Crónicas de juventud, de Guy Delisle (Astiberri) Traducción de María Serna | por Juan Jiménez García

Guy Delisle | Crónicas de juventud

Después de recorrer el mundo, contarlo y también dibujarlo, Delisle ha llegado a un terreno desconocido, tal vez otro lugar geográfico: la juventud. Su juventud, pero desde una óptica particular. Se podría entender que nos va a contar sus primeros años como dibujante, sus inicios en la animación, esos primeros amores, tiempos de libertad. Pero no, todo está ahí, sí, una cosa y otras, pero esta es la historia de una relación. De su relación con una fábrica de papel, de su relación con una máquina que fabrica papel, de su relación con el tiempo, el que pasa, el que se va, año tras año, porque este es un oficio para los veranos. Y fuera de esos veranos, atravesamos elipsis e intuiciones, con indicaciones de que así es, sin duda, pero que lo que nos quiere contar, que lo que su juventud fue, es el recuerdo de esa historia de amor, de un amor difícil con esa máquina y con el papel, como si fuera otro Hanta en otra soledad demasiado ruidosa…

La fábrica de papel junto al río San Carlos, en Quebec, forma parte del paisaje y de la vida de todo lo que la rodea. Cómo evitarla, cómo evitar esas columnas de humo… Está ahí, como el horizonte y otras cosas que están siempre. En esa fábrica trabaja desde hace diez años el padre de Guy (porque esta es también la historia de su padre), como delineante. La cuestión es conseguir un trabajo para el verano y algo de dinero. El trabajo es vigilar el paso del papel por los grandes rodillos, cuando la pasta se transforma en otra cosa, aplanada. El problema es cuando el papel se engancha y ya pasó mucho tiempo desde que la máquina fue preparada por unos ingenieros franceses. Entonces hay que hacerlo desaparecer por una apertura bajo la máquina, enfrentarse a ese monstruo creciente. Y así pasan los días, debidamente estructurados, entre atascos, alguna otra pequeña cosa, un cuarto de descanso y sus compañeros de trabajo. Otras vidas y otras inquietudes que puntean ese tiempo que pasa, un tiempo de formación con máquina de papel al fondo. Delisle tiene un marcado sentido de la repetición, de ese tiempo monótono que arrastra las manecillas del reloj (desde las imágenes de Escapar. Historia de un rehén hasta sus crónicas de lugares como Pyongyang o Jerusalén). Sus viñetas tienen la belleza de los espacios vacíos aunque siempre están llenas de significados y ni tan siquiera en especial vacías. Es eso: una sensación. Porque el hombre, él, es muy pequeño, y es fácil perderse siendo pequeño, ese pequeño observador nada distante. Tal vez por eso, nos deja seguir el rastro de ese color naranja que escapa al blanco y negro. Un toque de color en la grisura de los días. La esperanza no siempre es verde.

Y luego, más allá de la máquina (o alrededor, próximo a ella) está el padre. Porque ésta, al igual, es una historia de padre e hijo. Un padre silencioso, distante, encerrado en su pequeño mundo previsible. Un misterio para Guy. Verle aparecer en la fábrica tiene algo de fantasmagórico, de incierto. A través de él, se cuela la vida. El sueño de un dibujante. Las cosas que salen bien, los grandes encuentros (esa nueva sección de cómic francés en la biblioteca), las primeras derrotas (la chica deseada) y, finalmente, el paso a un mundo nuevo: los estudios y el primer trabajo en la animación. Pinceladas que, como ese naranja, puntean su relación con esa fábrica de papel, que es la protagonista de sus veranos, de su juventud y de este cómic. Una obra pequeña (en extensión y con respecto a él mismo) pero emocionante, que algunos consideran la mejor suya (y esto sería decir mucho, en una trayectoria ejemplar, llena de grandes cosas; también ésta).

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