Cada día es un árbol que cae, de Gabrielle Wittkop (Cabaret Voltaire) Traducción de Lydia Vázquez Jiménez | por Francisca Pageo

Gabrielle Wittkop | Cada día es un árbol que cae

Cada día es un árbol que cae. Cada día un bosque pierde sentido, da paso a otro tipo de simbología, de signo. Gabrielle Wittkop procede de este modo en este libro, nos habla de una mujer, Hippolyte, que escribe, haciendo del diario y de una biografía una confesión de sus más íntimos deseos y pensamientos. Talamos un árbol, un tronco de vida, cada día que pasa. Así es esta narración que surge desde las sombras, desde las profundidades de un lirismo críptico que ondea las palabras transformándolas en juego: «Elasticidad de juegos de palabras y juegos de sentidos», dice la autora.

Cada día es un árbol que cae no es un libro cualquiera, y tampoco lo es para cualquiera. Hay, de hecho, un clima parecido a ese que nos muestra Angélica Liddell en su teatro, incluso podríamos nombrar a Sarah Kane en este libro que nos llega de Cabaret Voltaire. Un clima pesadillesco y profundamente doloroso y humano. Como si la crueldad formara un cuerpo, formara algo más allá de su esencia, su modo de ser. No tocamos el clima que envuelve al libro, lo sentimos dentro y lo notamos escarbando ahí, dentro de nosotros. La escritura de Wittkop, aquí, no termina de entenderse del todo, alcanzamos a comprender ciertas metáforas, alcanzamos las palabras y tensiones que subyacen tras ellas, pero algo se nos escapa. Cada día es un árbol que cae tiene mucho de misterio escondido, no un misterio hallado, sino que se cuela y no logramos alcanzar. Un misterio velado que Hippolyte encuentra en sus encuentros, en su manera de sentir, de padecer, de pensar. Si de algo estoy segura, es que este libro trata sobre esa oscuridad yacente en el ser humano.

«No hagáis preguntas y se os contestará», escribe Wittkop. Porque precisamente este no es un libro de preguntas, es un libro de certezas que solo la autora logra mirar. Yo no he sabido verlas, y quizá la mayoría de nosotros tampoco las alcancemos, pero las intuimos. Intuimos ese espacio en el que Hippolyte sueña, porque este libro tiene mucho de onírico, de sueños y signos. Un lenguaje que se habla solo a sí mismo. Y aunque no terminemos de comprender del todo este libro, hay algo que no nos permite dejarlo marchar, que no nos permite dejarlo sin acabar, dejarlo de lado para luego volver a él. Para muchos este libro será para leerlo poco a poco, para mí ha sido un vaso de agua que he tenido que beberme del tirón por la sed que me provocaba. Una sed de emociones y sensaciones nuevas, porque este libro tiene mucho de unicidad, de novedoso incluso, de un modo de sentir las cosas ajeno a todo aquello a lo que estamos acostumbrados.

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