Un paisaje de cenizas, de Élisabeth Gille (Nocturna) Traducción de Juana Salabert | por Óscar Brox

Élisabeth Gille | Un paisaje de cenizas

Élisabeth Gille se ha convertido, al mismo tiempo, en albacea literaria de Irène Némirovsky, su madre, y en testigo directo de aquella época de desapariciones, orfandad y dolor. No en vano, Gille era apenas una niña cuando comenzaron las deportaciones hacia los campos y los hijos fueron arrancados de las manos de sus padres en un postrero intento de salvarles la vida. Huérfanos y perdidos en otro mundo, los más afortunados recalaban en hospicios e internados de monjas en los que, a cobijo de la discreción, se escondían de milicianos colaboracionistas y alemanes en busca de sangre judía. Uno de aquellos niños fue Gille, que inicia Un paisaje de cenizas con ese momento terrorífico en el que, con apenas cinco años, pone todas sus fuerzas para evitar cruzar el arco que da a las habitaciones infantiles del internado. Son gestos de puro terror, viscerales y primarios, que hablan de una infancia interrumpida, robada y casi liquidada sin el cariño de la presencia paterna. Detalles que la escritura de Gille apunta con firmeza para elaborar, lo más fielmente posible, el ambiente que le tocó vivir.

Léa Levy, así se llama la protagonista, vive siempre a remolque de la promesa de un reencuentro con su familia. Y, a pesar de su corta edad, hace gala de un temperamento indómito. Hasta cierto punto, afirma Gille, la rebeldía es una forma de advertir que no se quiere pertenecer a un lugar. Al microcosmos del internado. Claudicar sería como dar por perdida la batalla por sus padres; admitir que no volverán de allá donde hayan sido enviados. Por eso, la pequeña salvaje tiene derecho a serlo. A pegarse a Benedicte, su compañera de catre, como si fuese su sombra, sus ojos y su voz. Así hasta que los Levy regresen. O hasta que los tiempos cambien. Pero esa Francia es la del gobierno títere de Pétain, la que ha hincado la rodilla ante Hitler y ha vendido territorios como Burdeos al más infecto servilismo. La Francia que depura a sus paisanos con una fidelidad al reich prácticamente inaudita. La Francia que ya no merece ser llamada así. Demasiado sucia, sin escrúpulos.

Gille confía la primera parte del libro a narrar la infancia triste de su personaje, a la sazón, la suya propia. Y precisamente por eso es su elección cerrar ese episodio con el impacto que provocó la visita al Hotel Lutetia (cuya historia, por cierto, narró Pierre Assouline). Convertido en eje central de la liberación, el Lutetia fue el punto de encuentro para los primeros que consiguieron volver de los campos. Cuerpos que apenas podían llamarse humanos; consumidos, todos ellos, por la barbarie de la que habían sido víctimas. Y es tras hablar con uno de ellos, tras escuchar sus palabras, cuando Léa es consciente de que sus padres nunca regresarán. Cuando la herida del Holocausto se hace totalmente visible, con su carga eterna de dolor y esa condición de apátrida que el nazismo impuso a todo un pueblo. Gille, ya lo decíamos, escribe con delicadeza pero sin escatimar la fuerza de cada instante. Permite, en definitiva, que el lector recorra las cicatrices de su vida, los momentos que quedaron grabados a fuego y de los que no se ha podido desembarazar.

Aunque Un paisaje de cenizas posee una estructura de relato de formación, en tanto que las dos partes que construyen el libro narran la infancia y la adolescencia de su protagonista, en Gille tiene un acento más accesorio. Se diría que tan solo son fechas, momentos precisos, que le sirven para traer a la memoria sensaciones que no quiere olvidar. Voces, rostros, calles, olores… Su escritura palpa, captura, posee cada uno de los rincones de su vida, empeñada en conferirles un relieve y una dimensión que capte todos y cada uno de sus detalles. Que proporcione al lector algo así como el sentimiento de no pertenecer a un lugar concreto, de no albergar un asidero o, más bien, una certeza sobre el mundo. Tan solo la expectativa de que, tarde o temprano, los rostros borrosos de su familia regresen allí donde los vio por última vez. En muchos aspectos, la segunda parte de la novela describe la manera de su autora de lidiar con esa angustia. De comprender, quizá aceptar, ese vacío que su situación le ha obligado a cargar. Los tiempos de Vichy, de la Francia ocupada, han desaparecido silenciosamente, entre juicios, ejercicios de limpieza y restituciones más o menos legalistas (de las que su protagonista, aún niña, es testigo presencial). Ahora Francia vive otro tipo de tensiones, casi todas provocadas por su colonialismo. Los jóvenes buscan un faro político y las discusiones en la universidad son, básicamente, el pegamento que les une y reconoce en su soledad. A Léa no le preocupa tanto la lucha política como la necesidad de una idea, de una filosofía, casi una terapéutica, que le ayude a entender ese gran vacío. Y será a través de la obra de Vladimir Jankélévitch, apátrida como ella, que accederá a todas esas palabras que dan sentido a su amargura, al pasado y a la herencia familiar que representa.

Resulta indudable que en cada palabra de Un paisaje de cenizas retumba la experiencia propia de su autora. Que, en cierto modo, en su novela apenas hay una fina película de ficción que recubre los dolorosísimos hechos reales. Y es que cada página de Gille parece repetir, acaso con insistencia, la necesidad de recordar las voces. Las palabras. Los lugares. Todo. Porque tarde o temprano se olvida, o se deforma con el efecto del tiempo. Y precisamente la herida más silenciosa, la del tiempo, es asimismo la que pone en marcha el trabajo de Gille como autora y como editora de la obra materna. Porque una y otra representan la misma divisa: no se puede olvidar lo que sucedió. Ese paisaje de cenizas. Esa vida amarga con pequeños instantes de dulzura. Todo lo que fue. Detalles, en definitiva, que no solo hablan del pasado, sino que resultan imprescindibles para entender el presente.

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