Laúd y cicatrices, de Danilo Kiš (Acantilado) Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek | por Óscar Brox

Danilo Kiš | Laúd y cicatrices

Resulta justo afirmar que la escritura de Danilo Kiš atravesó varias etapas, desde los ramalazos simbolistas de La buhardilla a las parábolas de Enciclopedia de los muertos o las miniaturas literarias de este Laúd y cicatrices. A caballo entre Belgrado y París, entre la posguerra y el yugo del titismo, enfrentado una y otra vez a una intelligentsia cultural serbia que cubría de reproches su obra (el lector encontrará un buen resumen de todo esto en su Homo poeticus). Visto así, no cuesta imaginar a Kiš como a un apátrida, un exiliado forzoso que ha hallado su lugar en las letras, en los textos y en ese ir y venir de nombres y lugares que solidifican algo parecido a una patria. A un mundo perdido del que unas veces hablamos con resignación y otras con melancolía. Pensemos, por ejemplo, en el relato que da título a la colección, Laúd y cicatrices. Allí Kiš narra su regreso a Belgrado (estamos, por cierto, en plenos años 60). A un Belgrado de barro y casas abandonadas, en el que ya apenas quedan huellas de los lugares de la infancia y rostros que, pese a su familiaridad, se van perdiendo en el tiempo. Porque el tiempo pasa, pero la vida continúa a duras penas.

En ese relato, decía, Kiš explica dos historias. O dos pasados. Por un lado, está la suya, la de un retorno que no siempre será posible. Y por el otro, la de una mujer rusa que ha perdido todo contacto con sus hermanas. Rápidamente Kiš nos traslada hasta allí, a Moscú, en una pequeñísima trama detectivesca en la que no tardamos en averiguar que toda la familia, por un motivo u otro, ha muerto. La vida, simplemente, ha dejado de tener lugar. En ese relato hay un hombre que toca el laúd, que el propio autor ayuda a afinar, cuya música ejerce como consolación; consolación ante lo que ha sucedido, pero también ante lo que depare el futuro. Y Kiš, de alguna manera, reúne muy pocos elementos para narrar esa especie de preparación para la muerte, toda vez que la vida ya ha perdido su espacio. Un poco de resignación, un poco de melancolía. Todo aquello que el autor conoce por su viaje a Rusia queda en suspenso, se trata de un secreto compartido con el lector. Y sin embargo, ese laúd, el sonido que emite cuando lo toca, amplifica todo un paisaje de dolor en los personajes que ninguna otra palabra podría expresar con la misma justeza.

Kiš cambia nombres y escribe biografías. Hay una, bellísima, dedicada a Ödön von Horvath, otro apátrida que, casi, siguió el rumbo del Danubio mientras la Guerra estallaba en el corazón de Europa. El brío de la escritura de Kiš condensa en unas pocas páginas la vida errática de Egon von Nemeth, salpicada de saltos hacia atrás y hacia delante, de datos familiares y pequeñas intuiciones a través de las cuales intenta capturar la enormidad de la obra del autor de Un hijo de nuestro tiempo. Pero, si algo tienen en común todos los relatos de Laúd y cicatrices, si algo los distingue, es ese momento inevitable de muerte, de desaparición y final. Pocas veces, ni siquiera en Salmo 44 (su peculiar lectura de los tiempos de los campos de concentración), Kiš parece tan concentrado en la muerte. Aquí, en El apátrida, la anécdota resignifica todo el relato, con ese rayo que ilumina un día cualquiera al atravesar el cuerpo de von Nemeth separando sus extremidades. O lo que es lo mismo, el último, el único, hilo que le unía a la vida.

Yuri Golets, también otro nombre bajo el que disfrazar un relato biográfico, observa algo parecido a través de un retrato de la generación de Kiš. De los refugiados y los nómadas que han conquistado París, de la muerte y el paso del tiempo y los infinitos esfuerzos para evitar que nuestra voz se borre con el paso del futuro. Aquí Kiš dibuja con finura e ironía los círculos intelectuales del exilio, los rostros abotargados, las penas y las cicatrices, pero también ese factor humano que trasciende a cualquier aspiración artística. Que, en definitiva, rebaja un poco esos humos para devolvernos a nuestro lugar. El de Yuri es la muerte, el suicidio, acabar con todo ahora que su exmujer ha fallecido. Dejar de buscar razones o de intentar que sus amistades le persuadan para creer que todavía hay tiempo. De ahí que Kiš, de nuevo jugando en dos canales diferentes, escriba con un ojo puesto en la muerte del amigo y otro en esa pregunta con la que nos interroga: ¿qué puede hacer la cultura, o la escritura, para evitar todo esto?

Quizá por eso, El poeta sea algo así como el motor de esta colección de relatos urdida por la editora Mirjana Miočinovič. Allí Kiš expone la paradoja de esa Yugoslavia enloquecida en la que un poeta ingresa en prisión para componer unos versos, un himno, cualquier cosa con la que limpiar la afrenta que sus ideales políticos han provocado sobre la clase dominante. A ese poeta, que el autor describe con humildad, solo lo vemos trabajar una y otra vez (y creo que esa es una definición perfecta de lo que significaba la cultura en aquella época) hasta que su talento logra la satisfacción de los carceleros. Así pues, es libre. Bien, pero después de todo esto, ¿qué es lo que queda? ¿Cómo puede el Arte transformar un espacio así? ¿De qué sirve la escritura cuando todo lo que se sale de la línea oficial pasa directamente a la triturada, a la burla o el escarnio? Cuando el realismo hipoteca nuestro compromiso con el presente, también con el futuro. Decir que los relatos de Laúd y cicatrices arrojan un poco de melancolía sobre la generación de Danilo Kiš no es exagerado. Son una muestra no solo de su talento literario, también de un tiempo de dificultades, de un panorama de autores, marcados a hierro, para el que ante la (casi) ausencia de vida solo quedó la escritura como único lugar al que dirigirse.

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