Padres e hijos, de Iván S. Turguénev (Alba) Traducción de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella | por Almudena Muñoz

Iván S. Turguénev | Padres e hijos

La evolución de cualquier especie animal podría programarse entre los periodos que preceden y siguen a la separación entre padres e hijos; sin embargo, en la especie humana ese acontecimiento no tiene lugar una sola, sino consecutivas veces y en cantidad variable. Sumadas las diásporas físicas, emocionales y vacacionales, el fenómeno resulta tanto más atractivo para las narraciones que el amor en el que (al menos casi siempre) queda relegado el asunto del vínculo de sangre. ¿Es Padres e hijos un dúo de genes, de etiquetas sociales, de oportunidades únicas para emprender el estudio de un ser y la comprobación de los límites de la tolerancia y el respeto?

El padre, uno de tantos padres, contempla el paisaje desde la berlina. Ve árboles combados y viejos, entre los que se filtra el bochorno de un verano difícil; siluetas de campesinos revoltosos, a quienes respeta, y sombras de parientes muertos.

El hijo, uno de tantos hijos, contempla idéntico paisaje desde el lado opuesto de la berlina. Pero ve arces cantarines, entre los que se agitan melenas de mujeres jóvenes; siluetas de campesinos esclavizados, a quienes cree respetar, y sombras de parientes que morirán.

Aparte hay hombres que no son padres, e hijos que no cumplen con sus obligaciones ni emociones filiales; seres que, sentados en butacones en una espera constante, deniegan el placer de los paseos, la belleza del entorno, los derechos de las clases inferiores y la utilidad del sentimentalismo y los lamentos por el futuro o el pasado. Turguénev, que a pesar de su fama en vida y su no menos célebre legado no es tan leído hoy en día como otros compatriotas suyos, emplea su prosa sencilla como una hoja de arce, entre sucesos y reflexiones suaves o nervudas, que reflejan el brillo o la desgracia. Y como esas ramas pobladas por frutos maduros y vástagos verdes, la narración de Padres e hijos se desarrolla mediante un recorrido descriptivo, libre de juicios y prejuicios, que salta entre patriarcas, herederos, madres y esposas disímiles, y las pequeñas variantes que se producen entremedias. No es Turguénev autor de lanzar el dardo o romper la lanza en favor de un estrato social, una política económica, un estado de ánimo. Esos parecen asuntos de salón intelectual, demasiado nuevos para una mirada aún sujeta al bucolismo y el pensamiento filosófico. Late una inocencia, una predisposición benévola, en la forma en que el escritor presenta a criaturas tan contradictorias, algunas pasadas de moda incluso en su tiempo, otras tan censurables para parámetros contemporáneos como Bazárov, ese hijo pródigo y hipster adelantado al tiempo del nihilismo como parte de la cultura pop.

Un deambular que se aparta del frío y complejo juego de estancias de Chéjov, y dedica sus líneas pausadas pero concisas a percibir el carácter de los personajes en el tipo de decoración que han escogido para sus habitaciones, en las ropas o adornos que asocian a cada acontecimiento, en la manera en que aprecian ese paisaje tan alejado del prototipo de literatura rusa: abrasado de calor, estoposo, amarillo como hilo de oro o cereal barato. Se trata de una delicadeza que convierte los lugares comunes del folletín romántico, la educación sentimental y el choque de generaciones en una novela que parece escrita cuando todo era nuevo, sin malicia, con los males como sucesos inevitables que merecen más curiosidad que drama operístico. Los padres y los hijos son así seres de carne hueso, pero también ideales asentados con condescendencia y novedoso rechazo entre unas clases y otras, unidas en esa familia social afianzada en el medievo. La madre Naturaleza y los descendientes en la Tierra que pronto olvidan haber dependido de ella; el presente como sucesor de las elecciones pasadas, que hace tanto abandonaron el hogar y continúan enviando noticias y esquelas. Relaciones entre iguales, como dos realidades situadas espalda contra espalda dentro de una lente, antes que la guerra que parece anunciar ese título de simplicidad casi bíblica y la mordacidad de dos títulos anteriores del autor, Rudin (1852) y Nido de nobles (1859).

Turguénev escribió uno de los cuentos de fantasía más sugerentes del siglo XIX, Un sueño (1876); en esa historia también se asociaba el binomio de padres e hijos con un ritmo de marea, un espacio cotidiano que ha pasado a habitar pulsiones íntimas hasta conquistar prácticamente el terreno de lo imaginario. No en vano son los padres quienes, por lo común, introducen a sus hijos en la narración de relatos fantasiosos; también en el proceso de imaginar padres mejores, más lujosos, y niños peores, desarrapados. Quizá el tapiz paternofilial sea el primer cuaderno de esbozos de cualquier persona, y así lo trata Turguénev. Repleto de manchurrones tímidos y atrevidos, realistas y figurativos, privados y aun así siempre expuestos a ojos del otro, del temible juez que se sitúa una o más generaciones por detrás o por delante. Es este, entonces, un magnífico balancín en el que adentrarse en una literatura y en un autor menos áridos de lo que dicta el temor lector; decídase después en qué lado de la berlina sentarse.

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