcar los cambios que, en un segundo plano, se suceden sobre el territorio. Una historia en la que el western es sinónimo de retrato de familia. De vínculos estrechos, sanguíneos. De un sentimiento de ligazón sobre un lugar, sobre unas personas, tan fuerte que solo puede despertar el aliento trágico de la vida. La identificación con ese extraño que no hace más que reconocer, por no decir anhelar, su pertenencia al único espacio en el que puede ser él mismo. En el que echar raíces y vivir como un granjero que ya no necesita disponer de su revólver para reclamar su lugar en el paisaje.

Schaefer narra la historia desde una mirada que aúna la ingenuidad del niño que es testigo directo de la llegada de Shane a la granja de los Starret y la melancolía del adulto que reflexiona sobre un tiempo que no volverá a repetirse. El de esa América todavía renqueante tras los conflictos entre Norte y Sur, que hace de la emigración y los pequeños asentamientos en el Oeste un paso para reclamar el derecho de propiedad, la pertenencia legítima, a unas tierras. La llegada de Shane, tan esquivo como fascinante, contrasta con la precaria estabilidad de las familias de colonos a las que el dueño de las tierras pretende expulsar. Y es que, por encima de la violencia necesaria para dirimir el conflicto, lo que inspira la presencia de ese hombre misterioso es una profunda identificación con ese núcleo familiar que intenta abrirse camino. El respeto, la intimidad, el orgullo y el amor. La posibilidad de forjar un espacio propio, la granja y el hogar, de formar parte de una comunidad. De abandonar ese mundo de fronteras y líneas borrosas, sin pasado ni identidad, marcado por ese efímero sentimiento de pertenencia.

A diferencia del resto de relatos, el Oeste de Shane es, todavía, un lugar salvaje, en el que los bajos instintos reclaman su derecho por encima de cualquier otra intención. Y, sin embargo, uno puede notar cómo Schaefer moldea ese ambiente despiadado y lúgubre a través del amor que despierta en los Starret esa figura enigmática a la que han dado cobijo en su casa. Cómo Shane representa, quizá de manera palmaria, el reconocimiento de ese hogar. De los años de sangre, sudor y lágrimas vertidos para erigirlo en mitad de la nada. De la importante tarea de protegerlo, precisamente, en un tiempo en el que todo cambia demasiado rápido y solo sobreviven los más fuertes. Un tiempo de claroscuros para el hombre, en el que el éxtasis del incipiente capitalismo se combate con la brutalidad de las balas. De ahí, pues, que el relato se desarrolle a través de los personajes, del constante presentimiento de que ese nuevo núcleo familiar no durará para siempre, de la expectativa que cada uno de ellos, padre, madre e hijo, se crean a partir de la figura de Shane. Como si, a su manera, ese forajido respondiese a su deseo de asentarse en el lugar. De confirmar la fortaleza de las raíces que echaron al establecerse en la granja.

Decíamos que los otros relatos recogidos en el libro marcan un punto y aparte con respecto a Shane; al menos, en tanto que su visión del western es menos trágica, más costumbrista. En la que salir adelante no requiere un sacrificio importante, una deuda de sangre. Y con todo, resulta inconfundible el estilo de Schaefer, su forma de acercar el género a partir de los personajes. De sus tribulaciones, de sus titubeos sentimentales, de sus expectativas y frustraciones. En Cooter James, por ejemplo, el autor elabora casi un estudio de personajes para regalarnos una bellísima miniatura sobre el amor en tiempos de dificultades económicas. Su mérito reside en esa escritura desnuda de artificios, recogida sobre Cooter y Agnes, una pequeña anécdota que acciona la palanca de su tímido flirteo y todo lo que sucede a su alrededor. Nada más. Otro tanto sucede en Harvey Kendall, donde de nuevo la narración vuelve a ser retrospectiva y asistimos al relato de un niño y la memoria de los días de gloria de su padre. O en Un caballo llamado Mark (que tendrá una suerte de continuación en el siguiente relato).

Vista así, la idea del western que maneja Schaefer gira alrededor de ese sentimiento de reconocimiento que sustituye a cualquier ejercicio de violencia como el pegamento que forja a la comunidad. A la familia. Al orgullo filial. Al amor entre desconocidos. Frente a todas las fronteras, visibles e invisibles, que el género traza en la hierba, el pedregal o los límites del pueblo, Shane nos viene a decir que la única, la verdadera, es la que marca la distancia entre los cuerpos de aquellos a los que queremos. De esa familia que nos acoge en su seno. De esa mujer que despierta nuestro súbito enamoramiento. O de esa figura paterna que, enternecedora, reclama una pizca de confianza. De ahí, en definitiva, que el western sea la historia del hombre y de su impulso por conquistar un territorio indómito. El relato de aquellos vaqueros que, entre balas y cargas, al galope o refugiados en el porche de las granjas, cultivaban en torno suyo ese espacio propio e indivisible que, tanto tiempo después, permanecería como el vestigio de una época pasada. La forja del hogar.

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