Sulfuro, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó

Fernanda García Lao | Sulfuro

A veces las palabras encuentran sentidos nuevos, no tanto por lo que dicen sino por cómo y quién las dice. La protagonista de Sulfuro (ella, la de la casa de las dos piletas) es una de ellas. Su hablar no es nuestro hablar, su discurrir no es el nuestro, por mucho que los vaivenes de su memoria se nos parezcan o las palabras que utiliza sean como las nuestras.

Fernanda García Lao ya demostró en Nación vacuna (su anterior novela, Candaya, 2020) una facilidad inmensa para el desasosiego, para que lo cotidiano obtenga otra cara, para poner en este nuestro mundo todas las incomodidades que lo habitan juntas. En Sulfuro lo ha vuelto a hacer, desde otro lugar, no tanto desde la pesadilla colectiva como desde la pesadilla individual (en palabras de la propia autora).

Ella, la protagonista, la innominada (aquí los vivos no tienen nombre, los muertos sí), la de la casa de las dos piletas, embutida en el estrecho vestido de todos sus traumas, se nos muestra pura, instintiva, desde el pensamiento entrecortado de lo que sabe, siente, debe hacer, añora, recuerda, ama. Ella, como un charco de lluvia sucia, parece obtener valor sólo en tanto en cuanto contenedora de los demás (“la soledad es una fruta prohibida para vos. Nunca sola, siempre a disposición”): de sus maridos, un hueco desde el que engendrar (“era sobrenatural hacer una persona, ser habitada”); de su madre suicida recalcitrante, una cómplice para los delirios místicos (“Fui hecha para sucumbir, te dijo una vez tu mamá, cuando aún no sabías el significado de la palabra sucumbir. Se refería a sí misma”); de su padre proctólogo, más madre que hija (“te das cuenta de que el problema nunca fue su profesión, sino él mismo. Un tipo distante, que vive como disimulando. Un hombre sin nitidez, el revés de la placa con su nombre”); de sus hijos no natos, jardinera -sic ¡!- (“nada es tuyo en la casa de las dos piletas. Ni siquiera tus abortos, que se habituaron al sector de tierra en que los pusiste y se han mezclado con las plantas vecinas, olvidándose de su origen trágico. Las begonias y los pensamientos los seducen con simpleza, con su vegetalismo ornamental”).

Ella, la de la casa de las dos piletas, a la que llega después de un primer matrimonio y un divorcio (“del concejal solo te quedó un dúplex en La Lucila y este abatimiento. Fuiste una mala inversión. Tu vientre, un estatus que no fue”). Ella, que vive el sexo como un castigo desde su noche de bodas (“se fue quitando la ropa hasta aparecer en toda su dimensión. Un laberinto de carnes. Bien rojas, sin cocción (…) Por suerte la cosa duró poco y agradeciste al Eterno tanta insolvencia”). Ella, que acepta la violencia de su nuevo marido (“si te monta, tira de tus muñecas hacia atrás para inmovilizarte, como si temiera que te des a la fuga”) y que acepta un destino contra el que no parece haber más que una lucha posible: la de las pequeñas rebeldías ante las que después rendir cuentas (“cada vez que hay un problema, el escribano te monta. Resuelve así. A los bifes. Y vos preferís la acción a la palabra, es más expeditivo”).

Ella, la de la casa de las dos piletas, que vive junto al cementerio y que en su soledad no tiene más compañía que la de los muertitos descontentos, los que todavía tienen algo que decir en este nuestro su ya-no-mundo: “hay una canal entre la vida y eso otro que te cuesta pronunciar. Ese canal está en tu casa. O tal vez, en tu cabeza”. Ella, orilla en llamas entre la cordura y la locura, entre la humanidad y la animalidad. Ella, sinuosa, líquida, mimética, camaleónica, rara, inofensiva. Ella, quicio entre el allá y el acá: “Qué se puede esperar del mundo si la gente más interesante está muerta. Dios, por ejemplo. Los vivos lejos, los muertos también. Vos en la mitad. No hay espacio ni asunto que te consuele”. Ella, cautiva siempre, decepcionando a los vivos (decepcionada de los vivos), encontrará acomodo sólo en los muertos: los suyos (la búsqueda de las cenizas de la madre es casi una road novel) y los ajenos, a los que acoge y la acogen. Y cuando digo consuelo quiero decir consuelo: literal, metafórico y sexual: “Jugaste a apartarlo con una pierna, pero su regodeo erótico te sedujo. Nada tan irresistible como un muerto. Su toque de trascendido, de superado, le confiere un aire decadente que tus contemporáneos vivos no tienen”. Las fronteras, esa utopía cuando la lucidez (o el delirio) desborda.

Ella, la de la casa de las dos piletas, que utiliza el auto como el cuarto propio (ahí recuerdo a la protagonista de Soy mentira -Silvia Hidalgo, Tránsito, 2021- para quien el coche era también un refugio contra la cotidianeidad), el auto como el lugar en el que ella es sólo ella para ella, el lugar en el que ella maneja y decide y va y espera. Ella en el auto-casa-caracol desde la que ir y volver de su vida a su vida balanceándose: “Llegó la sorpresa. Un auto con moño en la puerta. Era para vos (…) Enseguida te anotaste en una academia, sacaste el registro y aprendiste a alejarte de esa vida tuya, tan incomprensible. Tan espantosa”.

Ella, la de la casa de las dos piletas, en un permanente preferiría-no-hacerlo que sólo piensa, jamás dice, pero que casi hace: preferiría no ser madre, preferiría no ser hija, preferiría no ser esposa, preferiría no ser vecina, preferiría no ser ¿viva?: “la sensación de que tu alma y tu cuerpo no coinciden del todo, que no terminan de encontrarse, ya no te asusta. A veces es muy clara la impresión de que los demás son solamente un conjunto de órganos. O que hay almas que andan sueltas”. Ella, la de la casa de las dos piletas, inadaptada e inadaptable, con su voz y su enajenación, con su realidad insoportable de la que huye en palabras y hechos alucinatorios. Sulfuro es ella. Sulfuro es una novela llena de muerte(s) de la(s) que se puede y debe hablar, como si de un(os) miembro(s) más de la familia se tratase. Sulfuro es fantasmagoría viva.

Termino Sulfuro con los ecos de Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Layla Martínez o Mónica Ojeda resonando. Autoras de lo raro, autoras que juegan con lo fúnebre, autoras para las que la violencia es paisaje intrínseco en la mujer, autoras que ponen el foco en la maldad cotidiana y para las que lo podrido está tanto al otro lado de la puerta como dentro de la casa (aquí, la casa de las dos piletas). Autoras para las que el terror es el miedo, porque el miedo nos habita. 

Termino Sulfuro con el combate entre las vidas (las reales, las perdidas, las deseadas) todavía en lucha, con el duelo presidiendo el regusto sulfúrico en mi boca, existencial en mi propio entre-dos y aplaudiendo la transgresión literaria constante de/en la historia. Sulfuro, la última novela de Fernanda García Lao, ¿para cuándo la próxima?

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