Con otro sol, de Diego Angelino (MalasTierras) | por Óscar Brox

Diego Angelino | Con otro sol

Dibujar el pasado. Algo así explicaba Diego Angelino cuando le preguntaron por los relatos que componen Con otro sol. “Se escribe mejor sobre lo que está olvidado”. Esto último, cuenta en una entrevista, se lo dijo Bioy Casares. Entre Ríos fue el lugar de su infancia, escenario de los primeros años de aprendizaje. Por tanto, algo de todo ello seguía formando parte de su corazón. Rostros, voces, lugares, el monte, las historias con las que se vertebran tradiciones y comunidades. Entre Ríos era su Spoon River, su Winesburg o su Yoknapatawpha, su patrimonio emocional. Lo más cercano a un espacio en el que rastrear las huellas de ese otro árbol genealógico que construimos a partir de retazos de historias, de personajes y momentos. Solo que Angelino le dio el nombre de Campo del banco.

Con otro sol arranca con una imagen. Un árbol, el ñandubay campana, se alza lustroso y seco contra el cielo. El algarrobillo, se podría decir, es lo poco que queda en una historia repleta de desaparecidos: el Gringo, las gallinas, los corderos, la Baronesa viuda o el hijo de los Frutos. Sin embargo, el hecho de que todavía permanezca ahí, recortándose entre los corrales, es suficiente para que Angelino cuente todas esas historias que uno imaginaría grabadas en la corteza del árbol. Tras la imagen, lo que queda es una narración sencilla, directa y, hasta cierto punto, transparente: este no es un lugar para vivir, sino el escenario de un destierro. De un olvido. Cómo explicar el maravilloso efecto de la escritura de Angelino, tal vez imaginando que sus palabras son granos de arena que se deslizan entre los dedos. Lo que cuenta, cómo lo cuenta, el éxtasis y la agonía de unos personajes, se derrama en las páginas con una mezcla única de calma e inquietud. Y no es tanto cuestión de la historia que explica, que necesariamente remite a un final de un tiempo o de una época, como el detalle de que la propia historia se va deshaciendo a medida que la leemos. Notamos el paso del tiempo, el efecto de ese éxtasis y de esa agonía. Los personajes que, irremediablemente, desaparecen -esos Frutos que se hacen cargo de todo, garantizando las justas provisiones de ginebra para la Baronesa- mientras el relato, breve, despliega las habilidades de su autor para narrar las cosas. Para dejar que respiren, que las escuchemos, trasladándonos allí donde la memoria aviva los fuegos.

Angelino dibuja ese ñandubay como una presencia entre las sombras del pasado, igual que la Baronesa que pasea de un lado para otro obsesionada, ella misma, en convertirse también en sombra. Otro recorte más que alguien pueda ver entre los corrales. Un mito, diríamos ahora. O decimos, porque al fin y al cabo así actúa la memoria con las cosas que no se pierden. Las vuelve espacios, lugares. Les concede tantos matices que casi no parecen ellas mismas. Les proporciona un brillo especial porque las saca del olvido. Las convierte, en definitiva, en historia.

La gran mayoría de los relatos de Con otro sol hablan de personas como si fuesen lugares. Son personajes consumidos por la tragedia o personajes que eligieron la tragedia porque, de alguna manera, era la única forma de no acabar devorados por el tiempo. Angelino escribe sobre el Linyera, el menor de los Álvarez, que era medio lobizón, o el cuarto hijo de los Alfaro, un loco descalzo que encarna a la figura del fantasma perdido en el bosque. Pero, tras ese impacto, con el arranque de literatura que Angelino imprime a todos sus relatos, quedan esos otros aspectos morales que son los que dejan el regusto tras la lectura: está el amor incestuoso de los Alfaro, que se concreta en un rosario de muertes y desdichas, o la obstinación de los Álvarez por tener descendencia, que convierte su historia, como escribe su autor, en una forma de desafiar a Dios y de tentar al Diablo. Pero también es la forma que tiene la escritura de tentar a los resortes de la memoria, de hacer hablar a las cosas mientras narra el crepúsculo de unos rostros familiares. Qué bella, pues, la manera mediante la que Angelino nos brinda lo más parecido a un microcosmos, con unas coordenadas, personajes y situaciones definidos con la mayor transparencia, que se va deshaciendo a medida que leemos, cada vez más compulsivamente, los relatos que lo componen. Pocas veces escribir un ocaso ha resultado tan maravilloso; dejarse llevar por lo que el polvo, la geografía, los restos y las ausencias pueden decir de un lugar. Y qué forma de emplear la ficción como respiración artificial para devolverle el aliento a otro tiempo. A otra época. A todo aquello que está olvidado.

La edición de Con otro sol incluye una segunda parte, otra colección de relatos escritos algunos años más tarde por Angelino. Estos, más que continuar la línea geográfica trazada en la primera parte, apuntan hacia la (necesaria) evolución estilística de su autor y sus renovadas capacidades a la hora de ampliar y proyectar algunas de sus preocupaciones como escritor. En El contador de historias, por ejemplo, Angelino parece parodiar en primera instancia sus propias obsesiones –era una sola vapuleada historia, trajinada y rehecha a lo largo de dos décadas, corregida y perfeccionada-, para a continuación ofrecer una bellísima reflexión moral sobre el oficio de narrar y la relación, casi se diría carnal, que se establece con lo narrado. En esta otra parte, los relatos tienen un vuelo diferente, juegan con más registros y establecen una rica ampliación del imaginario angelino. Hay retratos, cartas, descripciones y situaciones. Hay literatura que resiste la embestida del tiempo. Hambre por seguir contando, por seguir perfeccionando ese aprendizaje de la memoria. Por dejar que hable el lugar y, en definitiva, por continuar escuchando sus voces.

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