Musashino, de Doppo Kunikida (Ardicia) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García.

Doppo Kunikida | Musashino

Es necesario pensar cuánto ha cambiado nuestra relación con la naturaleza. Ya no es que esta sea un asunto conflictivo, un gusto pasajero o algo para quedar bien en los anuncios televisivos, sino más bien que hemos perdido una especie de asociación primigenia sobre la que se construía el mundo. Igual no es reciente (o no todo es reciente) y la cosa viene de tiempos inmemoriales, pero es inevitable pensar que algo hemos perdido por el camino cuando la naturaleza es una cosa que se compra en un supermercado ecológico, allí, al volver la esquina. Yo, que nací en una pequeña aldea, que viví allí pocos años pero los suficientes para sentirme fuera de casa en cualquier sitio, cuando llegué con mi familia a la gran ciudad, los domingos salíamos a andar por las huertas de los alrededores, allí, con los edificios grises y tristes al fondo. Paseábamos entre campos de naranjos o nos íbamos a comer a algún bosquecillo habilitado al efecto, en el que cada pocos metros, había otros Malcovaldos como nosotros. Era como si buscáramos algo que habíamos perdido en algún instante.

Todo esto para decir que Musashino, escrito por el japonés Doppo Kunikida y editado por Ardicia, es como el tarro de las esencias de la relación del hombre con la naturaleza, algo en que algunos nos podremos reconocer y otros descubrir un lugar donde estar. Un libro para habitar, un libro habitado. Lejos, pues, de estas naturalezas muertas en las que nos encontramos.

Es cierto que seguramente la relación de los japoneses con su entorno siempre ha sido otra cosa. Algo entre lo ceremonial y lo respetuoso, con una preocupación real por integrarse en el entorno, algo que empieza incluso en la construcción de la propia casa (ver Elogio de la sombra). En realidad, una preocupación por sentir la naturaleza. Y el libro de Kunikida se instala ahí, justo en ese punto. El escritor japonés conocía bien la narrativa rusa. Sus ecos resuenan en cada uno de los rincones de los relatos que conforman este libro. Para ser exactos, en sus historias y también en su manera de contar, pero mientras aquellos tenían una especie de fijación por el ser humano enfrentado a sus debilidades, solo, aquí encontramos al ser humano enfrentado a su destino, dejándose llevar, diluyéndose en su entorno.

Sin duda, el ejemplo paradigmático de todo esto es el primer relato, el que da nombre al libro, Musashino. Todo en él respira esa relación esencial con aquello que nos rodea. Kunikida resume todo esto en una entrada del diario del protagonista (¿él mismo?): Miro a mi alrededor, aguzo el oído, contemplo en silencio. Toda su narrativa está ahí, en esos tres términos, en esas tres estaciones. Para el escritor, escribir es sentir. Y compartir ese sentimiento. Que las narraciones nos cuenten una historia, que tengan un principio, un algo, un final, no es importante. No es importante terminar porque todo forma parte de otra cosa, más extensa, unas vidas, unas vidas que además suceden a otras vidas y serán sucedidas por otras más. Y eso son su relatos, pequeñas historias, que para sus protagonistas son inmensas, enfrentados al destino (Niebla del río), a la fatalidad (El viejo Gen), al desamor (Carta de Yugahara) o a un mundo para el que no se está hecho (Pájaro de primavera), todos impregnados de una melancolía, cuando no tristeza, en la que sin embargo no dejan de aparecer ligeros destellos de una vida vivida acertadamente, de una manera justa, aun en esa adversidad.

Cierra el libro Carne y patatas, que coge las maneras de los dos primeros relatos (conversaciones), para contar, de nuevo, una bella historia sobre que, en sus palabras, no quiere conocer los misterios del universo, ni quiere formar parte de la gente indiferente. Él solo quiere que le sorprendan. Sorprenderse. Final estupendo para un libro sobre la fragilidad del ser humano y sobre la naturaleza, tanto humana como física. La naturaleza entendida como algo íntimo, y también algo que nos rodea, que está ahí, que somos parte de ella, no otra cosa. Musashino es entonces un libro para sentir, para volver a abrir ese tarro de las esencias que olvidamos en algún viejo cajón, en el fondo de algún baúl con el profundo olor de la naftalina.

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