En las ruinas del futuro, de Don DeLillo (Seix Barral) Traducción de Javier Calvo | por Óscar Brox

Don DeLillo | En las ruinas del futuro

Un primer apunte: nunca deja de sorprenderme la sencillez con la que Don DeLillo construye sus textos. En alguna entrevista lo describe como escribir con la mirada; también se podría decir que hace años que su escritura se ha reducido al tuétano. A la idea. A lo fundamental. Con la precisión para desgranar en poco espacio esos grandes acontecimientos que sacuden nuestro tiempo. Basta una frase, una idea tendida en el texto. Apuntar en dirección al flujo constante del capital, el debilitamiento de las identidades nacionales en un tablero cada vez más global o el bombardeo de estímulos con el que se cuestiona la apariencia de lo real.

DeLillo entra en el Siglo XXI tras el esfuerzo literario que supuso Submundo. Cuando caen las Torres Gemelas, Cosmópolis aún no es una realidad. Si acaso, un puñado de intuiciones recabadas durante el convulso inicio de siglo. Body Art es una prueba; En las ruinas del futuro, su elegía en torno a los atentados del 11-S, otra. Pero ¿qué clase de prueba? En primer lugar, de observación. DeLillo siempre ha destacado por su capacidad para leer la trama de la realidad, todo eso conjunto de planos superpuestos, las confluencias entre economía, política, sujeto, deseo y sociedad, y de qué manera han tejido el espíritu de su época. Y aún diría más: la prueba de que el autor de Libra es un observador tranquilo, atento, hábil a la hora de tasar y contrapesar estímulos e ideas y presentarlas con claridad en sus textos.

Ante las dimensiones del 11-S, que prácticamente entrañan un cambio de paradigma, un vuelco a nuestra forma de entender la Historia, DeLillo apela a esas historias que permanecen en los márgenes. Demasiado pequeñas, fuera del radar de los grandes titulares, pero que sin embargo necesitamos para gestionar el efecto tan espectacular de los atentados. No importa si se trata de las hojas que volaban por las ventanas del World Trade Center, balances de cuentas y memorandos perdidos entre la niebla y los escombros, o si apunta hacia esos detalles que pasan desapercibidos cuando se intenta caracterizar a los terroristas suicidas. El objeto es tratar de salir del molde y la respuesta ensayada, de la estupefacción ante la quiebra del statu quo, de la alucinante sensación que, incluso hoy, continúan despertando las imágenes de los ataques.

La delicadeza del texto estriba en que su autor pone en una misma balanza lo histórico y lo humano, el golpe contra una comunidad, más que una Nación, y la respuesta de sus integrantes. Me gusta, por ejemplo, esa descripción casi fuera de lugar, en mitad de la lluvia de cenizas y el desconcierto, de ese grupo de personas que hacen cola para pedir una hamburguesa. Afuera está el terror, la desorientación y el sentimiento palpable de que una identidad o un modo de vida acaba de estallar. Dentro, en cambio, está precisamente la vida. La necesidad de reclamar que, pese a todo, están vivos, y que dentro de ese horror que ha transformado a la ciudad de Nueva York, aún existe la posibilidad de construir, o de seguir construyendo, otros relatos. De reclamar que algo sigue vivo.

Las torres del World Trade Center no solo eran un emblema de tecnología avanzada, sino también una justificación, en cierto sentido, de la voluntad irresistible que tiene la tecnología de traducir a formas sólidas todo aquello que permite la teoría”. Un par de párrafos más allá, DeLillo reflexiona sobre el elemento inherentemente destructivo en la naturaleza de la tecnología (cuando piensa en los detonadores por control remoto o en la velocidad de transformación y adaptación de la guerra y el terrorismo). La tecnología es una cosa que mata, sí, pero hay algo más en esa declaración. Con perspicacia, su autor nos acerca a una clave de este tiempo: al fin de las formas sólidas, a la cotización al alza de lo líquido, de lo invisible, de todos esos relatos que se producen a diario, instantáneamente, y que mueven los hilos sin apenas ser percibidos. El flujo casi ilegible de la bolsa, las guerras con drones y los bombardeos a distancia, lo fake como paradigma de una nueva agenda política, los nft’s en el arte contemporáneo. Los valores, en fin, etéreos que añaden otra pátina más de fugacidad al presente. Que hacen todavía más difícil describirlo con solidez, porque cada vez más símbolos han ido desapareciendo y debilitando, precisamente, lo que entendemos como real.

Resulta conmovedor reencontrarse con este texto, en tanto que funciona en dos direcciones: como elegía o panegírico a una sociedad dañada, pero también como plan de lectura para una tercera época en la obra de su autor. Es difícil pensar que obras como El hombre del salto, Punto Omega o Cero K pudieran existir en un mundo antes del 11-S. Esa forma de indagar en el arte y en lo humano, en sus confluencias y en cómo una y otro se vertebran y describen. DeLillo es, antes que escritor, un prescriptor de nuestro tiempo. De sus ruinas, de su naturaleza y, en definitiva, del futuro.

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