El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza (Seix Barral) | por Juan Jiménez García

Eduardo Mendoza | El secreto de la modelo extraviada

Qué duda cabe que Eduardo Mendoza es el autor de uno de los detectives más delirantes que ha dado la narrativa policiaca. Delirante desde el momento que no es un detective, sino un loco, y no un loco, sino un hombre encerrado en un manicomio, y ni tan siquiera eso, porque nosotros siempre lo conocemos en libertad. En realidad ese hombre sin nombre es algo más que todo eso: es nuestro tiempo. O su tiempo. A través de los cinco libros que protagoniza, Mendoza ha logrado tratar uno de los retratos más certeros de una sociedad, la española, que parece que solo se puede entender desde la coralidad y el esperpento. Y de paso, ahora que parece otra cosa, la de una ciudad, Barcelona, espejo de una deriva de cuarenta años de transición, una transición en la que parecemos permanentemente instalados. El secreto de la modelo extraviada, de este modo, no es solo una novela intrigante, sino un canto a un mundo inexistente. Más divertido, más siniestro, pero más justo.

¿Qué más da lo que hagamos o digamos? Durante unos años los travestís y los colgados tuvimos la palabra. Pero no supimos construir nada serio ni duradero.

Estas palabras de la señorita Westinghouse, improvisada Watson de nuestro no menos improvisado Holmes, vienen a resumir en dos frases todo un libro o, mejor, todo un universo literario creado por Mendoza para hacer desfilar la sociedad que fuimos, de la que venimos y de la que no hemos logrado escapar de todo. Perdidas las oportunidades, tenemos lo que nos merecemos, que es algo más limpio pero más estúpido. A través del caso de una modelo asesinada, de la implicación de nuestro hombre como culpable y de su travesía barcelonesa buscando la solución del enigma y al verdadero culpable, volvemos a encontrar no solo los personajes ya conocidos (como su Cándida hermana) sino un mundo reconocible que habita una Barcelona que ya no existe. Una Barcelona de bares imposibles (pero ciertos), corseterías prehistóricas, putas y vividores, además de ricachones de todos los tiempos y sociedades secretas risibles.

Eduardo Mendoza no solo ha creado un personaje revelador sino que lo ha vestido con todo un aparato narrativo impecable. Una narrativa necesaria para hacer creíble ese mundo vacilante que quiere dejar su testimonio. Todos y cada uno de los personajes tienen algo que contar, algo que aportar a esa historia que no saldrá en ningún libro de texto, sino tan solo en novelas de detectives. O de este. Porque solo desde un personaje infantil, enredado a menudo en su mundo de equívocos, es posible desvelar ese mundo en pelotas, como ese emperador del cuento. Como en aquellas comedias neorrealistas italianas, uno no deja de reírse hasta que llega el final, cierra el libro y todo es más triste.

El secreto de la modelo extraviada, es una novela protagonizada por actores secundarios. Por esos cómicos que iban a ninguna parte. Narrada en dos tiempos, Mendoza se pregunta cómo hemos cambiado, pero no mucho. Lo importante, de nuevo, es el viaje. El viaje a pie a través de calles y callejuelas, de las ruinas que quedaron tras otras ruinas que dejaron atrás otras más. Y así.

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