Indian Country, de Dorothy M. Johnson (Valdemar) Traducción de José Menéndez-Manjón | por Juan Jiménez García

Dorothy M. Johnson | Indian Country

Sin duda hay algo que no acaba de funcionar con la novela del oeste en nuestro país. En el prólogo que acompaña este Indian Country (y también en cierto modo la colección Frontera que Valdemar dedica al género, siendo esta precisamente su primera entrega), Alfredo Lara realiza una impecable introducción histórica a los problemas del género. Las novelas baratas de escritores españoles bajo seudónimo tal vez fueron la marca más reconocible del fenómeno, pero no es menos cierto que no podían ser la única causa. En lo personal hay algo en lo que pienso después de leerle: nunca relacioné ningún western con ningún libro. Quiero decir: en mi cabeza, quién sabe el motivo, nunca entendí que una película de John Ford en realidad podía ser la adaptación de una novela de algún otro, como así era. Sin ser más que una anécdota, no deja de ser significativa. Digamos que el cine devoró la novela y no solo eso: la invisibilizó. Los caprichos de la edición hicieron el resto. Los tópicos, un tanto más.

Por eso es importante el empeño de Valdemar y por eso es no menos importante que el primer volumen estuviera dedicado a Dorothy M. Johnson (ya van por la novena entrega). Johnson lo ha sido todo para la novela del oeste. O mejor sería decir para los relatos del oeste, dado que ese era realmente el territorio en el que se movía. Hay que decir que, como en la novela negra, el género es una simple estructura formal (o si se quiere: un conjunto de códigos compartidos con el lector) para ir más allá. Su escritura extremadamente depurada podría ser leída desde otros prismas y es cierto que uno no puede distraerse de indios y vaqueros, pero tan cierto como que sus historias hablan del desarraigo, de la insatisfacción, de la vejez, de la libertad y quién sabe cuántos temas más.

La visión de la escritora de la frontera (ese espacio entre indios y colonizadores, permeable, continuamente desbordado) es sin duda muy especial. Tanto que ni tan siquiera John Ford logró instalarse en él, incómodamente. En su relato más conocido, El hombre que mató a Liberty Valance, Johnson recrea la vida de un miserable allí donde Ford ve un bonachón, y eso es representativo de algo. Tal vez de una modernidad no muy fácil de compartir. Pensemos en aquella mujer secuestrada por los indios que no quiere volver rescatada porque su vida está allí, en la tribu, con su marido y su hijo (La frontera en llamas) o de ese viejo que se debate entre quedarse o marcharse: quedarse con los indios, entre los que fue feliz, o con los suyos, los blancos, entre los que era un miserable, apenas nada (La camisa de guerra).

Los indios son mostrados como crueles pero respetuosos de unas reglas, poseedores de una visión del mundo, de unos principios. Algo que en los blancos no dejaba de ser mucho más dudoso, turbio al menos. No hay mundos idílicos, territorios de ensueño. Está la vida, que a un lado u otro de la frontera es implacable. Sus relatos hablarán de los ritos de paso (el indio con mala suerte, incapaz de tener un sueño, que lucha contra su destino en El exilio del guerrero o aquellos jóvenes de la reserva que se preparan para marcharse a la Segunda Guerra Mundial intentando encontrar el tiempo y los modos de sus antepasados, demasiado lejanos: Marcas de honor). En Un hombre llamado Caballo, otro de sus grandes relatos (y adaptaciones cinematográficas), el protagonista, un blanco que lo tiene todo pero echa de menos estar entre iguales, encontrará entre los indios algo que podríamos llamar dignidad. O la melancolía.

Para Dorothy M. Johnson la épica del oeste es vivir, poco importa de qué lado se esté. No se necesitan héroes porque los héroes están en todos los lados y, por tanto, en ninguno. Los sueños se desvanecen rápidamente: en una incursión para robar caballos o en un ataque en el que arden las pocas propiedades que una familia, llegada del otro lado del mundo, puede tener. En todo puede haber un tiempo para el misterio (la tensión, la muerte como algo tangible, de un relato como Viaje al fuerte) o el humor (con todo perdido, ese juego amoroso de Más allá de la frontera, o los recuerdos trastocados de Reírse frente al peligro). La escritora se manejará bien en todo y nada parece serle ajeno, porque por encima de todo nos habla de personas y de sentimientos, sin importar el lugar en el que estén, aunque nada pueda ser indiferente a él.

Me pregunto si la frontera de la que habla Johnson no será un territorio interior. Un lugar que tenemos que atravesar, un lugar del que huir, en el que habitar, en el que buscar nuestros sueños o robar caballos. Un lugar en el que arden cosas que construimos trabajosamente o en el que nuestra memoria se pierde en una noche de los tiempos. Un espacio para soñar con acabar con Liberty Valance (y todas las humillaciones de este mundo) o en el que encontrarnos con nosotros mismos, aun a través del sufrimiento. La frontera es ese espacio donde acaban nuestras certezas. Y empiezan nuestros sueños.

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