El campeón ha vuelto, de J.R. Moehringer (Duomo) Traducción de Juanjo Estrella | por Óscar Brox

J.R. Moehringer | El campeón ha vuelto

A J.R. Moehringer lo conocimos frente a la barra del Dickens, mientras escribía el relato de su educación sentimental. De su infancia repartida entre Manhasset y Arizona, con una familia desestructurada y el recuerdo paterno como la voz radiofónica que conduce uno de los programas de moda. De su adolescencia y su primera madurez, aferrado al sueño de Yale y la realidad de un bar, y su primitivo microcosmos de parroquianos, convertido en su verdadera familia. En la leche materna que, entre copas, resacas, confesiones e intimidades expuestas, nutriría a cada capítulo de ese gran fresco emocional que fue El bar de las grandes esperanzas. Con El campeón ha vuelto, sin embargo, conocemos al Moehringer periodista, unos cuantos años después de sus primeros titubeos en el mundo de la prensa. Y, también, al Moehringer escritor, que hace de una pequeña pieza de la sección de sucesos, la pista sobre un antiguo púgil que pasa sus días en la indigencia, su particular Moby Dick.

Bob Satterfield representa aquello que muchos atribuimos al boxeo: el luchador poderoso, capaz de tumbar con una combinación de golpes a cualquier contrincante, pero también el héroe con pies de barro; con ese talón de Aquiles, su mandíbula de cristal, que le lleva a la derrota frente a cualquier púgil. La gloria, la caída, el honor y la belleza de un deporte violento. Poner contra las cuerdas a Rocky Marciano y perder contra un sparring que, tal vez, peleaba para poder llevarse algo a la boca. Para Moehringer, Satterfield es el eco de otro tiempo, de una América pletórica que cambiaba el hambre infinita por los días de vino y rosas. El éxito fulminante y el poder de la gloria. Y lo es aún más cuando las pesquisas sobre el destino de Satterfield le conducen hasta un indigente al que todos apodan Campeón. Un negro robusto, devastado por el alcohol, cuyo cuerpo todavía no ha ocultado las huellas del boxeador que fue. O que sigue siendo en sus precisos recuerdos de contrincantes, fintas, golpes, heridas, victorias y, sobre todo, derrotas.

Lo que en un principio parece el retrato de un ídolo de barro, el cuento de redención que tantas lecturas morales proporciona, se torna en una especie de persecución de un pasado que nunca pudo llegar a cuajar. El de Tommy Harrison, boxeador, y su odisea por atrapar a Bob Satterfield. En vez de Moby Dick, lo que Moehringer escribe es el retrato del Capitán Achab. Los años de soledad, siguiendo la estela de un boxeador desaparecido, hasta asumir la identidad de esa figura con la que tal vez nunca se cruzó. Para borrar, posiblemente, un pasado demasiado sombrío. Para anclar la memoria en el punto álgido de la carrera de Satterfield: en su fuerza descomunal sobre el cuadrilátero, en la descarga de golpes que podían acobardar al mismísimo Toro Salvaje. En la victoria y en la eternidad que la historia del boxeo ha inoculado sobre sus pequeños mitos. La revelación de esa identidad falseada mediante la cual Harrison borró parcialmente los años más negros de su vida, curiosamente, no evita en Moehringer expresar un sentimiento de piedad ante el púgil abatido por el paso del tiempo. El gigante vencido, siempre dulce, al que paga con un billete de cinco dólares cada vez que mantienen una conversación en la calle.

Para Moehringer, la odisea de ese hombre comparte puntos en común con aquella otra que vivió en carne propia cada vez que intentaba evocar a su padre. Con las expectativas frustradas que, una y otra vez, arrancó de su cabeza para intentar proyectar una figura paterna que jamás estuvo a la altura de las circunstancias. Satterfield, quizá, nunca fue el mejor púgil de su tiempo, pero sí pudo inscribir su nombre en las leyendas del deporte. Gozar de ese momento único, a costa de tantos otros que lo enterraron hasta su prematura muerte. Y ese, en un mundo de personas anónimas en el que la vida pasa fugazmente, es la clase de misterio que conviene mantener. De ahí que el engaño de Harrison, más que una estafa, se transforme en un extraño canto del cisne a otra época. A un mundo definitivamente enterrado, días felices de Cadillacs y victorias que hoy no son más que sombras proyectadas sobre la pared. Épocas que, como las buenas rachas deportivas, han pasado. Épocas que apenas han dejado testimonios, recuerdos borrosos, para la posteridad. Por eso, uno tiene la sensación de que Moehringer se reconoce en la piel de ese gigante herido; de que Satterfield fue el Dickens particular de aquel hombre, el personaje (el ambiente, la vida) que le ayudó a moldear su propia identidad, por mucho que lo hiciese a costa de su usurpación. Y que solo a partir de ese engaño, de esa ficción, se puede expresar la verdad de aquella otra vida que fue. Conocer a esa criatura que no aguantó el peso de la vida, que buscó un refugio en el que continuar proyectando la película que nunca protagonizó. El éxito que se le escapó de las manos. Las personas que nunca fueron su familia.

El campeón ha vuelto es un relato sobre la nobleza y, también, sobre la perseverancia del espíritu humano. Una historia de padres e hijos en la que su autor no solo proyecta la investigación del pasado, sino que examina su propio pasado a la luz del retrato de ese boxeador frustrado que sobrevive en los márgenes. Un retrato del misterio que, como una densa capa de niebla, envuelve a las decisiones humanas más desesperadas. Y que, en cierta forma, describe nuestra tenacidad a la hora de alcanzar los sueños. Las cosas que nos importan. La vida que anhelamos. Todos ellos, rastros fugaces de un tiempo que apenas es un parpadeo en nuestra memoria. De una época de poder y de gloria, en la que las esperanzas podían convertirse en realidad. En la que todavía era posible encontrar un lugar en el mundo. Llegar a ser alguien. Vivir.

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