Monasterio, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Monasterio

Lo fácil es decir que Monasterio es la tercera entrega de una suerte de escritos familiares de Eduardo Halfon. Los primeros fueron El boxeador polaco y La pirueta y, como la vida, unos cogen partes de otros, se repiten, se explican. Hay algo de eso también en este libro. Un viaje desde lo concreto a lo abstracto, que pasa por la disolución. No para desaparecer, ni tan siquiera para confundirse con el paisaje, sino para volverse uno solo con los recuerdos, con los fragmentos de la memoria que van acudiendo, gota a gota. Un viaje que por dulce acumulación llega hasta la nada, como todos esos colores que se mezclan para dar el blanco.

Todo empieza con un viaje a Israel para asistir a la boda de la hermana, convertida en judía ultraortodoxa. Ella, que era otra cosa. Más inocente, si se quiere, más ligera. Ahora todo es pesado a su alrededor. Es pesado su futuro marido, es pesado ese ambiente lleno de prohibiciones y rigores. El escritor piensa que cada persona decide como salvarse, también los fundamentalistas, pero él está en otra parte, está con aquellos que se salvan aunque sea a través de la mentira, que también puede ser una forma de fantasía o una etapa de la fabulación. No es que todo le moleste o que le cause una repulsa inmediata. Es simplemente que no soporta ese ambiente enrarecido y triste.

El escritor piensa que no es judío, pero la pregunta es si se puede dejar de ser judío. Ser judío en algún momento dejó de ser una creencia para ser una parte intrínseca de uno mismo. No se puede dejar de ser judío, no se puede dejar de preguntarse sobre qué significa eso. No es algo que se discuta, no es algo negociable. Uno es.

Dos. Su encuentro con Tamara, a la que conoció en una noche guatemalteca. De la que escapó entonces, de la que piensa en escapar ahora, o simplemente dejarla correr. Pero no será. Ella irá tras él. Iniciarán un viaje en coche a través de la ciudad hasta una playa desierta y salina, una sal que sirve para todo, desde hace siglos, y que también le sirve al escritor para darle un sentido a esas imágenes que saltan a su cabeza, desde otro tiempo, desde un sueño, desde cosas que escuchó, como piezas de algo más grande, de un mecanismo.

El abuelo, el abuelo muerto, el abuelo que renunció a Polonia, esos traidores, el abrigo rosa con el que años después el escritor viajará allá, buscando una dirección, el abuelo muerto en su cama, la abuela, su hermana niña, su hermana asustada ante el tamaño gigante de un ratoncito que debería ser Mickey Mouse. No queda nada. Tampoco queda nada en su puño cerrado en el que, como en el de aquel otro judío, debía llevar su nombre escrito. No Eduardo, sino Nissim, su nombre hebreo. Pero ambos lo perdieron. Aquel otro niño que se hizo pasar por una niña para poder sobrevivir entre las monjas católicas, y también él.

Finalmente, al pensar en ello, ha llegado al final de su viaje. Vacío de todo, escondido en ese mundo-monasterio. También vacío de palabras. Monasterio es un libro que pasa desde el humor somnoliento a la tristeza del que despierta. Es tremendamente bello en su disolución y, como si estuviera hecho con la arena de esa última playa o con la sal de ese último mar, vemos cómo se nos escurre entre las manos abiertas y vueltas hacia el cielo sin solución. No es que no quede nada, al contrario. Queda todo. Pero qué es ese todo seguirá siendo un misterio. Un melancólico misterio.

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