Asesinatos archivados, de Didier Daeninckx (Akal) Traducción de equipo editorial con la colaboración de Esperanza Martínez Pérez | por Óscar Brox

Asesinatos archivados | Didier Daeninckx

Cada país tiene su crónica negra. En Francia la protagonizaron en 1961 las fuerzas antidisturbios de la policía nacional -es decir, los CRS- y en España la Brigada Político Social; diferentes siglas, espíritu afín. A Maurice Papon, condenado por crímenes contra la humanidad, le concedieron la Legión de Honor y a Billy el Niño, ex inspector de policía con un largo historial de palizas y torturas, la medalla de plata al mérito policial. A Didier Daeninckx, seguramente, le removió la conciencia que un personaje tan viscoso permaneciese en la vanguardia política, como secretario, prefecto o ministro, mientras las víctimas anónimas agonizaban entre dossiers policiales e informaciones sin contrastar. Así, fruto del proceso a Papon por colaboracionismo, el escritor francés urdió un relato en el que la memoria de los desaparecidos contribuyese a levantar el secreto de tantos años oscuros. Asesinatos archivados, que recupera Akal en su colección de novela negra, es su ajuste de cuentas con la historia oficial.

En los primeros compases del libro, Daeninckx describe con precisión el ambiente parisino en 1961: contra el pensamiento, la porra. Si los emigrados exigen el fin del paternalismo colonial sobre Argelia, la policía responde apuntando a sus órganos vitales; sin remordimientos, que para eso cumplen órdenes. Esa masacre de 1961 tuvo demasiadas víctimas y, también, demasiadas lagunas. La mayoría fueron argelinos, también europeos y, lo que es peor, franceses. Sin embargo, los informes escurrieron el bulto y el tiempo se encargó de echar un poco más de tierra sobre los ficheros. Consciente de ese vacío, Daeninckx se entrega a una breve reconstrucción histórica para situarnos en el momento de los hechos a través de tres miradas de las víctimas de esa masacre: las de los que participaron activamente en la manifestación del Frente de Liberación Nacional y la del que observaba sin saber que iban a por él. Cómo, se pregunta el autor, alguien puede matar a un profesor de instituto de un tiro en la cabeza. Porque, decimos nosotros, se interesa por la Historia reciente, y no hay nada más incómodo que desenterrar los esqueletos del pasado.

Bajo su ligero aire de narración policial, con el inspector Cadin como conductor del relato, Daeninckx traza un retrato casi genealógico sobre la Francia podrida por el antisemitismo y el colaboracionismo más repugnante. La que purgó superficialmente a los cargos mientras, como en un juego de manos, los acomodaba discretamente en otros puestos. Roger Thiraud, la víctima que capitaliza la pesquisa policial de la novela, no era un objetivo político ni tampoco un revolucionario; simplemente era un apasionado de la Historia, alguien nacido en el peor agujero de Francia, Drancy, que se había topado con una auténtica fosa séptica al reconstruir los orígenes de su hogar. O cómo una aldea podía transformarse, durante la primera mitad del Siglo XX, en una planta de procesamiento para las deportaciones a los campos de concentración. De ahí el nerviosismo, el dedo que señalaba el objetivo y exigía una acción rápida, una bala en la cabeza y el cese de la investigación en los archivos locales. De ahí, pues, la violencia y el posterior silencio, el aquí no ha pasado nada. De ahí, en fin, la necesidad de una ficción como la que propone Asesinatos archivados.

En la tradición de la novela negra política, Daeninckx figura junto a colosos como Jean-Claude Izzo o Jean-Patrick Manchette, autores que se lanzaron a tumba abierta sobre el particular. La aproximación de esta novela, si se quiere, es algo menos intensa, más cerebral. Quizá, también, porque en los años 80 ya se repartía demasiado plomo en el polar y alguien debía mantener los pies en la tierra. Por eso a Daeninckx le interesa más la reflexión que el músculo, lo que evoca su ficción que lo que enuncia. Recordar, en suma, esas masacres mal documentadas repletas de víctimas anónimas y cifras redondeadas a la baja; construir la pesada tarea de exhumación de un episodio que a nadie le interesa recuperar. Es en esa línea donde más, y mejor, brilla su relato, donde uno advierte la pasta de la que está hecho y lo difícil que resulta sacar a la luz el mal cuando hay demasiadas manos interesadas en ocultarlo bajo los pliegues de lo cotidiano. Porque, más que asesinatos archivados, de lo que se trata es de muertes por olvido y de verdugos que no han agachado la cabeza, orgullosos aún de su paso por la Historia reciente.

Didier Daeninckx podría haber dedicado su novela a todos aquellos que murieron sin hincar la rodilla, molidos a palos y enterrados como animales, muchas veces a causa de la estricta vigilancia del orden político-social. Sin embargo, sus aspiraciones son un poco más ambiciosas, a pesar de la sencillez con la que a menudo se deja leer el libro. No es tanto una cuestión de justicia como de verdad, ecuación que determinados enemigos de la Historia se niegan a aceptar; de retratar al verdugo, al asesino o al funcionario provecto que ha querido olvidar sus crímenes con las medallas y diplomas recibidos años después. Esa sensación que tan bien describió Michel Quint en su bellísimo libro Los jardines de la memoria, y que tanto deberíamos repetirnos cuando personajes siniestros como Billy el Niño o el Muñecas caminan orgullosos por las aceras de la Historia: sin verdad, ¿cómo puede haber esperanza?

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