Fantasmas, edición de El verano del cohete | por Óscar Brox

Fantasmas

Retrocedamos a la infancia, a aquellos álbumes de cromos que debías pegar con cola, a los libros con ilustraciones clásicas, las películas de dibujos con doblaje neutro y al juego del escondite. La sábana más gastada, esa que ya era de tacto basto y guardaba un vago olor a lejía, servía como improvisado disfraz de fantasma. La falta de cadenas que arrastrar la compensaba un pobre ulular que, según en qué parte de la casa estabas, te erizaba la piel vete a saber si por miedo o por cosquillas. El fantasma era un juego y una travesura, hundir las tijeras en la tela y recortar dos agujeritos; ni tenía la melancolía de Canterville ni dejaba ectoplasma a su paso. En esa parte importante de nuestra educación sentimental se trataba de una imagen familiar, atractiva en su desconocimiento, que intentábamos pillar (y coleccionar, como en los álbumes) cuando veíamos que asomaba la punta del disfraz tras la puerta del armario.

Fantasmas, el nuevo libro ilustrado que publica El verano del Cohete, camina por esa línea en la que convergen la infancia más dulce con el romanticismo (y la nostalgia) que evoca la madurez; eso que la iconografía del fantasma nos ha legado a través de la cultura: la curiosidad de la mirada infantil y la aflicción de las emociones adultas. Un trayecto para el que la editorial nos propone ocho relatos, narrados e ilustrados de diferentes maneras, que componen este bello mosaico fantástico sobre aquello que es alimento de las criaturas sobrenaturales: la imaginación. Así, fantasmas es uno de esos libros que entran, en un primer momento, por la vista; con ese rápido paso de hojas que conduce de una historia a la siguiente, de una viñeta a una página, de un contraste a otro, en un carrusel alocado de sensaciones parecido a cuando correteamos por diferentes salas de un mismo museo. Entramos, vemos y picoteamos un poco, con esa mezcla de curiosidad y ganas de avanzar en el itinerario marcado. De un fantasma al siguiente.

Precisamente, el recorrido empieza en un museo en Regreso a casa, de Daniela Tieni, relato de medianoche en el que los fantasmas de un cuadro saltan de la pintura a la realidad y vagan ensimismados por las salas del museo mientras el vigilante echa una cabezada. Como un pasatiempo que el lápiz veloz dibuja de una viñeta a la siguiente, con esa alegría que ofrece el juego, con la complicidad de esos otros mundos que, sospechamos, respiran cuando no se sienten observados. El fantasma y el cuervo, de Mayte Alvarado, en cambio, convoca una imaginería afín a ese momento de transformación, justo después de la muerte, en el que algo parecido al alma vaga en busca de un destino. Encerrado en el simbolismo que transmiten el bosque y las criaturas de la noche, el cuervo se convierte en médium para guiar a la protagonista hacia ese universo secreto, habitado por los animales, asentado en los límites del bosque. Rito y transformación. Muerte y vida después de la muerte.

José Luis Forte y Fermín Solís transforman una estación tan efímera como el verano, esa etapa en la que se encajan los ritos de paso, en la historia de un primer enamoramiento, junto a las plantas altas del río, que es en verdad el descubrimiento de esa nueva realidad de ultratumba. Relato breve, de dibujo delicado, El verano del río juega con la iconografía sensible de esos primeros años para desvelar en el acercamiento hacia unos sentimientos que todavía no dominamos el paso, sin camino de vuelta, a esa otra realidad a la que pertenecemos. De trazo alegre y sencillo, Rui Díaz e Irati Fernández convocan en Aniversario la historia de dos espíritus que acceden a dos formas humanas para reencontrar ese amor que su vida de fantasmas había olvidado. En otro sentido, Carla Besora propone en Primeros días con Carmen una visión del fantástico romántico en la que el fantasma de una mujer muerta acompaña a la nueva pareja de su antiguo amor, como esa estela que la memoria lega, cuando algo nuevo tiene lugar, para recordarnos lo que en algún momento fue y acabó.

Preciso como una viñeta de Max, Borja González construye en Concierto de medianoche una celebración en la que una banda de música despierta con sus sonidos un baile de ánimas errantes que reaccionan, en su letargo, ante la música de un mundo que no es el suyo. Owen Gent, en cambio, dibuja en La búsqueda la aventura órfica de un gigante que camina y camina sin un rumbo fijo en busca de esa promesa que tantas veces nos hacemos cuando intuimos que algo está llegando a su final: un futuro reencuentro con esa persona que dota de sentido a nuestra vida. Por último, Roman Muradov, el más alejado estéticamente de todos los artistas reunidos, imagina un relato borroso y ceniciento, colorido y casi abstracto, donde los fantasmas son las figuras de un cuadro cuyas formas fugitivas tratamos de capturar con el pincel y el color.

Entrar en el universo de Fantasmas supone no solo evocar esa parte de la infancia perdida entre sábanas viejas y ese aire de nuestra madurez que nos decanta hacia la mirada melancólica, sino también practicar un ejercicio de radical fantasía. Esa que, con lápiz, pincel o bolígrafo, intentamos domar en viñetas, desarrollar en relatos y narraciones que capturen todas esas emociones que, de tan delicadas y efímeras, a veces dejamos perder en el tiempo. Un recorrido dulce y nostálgico, a través del arte del libro ilustrado, que nos invita a comer del mismo alimento que nutre a las criaturas fantásticas: la imaginación.


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