Los topos, de Guillermo Thorndike (Yulca) | por Óscar Brox

Guillermo Thorndike | Los topos

Una de las imágenes más imborrables de La evasión, de Jacques Becker, es aquella que plasma el incansable trabajo con el pico para hallar una vía de escape de la prisión en la que se encuentran confinados sus protagonistas. Se escucha el ruido de los cuerpos, de los cascotes y de la perforación, con un ritmo casi musical que envuelve a sus personajes en una cruzada hacia la libertad. En la que el esfuerzo físico y la cooperación entre presos matizan las aristas morales que apuntan sus delitos pasados. Porque Becker detecta en la colaboración fraguada entre barrotes esa pizca de humanidad que no ha sido aplanada por el sistema penitenciario. A esos hombres que, pese a todo, quieren llevar a cabo una fuga para recuperar lo único que les pertenece.

El periodista Guillermo Thorndike noveló la fuga de los 47 miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru del penal de Canto Grande cuando el suceso aún estaba caliente. El gobierno de Perú había pasado de las manos de Alan García a las de Alberto Fujimori, tras el infructuoso intento de Vargas Llosa por hacerse con la victoria electoral. Los años de devaluación, escasez y contraterrorismo frenaban, momentáneamente, a la espera de ver de qué pie cojeaba el nuevo presidente de la república (y futuro dictador). También las expectativas de los movimientos revolucionarios que, con la fuerza de las armas, habían dinamitado el perímetro de seguridad (y de impunidad) del gobierno. Con el precio de abrazar el terrorismo para conseguirlo.

Los topos no es solo la crónica de aquella evasión espectacular a través de un túnel subterráneo de más de 200 metros. Tampoco un retrato sentimental del líder del MRTA, Víctor Polay, a quien su autor concede una voz literaria para expresar sus ideas. De hecho, la novela marca una distancia importante con las apreciaciones morales del momento al hablar de partido, en referencia al MRTA, y fintar la compleja relación entre revolución y terrorismo. Porque, como un personaje de fondo, flota la presencia inquietante de Sendero luminoso y Thorndike se preocupa por establecer una diferencia clara entre los objetivos y acciones de ambos movimientos. Quizá pensando, como Becker, que la importancia de esa historia radica en encontrar a los hombres tras el esfuerzo descomunal que entrañó la liberación de los miembros del MRTA. Porque, al final, es con los hombres, y no con las ideas, como se fragua la auténtica revolución.

El Perú de Thorndike es un país colapsado, corrupto y violento, que ha concentrado sus esperanzas en el cambio de gobierno que puede producirse en las elecciones legislativas de 1990. Con una estructura heredada del thriller, su autor comienza con el relato de los preparativos de la fuga en una finca cercana al complejo penitenciario. La cautela lleva a sustituir a sus protagonistas a medida que la seguridad de la misión se ve comprometida. Varios personajes comandan la acción desde fuera de la cárcel. Del tío Benigno pasamos a el Gótico, de este a Azucena, y mientras los inquilinos montan la charada para guardar las apariencias, un grupo de topos del MRTA cava, infatigable, el túnel que conectará la finca con la cárcel. El texto de Thorndike se mueve entre el costumbrismo que se larva durante las escenas dentro de la prisión o en las pausas en la finca y el apunte político que enmarca y aporta una dimensión moral a la narración literaria. Los secuestros, las acciones públicas, los movimientos políticos e, incluso, la biografía de un Polay que tuvo en el pasado a Alan García como amigo, antes de separar sus caminos. Es en ese punto donde cobra relieve el psicologismo de su autor, la distancia con el reportaje periodístico, que nos conduce hasta las entretelas del MRTA y exige (cada cual decide si merecidamente o no) un poco de confianza para juzgar las formas de su revolución. Para aceptar, o no, el secuestro, los disparos y la violencia como una expresión necesaria o irremediable para la revolución.

Los topos es una novela en la que prima lo físico: el esfuerzo, el trabajo de obra para apuntalar el corredor hacia la libertad; los cuerpos exhaustos, las temperaturas, olores y enfermedades contraídas en nombre de un ideal. La pericia de Thorndike evita el juicio maniqueo sobre sus protagonistas para mostrar la deuda humana que contraen con un Perú al borde del colapso. Y aunque las palizas sean sobre los miembros del MRTA, tal y como señala el capítulo dedicado a Lucero, la mujer que comanda la facción femenina del partido, su autor elude caer en justificaciones para, en cambio, dibujar la complejidad política de un país desangrado por sus heridas abiertas. Para el que el triunfo del MRTA es una victoria pírrica, una resistencia espúrea, que no evita que la transición a Fujimori sea, más bien, un fundido a negro.

Vale la pena leer la obra de Thorndike como un ensayo sobre la revolución, sobre su ímpetu y sus carencias, el lado humano y colectivista que alienta y la frustración que la acompaña cuando no es capaz de mantener el entusiasmo. Cuando se descubre imposible, aplacada por el aparato de un estado capaz de convertir la seguridad en terrorismo. Los protagonistas de Los topos son figuras vulnerables parapetadas tras un compromiso inquebrantable. No son pocas las ocasiones en las que la novela los pone a prueba, cuando los enfrenta al egoísmo, la cobardía o el instinto de conservación. Y aunque vence, aunque se sobrepone a cada envite que surge en su camino, uno tiene la sensación de que la fuga es, a su manera, otro fundido a negro. El último (o quizá el único) gran éxito del MRTA. Por eso Thorndike, en caliente, devuelve a los protagonistas de aquella evasión la humanidad que las crónicas y discursos de Estado cambiaron por las palabras. Allí donde se fugaron 47 terroristas, allí donde el terror había hundido al pueblo en la consternación, es donde se encuentra la fuerza del relato de ese camino a la libertad. En el trabajo, en los cuerpos, en el esfuerzo incansable que construyó su propia vía para una revolución imposible. Para un colectivo. Para una revuelta de hombres y mujeres que, ante todo, combatían la impunidad. Desde abajo, como topos pacientes que se sacrificaron en pos de una de las palabras más bonitas de cualquier idioma: el futuro.

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