Hombre / Que viene Valdez, de Elmore Leonard (Valdemar) Traducción de Juan Antonio Santos y Marta Lila Murillo | por Juan Jiménez García

Elmore Leonard | Hombre / Que viene Valdez

Aunque Elmore Leonard sea más conocido como escritor de novela negra que como escritor de western (al menos aquí en nuestro país), su obra es importante tanto en un género como en otro. No tan abundante, pero ni mucho menos escasa. La edición de Valdemar, en su imprescindible colección Frontera, de dos de sus obras en un solo volumen, Hombre y Que viene Valdez, no solo viene a suplir esa cadencia y a darle su lugar en ese Oeste, sino que además nos ofrece una visión particular del género. Frente al concepto de frontera, tan presente (y al que no son ajenas) nos encontramos con dos obras sobre el territorio, dos obras instaladas en una geografía alejada de cualquier pueblo, exploraciones de esa geografía y del hombre a través de ella. Del hombre convertido en héroe a pesar suyo. Del héroe convertido en hombre pese a todo.

Hombre es la historia de un viaje en diligencia. Una diligencia improvisada en una ruta que se cierra, porque el ferrocarril está acabando con eso. Y no es lo único que está acabando. Sí, podríamos hablar de obra crepuscular, pero es una sensación que nos alcanza siempre que vemos a alguien con unos principios incorruptibles, da igual la época y el género. Siempre serán personajes más propios de un final de los tiempos. Así es, en todo caso, John Russell, nuestro protagonista. Ha pasado tanto tiempo entre los indios que los demás, los blancos, lo ven como uno de ellos y él no pretende otra cosa. O le da igual. Contada a través de los ojos de un joven empleado del servicio de transporte, su figura solo puede ser mítica, la del único capaz de enfrentarse a un trayecto a través de un paisaje desolado, de unos caminos abandonados, y, con él, a los demás. A los bandidos o a los corruptos. Y a sus compañeros de viaje, dispuestos a juzgarle, a juzgar sus silencios, a partir de la desconfianza hacia un personaje que no se ajusta a nada, que no encaja en ningún sitio.

Leonard construye un relato que limita con todo y siempre va un paso más allá, atravesando los lugares del género para ofrecernos la desolación sin demasiadas esperanzas, en la que lo único que se entiende es la muerte, en un mundo de apariencias, de dudas, de incertidumbre. La frontera también es algo interior y va en cada uno.

Que viene Valdez comparte ese gusto por el héroe que no pretende serlo y que hace las cosas porque cree que debe hacerlas, sin preguntarse demasiado y sin pretender dar lecciones a nadie y mucho menos explicarse. Roberto Valdez, Bob, es otro John Russell. Menos solitario, igual de indio blanco o blanco indio, se ve envuelto en algo que no le corresponde pero que debe asumir, porque ningún otro lo hará ni puede hacerlo. La muerte de un negro, confundido con otro, su viuda india, el convencimiento de Valdez de que deben pagarle una indemnización a ella, le llevará a enfrentarse Frank Tanner y sus hombres.  A pesar suyo y por una pura razón de justicia. Lo que es, tiene que ser. Y ahí empezará su aventura, su viaje a través de la muerte, en un ir y venir por los parajes desolados (porque siempre tenemos esa sensación de desolación, no necesitamos desiertos). Una desolación que parecen llevar también encima los hombres, hasta llegar a ese instante en que ya nadie sabe lo que está haciendo ni las razones por las que lo está haciendo y ni tan siquiera si tiene que hacerlo.

Al igual que Hombre, Que viene Valdez es una obra prodigiosa en la que nada sobra, ni un puñado de tierra, y en la que todo responde a un movimiento perpetuo de fatalidad, de unas cosas que llevan a otras, de un acto que trae sus consecuencias y consecuencias que traen otros actos. Leonard atraviesa una y otra vez los espacios del western y, como sus personajes, solo responde a sus razones, las razones del hombre bueno o del escritor bueno. Es una cuestión de raza, de existencia. Las dos obras trascienden los territorios del Oeste para ir más allá, para proyectarse a través de unos hombres, de una humanidad, de unas razones. Y de un paisaje. Un paisaje existencial. Esencial.

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