Los árboles se han ido (Antología poética 1921-1936), de Federico García Lorca (Nórdica) Ilustraciones de MO Gutiérrez Serna | por Almudena Muñoz

Los árboles se han ido (Antología poética 1921-1936)

Hay obsesiones que deben dejar de pronunciarse, porque queman los oídos ajenos; entonces el temblor se traslada al pensamiento, donde continúan su giro sin descanso hasta que algún fenómeno, normalmente más ajeno que propio, les pone la zancadilla, les propina una buena somanta y aferra con anilla de hierro el saco en el que caen al río. Ante el caudal literario, se ven pasar muchas de esas sacas llenas de hartazgos, y no pocos estantes de editoriales soñadoras se habrán combado hasta el derrumbe, cargadas como la espalda de un escolar que desea leerse todos los clásicos.

Distinto es que un sello haya cultivado su obsesión en secreto, sopesando si era legítimo sentir esa inclinación y, con más importancia aún, si podía hablar de ella en público. En un panorama donde la honestidad y el cinismo comparten el mismo idioma, un sueño puede parecer un capricho, y la más pesada de las bromas, un genial retruécano sofista. Como dirían las viejas comadres, deben alinearse cuidadosamente las estrellas y el calendario, de manera que ante una fecha especial todo el mundo sepa que jamás habría broma ni capricho en la publicación de cierto libro. Se trata de un periodo peligroso, pues el vecino se engalana sinceramente y sale de casa para encontrarse con todo el pueblo ataviado de la misma manera, asintiéndose unos a otros con las pestañas apretadas porque no es necesario comprobar el entorno: hay un cartel repetitivo colgado de cada farola y el mundo se ha puesto de acuerdo. Más adelante, el tiempo desintegrará los ropajes de la mayor parte de esos festejos. El vecino seguirá suspirando y cerrando la puerta del armario, con su tesoro dentro.

El pasado 18 de agosto de 2016 se cumplían ochenta años del asesinato de Federico García Lorca. Está bien que Nórdica Libros insista en ese verbo, asesinado, asesinado, no sólo por honrar a la verdad en un pueblo de vestimentas mal cosidas, zurcidas y remendadas, efímeras como nidos de primavera, sino por la escasez de coraje a la hora de pronunciar palabras feas y muertas antes de celebrar que otras bellas y hondas encierran un legado mayor. También es bueno que el homenaje no recurra al metal pesado, a la pátina de bronce y al levantamiento de una cortina que revela un grabado en piedra con una errata dentro. Seguirán los aplausos, las pestañas apretadas. En vez de eso, la editorial que celebra la nieve prefiere regalar algo efímero, que trasciende la fecha imitando el cuerpo que ya no existe, que no aparece por ninguna parte, y que combina el sol y el frío, letal como una cancioncilla infantil o una moraleja de Andersen.

A pesar de todo, para Lorca no era ajena la piedra, ni los metales, ni la sangre pastosa, ni la prepotencia de charol. Mónica Gutiérrez Serna reúne todos esos bártulos en sus ilustraciones, que muestran una textura casi geográfica, de la que hace del óleo rojo un ramillete de capilares. Las palabras de Lorca solían ser limpias, breves, sencillas, de ropa blanca, tras las que a veces cruzaba una sombra tan negra que a fuerza debía ser inventada. En la lámina de cada poema hay un elemento reconocible y otro extraño, como en la música lorquiana, que el también poeta Juan Marqués resume en veinte piezas, una cifra bien querida para la lírica. La hija de Marqués aportó de forma espontánea el título de la antología, un detalle que hace circular el viento entre los tiempos y las formas que Lorca habitaba como un brujo, previsible e injustamente perseguido, con ese rastro de genio que habita a la vez demasiadas realidades distintas.

Dice Marqués que el volumen aglutina a los muchos Lorcas que palpitaban en Lorca y escribían por él. Quizá los veinte Lorcas que podrían abandonar veinte veces la casita del pueblo sin que nadie se percatase de sus cambios de ropa, o quizá una puerta mágica, de algún Ministerio del Tiempo. Por variedad, Lorca incluye en sí mismo hasta un poeta granadino que de pronto rima en gallego («Madrigal â Cibdá de Santiago», 1935), sin acompañarlo de traducción, pues ¿no supondría eso tener que adjuntar muchos más códigos para descifrar cada uno de los poemas? El que es de ciudad, el que es de pasamanos de barco, el que es de campo. Lorca no recurría a una naturaleza antropomórfica, pero sin duda la naturaleza adquiere los sentidos del ser humano y con sabor de mito clásico hacía que un olivo y un arroyuelo fuesen experiencias dolorosas. Es la poesía que llora del hombre que era risueño, o a la inversa; lo mismo si se mostraba escueto y cantarín que verborreico y sin ninguna rima. Todos los Lorca están en las páginas y entre ellos se deshacen, a la espera de un nuevo aniversario en el que los veinte huesos del poeta permanecerán helados: lucero, llanura, guitarra, plata, limón, luna, navaja, albahaca, cigüeña, aurora, leche, ceniza, jazmín, vientre, mar, locura, grillo, ayer, niño, murientes eternos.
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