En Marruecos, de Edith Wharton (Tusquets) Traducción de Mariano Peyrou | por Juan Jiménez García

Edith Wharton | En Marruecos

Hubo un tiempo en el que aún había que poner nombre a las cosas. No existían turistas, sino descubridores, y los descubridores no eran necesariamente exploradores a la búsqueda de territorios ignotos, de una vida de aventuras. Cuando leemos un libro como el de Edith Wharton sobre Marruecos, nos damos cuenta de cómo cambió todo en estos últimos cien años. La mirada de la escritora es una mirada que desvela las cosas, una mirada que escribe sobre una hoja en blanco, sobre un mundo en blanco, una mirada asombrada que necesita contar historias. Ahora, la mirada se ha vuelto periodística, en buena medida, y se viaja a los países para intentar entenderlos, pero entonces se viajaba para asombrarse de esos nuevos encuentros, de esas culturas tan absolutamente dispares. Y con ello se descubría no solo un territorio geográfico, una geografía humana, sino también algo más íntimo, en contraste con lo viejo conocido. En definitiva, aún era posible maravillarse. Cierto es que los zoológicos humanos no solo no quedaban muy atrás sino que persistieron en el inmediato futuro, pero esto no es más que la constatación, por si quedaba alguna duda, de la tremenda imperfección, por no decir la escandalosa imperfección, sobre la que se construye la Historia. Solo ahora parece que lo comprendemos todo, lo cual viene a querer decir que no entendemos nada.

La guerra en Europa (la Primera Guerra Mundial) está en su punto álgido cuando Wharton viaja a Marruecos desde Francia, país en el que había acabado por instalarse hacía unos años. La primera constatación que deja es que no hay aún una guía de viajes, porque Marruecos estaba lejos de ser un destino para alguien, aunque ya se intuía lo efímero de esto. En aquel entonces, estaba bajo el protectorado francés y español, y la alfombra mágica de Wharton es un vehículo militar (nótese esa influencia pegajosa de las mil y una noches o del orientalismo, algo muy francés). Pero para una mujer que venía de viajar en motocicleta al frente durante la guerra, aquello tampoco era ningún inconveniente. Lo cierto es que la ausencia casi total de información sobre el país, convierten su viaje en un intento de alcanzar todo y al libro en una obra total sobre el viaje y sobre lo que hay más allá de nosotros. Así pues, la escritora parte de Tánger con todo por descubrir y mucho qué contar. Ya no solo como descubrimiento geográfico y humano de aquellas tierras, sino también incluso para narrar la situación política de la misma. Todo debe ser contado, porque nada lo ha sido.

Ahora que lo hemos agotado todo, nos puede parecer que transitamos sobre lugares comunes, cuando en aquel momento solo existía lo extraordinario. Era extraordinario un bazar, como era extraordinario un oasis. Y qué decir de un harén… Wharton, que provenía de una adinerada familia americana y que ella misma tenía ya una cierta edad y una posición acomodada, no juzga aquello que le rodea como un puñado de indígenas haciendo cosas incomprensibles o inadmisibles para nuestros estándares primer mundistas, sino que cuenta, entre la fascinación y el misterio, entre la comprensión por los otros (que no necesariamente la aceptación), aquello que se revela ante ella. Y así, en su narración todo se iguala: país, gente, sociedad, sultán, bailes, política, día a día, porque todo es una sola cosa que construye un retrato que sin poder ser minucioso nos da una visión vivida de aquellos lugares por los que pasó.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.