Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll (Seix Barral) Traducción de Lucas Casas | por Juan Jiménez García

Heinrich Böll | Opiniones de un payaso

La capacidad del hombre para olvidar… Capacidad, necesidad, pragmatismo. Al escribir esto pienso en la historia del hombre como una demostración de su capacidad de superación. Y es entonces cuando encuentro el error. Frente a la memoria e incluso la justicia, esa capacidad poco tiene de acto heroico y mucho de vergonzoso. Superar ¿qué? No tenemos que irnos tan lejos ni necesitamos visitar otros países, pero es más cómodo hablar de los demás, porque los demás son los otros, y los otros nos dan un poco igual. Pensamos en los alemanes y su relación con el nazismo y entonces tenemos infinidad de preguntas que podríamos formularnos con parecida razón. Allí hubo un milagro económico (siempre hay un milagro económico, esa oportuna alfombra de los tiempos modernos), las mismas invitaciones a un pasado que pasado está y las mismas sorpresas. Por eso, cuando, desde bien temprano, me encontré con Heinrich Böll (y, en cierta manera, pero en menor grado, con Günter Grass) creí inmunizarme contra una cierta hipocresía. Böll se hacía una pregunta tan sencilla que nos sonroja: ¿dónde se fueron todos? O ¿dónde estábamos cuando? ¿Podemos creer en el nazismo como la historia de un hombre y un puñado de degenerados? ¿Debemos olvidar el apoyo mayoritario de la población, la entusiasta colaboración del tejido empresarial, el reflejo en esa ideología del sentir de su tiempo? Y entonces, sobre la Alemania destruida por las bombas, surge un nuevo país sin pasado. Todo está olvidado. No ha quedado nada. Una página en blanco. Esa mentira. Todo seguía ahí: transformado, transmutado, imperturbable. Esperando.
Hans Schnier (de los Schnier del lignito) es payaso. Tiene veintiocho años y no pasa por su mejor época. En su última actuación se ha lesionado en la rodilla, pero esa no es la causa, sino un simple efecto más de esa decadencia. Su verdadero problema es Marie. Con solo un marco en el bolsillo regresa a casa, a esa casa vacía. Monika Silvs ha puesto un poco de orden y algo de comida. Monika Silvs sería una alternativa si no fuera por la propensión a la monogamia de él. Como payaso, colecciona momentos. Momentos que hay que dejar pasar, sin intentar nunca repetirlos. En un largo día, Schnier irá recordando buena parte de su vida al hilo de las llamadas telefónicas que va realizando a sus protagonistas y de alguna inesperada visita. Todos menos aquella a la que busca, aquella que le ha abandonado. Marie. En su vida se van entrelazando hilos, hasta la asfixia. Desde aquellos primeros traumas de una infancia bajo el nazismo y la muerte de Henriette, su hermana, enviada innecesariamente a enfrentarse con esos judíos yankees que se acercaban más y más a la patria. Tras este acto, su madre. Inaccesible para ellos pero siempre con las causas necesarias para hacer prosperar los negocios familiares. Una superviviente. Los verdaderos supervivientes de la guerra no fueron aquellos que lograron escapar a los campos de concentración, a la muerte, a la miseria. No. Esos se quedaron siempre ahí, encerrados de alguna manera. Los verdaderos supervivientes fueron los colaboracionistas, los propios nazis, que tras un breve periodo de discreción, volvieron a instalarse en instituciones y empresas, en la única patria que conocía bien: la del dinero, la del poder.
La búsqueda de Marie se alterna con la búsqueda del dinero necesario para sobrevivir y reinventarse. Su representante no quiere verlo aparecer por ningún lado en los próximos meses. Es la única oportunidad, tras las críticas, de volver y retomarlo en algún punto. La búsqueda de Marie es la búsqueda a través del catolicismo y el protestantismo. Marie es católica y frecuenta los ambientes católicos de Bonn. De hecho, Hans cree, acertadamente, que se ha marchado con Züpner, figura seglar muy influyente. Después de todo, ellos no estaban casados y no tenían hijos, solo abortos espontáneos. Siguen siendo jóvenes y la vida está en alguna parte. Ella piensa más allá, él no piensa en nada, solo en ella. O en todo, pero ese todo también es ella. Para Heinrich Böll la Historia permanece y se entrelaza alrededor de nuestros cuerpos. No podemos escapar a ella. Al menos sus héroes derrotados. Detrás de todas esas frases hechas que nos damos en busca de una tramposa felicidad, está el pasado. A veces solo son destellos, un malestar pasajero. A veces. El crítico Marcel Reich-Ranicki pensaba que la obra de Böll era irregular, pero insuperable en muchas ocasiones. Böll fue una figura de su tiempo, la medida de todas las cosas en la vida literaria alemana. No solo por la concesión del Premio Nobel, sino porque sus libros fueron traducidos a infinidad de idiomas y sus opiniones se extendían lejos, muy lejos. Ay, aquellos tiempos en los que un escritor tenía algo que decir y no solo eso, sino que tenía a alguien que le escuchaba. Aquello era mucho más de lo que quería y, desde luego, de lo que necesitaba. Un escritor comprometido. Temblor.

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