En mi pradera, de Frédéric Boyer (Sexto Piso) Traducción de Ernesto Kavi | por Óscar Brox

Frédéric Boyer | En mi pradera

Es tiempo de noche y silencio, llega la madurez con sus pensamientos teñidos de melancolía. Atrás, muy atrás, quedan la juventud y la vitalidad, la exploración y las nuevas sensaciones que trepan por los brazos con el mismo cosquilleo con el que el frío eriza la piel. Sentado junto al fuego de su vejez, el poeta escribe sobre esa infancia que cree descubrir en la pequeña hoguera a la que acude para darse un poco de calor. Las llamas azuzan el recuerdo de sus primeras lecturas; el goteo, palabra a palabra, que destila un verso, luego una poesía y finalmente un libro. Un libro que es, ante todo, un amuleto, como si al recitarlo hechizase ese paisaje infantil que uno irremediablemente olvida cuando llega a adulto; que se extingue como se extinguen todas las primeras cosas una vez probadas. Una pradera en la que el viento siempre agita las hierbas altas, arrastrando en su movimiento el olor a lluvia que se mantiene en la tierra. Una pradera en la que cada juego queda grabado; cada grito y cada minúsculo éxtasis que corona la aventura de la infancia. Una pradera de dimensiones desproporcionadas, trazada con ojos de niño, en la que todo es más grande o más pequeño, en la que nada es como debe ser sino como quieres que sea. Una pradera.

Frédéric Boyer hace de la poesía un deseo: que esa escritura, a veces torrencial y a veces precisa, en verso suelto o en estrofa compacta, le permitan regresar a su pradera; remontar las edades que se han sucedido durante su vida hasta recuperar una infancia perdida en el tiempo. Una infancia que se puede identificar en los relatos de James Fenimore Cooper, en el morro húmedo de un bisonte o en el jardín salvaje que crece sin orden ni concierto, en los codos rozados, en las manos manchadas de tierra y el árbol lleno de muescas de tanto escalar por su tronco. La vejez, nos dice Boyer, representa la soledad de quien ya nada tiene por explorar. Alcanzado el límite del mundo, por muy reducido que este sea, taponamos cualquier tentación fantasiosa. Qué diferencia con respecto a la infancia, tal vez la única edad en la que la soledad no entraña amargura, sino aventura. En la que los ojos parpadean, casi como si fotografiasen, para capturar cada retazo del nuevo mundo que se construye con nuestras percepciones. En ese momento en el que desconocemos el sentido de muchas palabras, en el que todavía no sabemos en qué consiste echar de menos y aglutinamos, por no decir que devoramos, cada experiencia que queda al alcance de la mano.

En mi pradera no es un poemario nostálgico ni tampoco la revisión madura de la añorada juventud, sino algo más ambicioso. Boyer se propone reconquistar un léxico olvidado, renegar de la inapelable lógica adulta, para regresar a la pradera que en algún momento de su vida alimentó su espíritu infantil. Retomar esa primera vez, congelarla como un hechizo e inyectarla en su poesía como si cada verso estuviese escrito con el fulgor único que concede lo que nunca antes se ha leído en esos términos. Sentir, como si nunca antes hubiese existido, el cálido sol del mediodía o el aliento del bisonte, el tacto de la hierba o las estrellas que revelan silenciosamente los ruidos de una fiesta olvidada. Aquel placer secreto, aquella ingenuidad. La sustancia que animaba nuestros primeros relatos, la efervescente inquietud por dotar de palabras al mundo. Todo eso que, a falta de un lugar, recogíamos en un imaginario cofre del tesoro repleto de vivencias, deseos, temores e inocencia. De esa clase de soledad que la infancia nos enseñó a convertir en la aventura de la imaginación.

La escritura de Boyer crece con cada verso, como si no naciese de una idea deliberada sino de un cúmulo de intuiciones que irrumpen de manera abrupta en el texto; a veces con un rodeo repetitivo que parece perderse, a veces con ese rayo de inocencia infantil que dibuja en el poema una imagen imborrable. En mi pradera es un hilo del que debemos tironear insistentemente para deshacer la mentalidad adulta que nos ha llevado hasta aquí. Abandonar la certeza para abrazar la curiosidad. Dejar que las palabras vuelvan a temblar en el cielo de la boca, sin la firmeza que les concede la madurez, presas del titubeo y la inseguridad. Zambullirnos en ese escenario cambiante en el que, a lo lejos, se divisa la pradera en la que forjamos nuestras primitivas emociones, en la que aprendimos a quitarle la razón a la decepción, en la que nos sentimos a salvo.

Toda infancia crea su cosmogonía con los recortes de las experiencias que guarda poco a poco, que le enseñan el valor de la memoria cuando descubre cómo mantener fresca la huella del pasado. Con la madurez y sus excesos de conciencia, olvidamos aquel sencillo aprendizaje para abandonarnos a la melancolía de todo lo que echamos de menos. En mi pradera supone una intensa evocación de todo aquello que se ha consumido para garantizar nuestra vejez: la inocencia, la ignorancia, la esperanza o la falta de decepción. Un camino en el que Frédéric Boyer convoca imágenes crepusculares y sentimientos pueriles, frágiles y fugaces; palabras que prácticamente intenta agarrar con sus manos para así retenerlas entre sus recuerdos. Con la misma actitud con la que un Picasso, ya adulto, advirtió el tiempo que había invertido para aprender a pintar como un niño. Tal es el secreto que late tras la poesía, la quimera que aviva los versos de Boyer, que nos invitan a recuperar aquel amuleto al que en algún punto de nuestra infancia, como en el hueco de un árbol, confiamos nuestros secretos. Nuestra inocencia, la vida que arrancaba sin saber hasta dónde podría llegar.

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