Leyenda de un suicidio, de David Vann (Alfabia) traducción de Daniel Gascón| por Óscar Brox

David Vann | Leyenda de un suicidio

Apenas unos años han bastado a David Vann para tomar posición en el territorio literario. Con una obra todavía corta, este autor nacido en Alaska ha desembarcado en el panorama español dentro del catálogo de varias editoriales. Alfabia, que lo presentó al público con la novela Sukkwan Island, celebra su quinto aniversario con la publicación íntegra en tapa dura de Leyenda de un suicidio, el debut de Vann del que se extrajo aquel relato. El autor de Goat Mountain se ha cansado de subrayar la importancia del paisaje en su escritura. Como le sucede a Daniel Woodrell con las montañas Ozark, el microcosmos de islas, pesca y naturaleza salvaje es la leche materna que nutre a las historias de Vann. Un paisaje marcado no solo por la infancia de su autor o por la devastación que lo surca, también por el suicidio del padre que planea sobre cada descripción y cada relato que compone el libro.

Leyenda de un suicidio está compuesto por cinco relatos y una novela. En los primeros, Vann cede el lugar del narrador al hijo, en una crónica ambiental y emocional de todo cuanto acontece antes y después de la muerte del padre. El divorcio, la vida solitaria en Alaska, el nuevo matrimonio, la frustración que devora lentamente las ilusiones, el vacío y unas vidas que deben reconstruirse cuando apenas han echado a andar. Vann se adentra por los meandros de la muerte del padre para describir a ese hijo, ni siquiera un adolescente, que soporta sus balbuceos y desesperación junto a la cama; a esa nueva esposa sin tiempo para comprender la naturaleza de su marido; y a esa ex esposa que acumula un carrusel de amigos y amantes que nunca colman el vacío que ha perforado su interior.

Ante la escritura de Vann existe la tentación de encontrar un afán de literalidad, de ficción miserabilista que explote la muerte del padre. Nada más lejos de la realidad. Lo que Leyenda de un suicidio explora es esa parte tan difícil de nuestra madurez que se cifra en el aprendizaje sentimental; más que contar la historia de un padre, Vann narra la historia de un hijo. En Sukkwan Island, Jim y Roy Fenn llegan a una devastada isla de Alaska para convivir con la naturaleza, a la antigua usanza, durante unos meses. El divorcio ha debilitado los lazos entre ambos y, precisamente por ello, una convivencia tan estrecha durante un tiempo puede ayudar a reforzarlos. La falta de piedad que impone la vida en territorio salvaje arrincona hasta dejar sin salidas a ambos personajes. Cada descripción de Vann parece cargar con todo el peso de la naturaleza sobre los hombros de sus protagonistas, insinuándonos que el miedo es el motor de todo proceso de aprendizaje. El horror ante la falta de sustento, de viandas y de métodos para salvar esa situación. Pero también que el terror es, tal vez, el elemento que mejor detecta las fugas y la fragilidad de los vínculos que establecemos unos con otros, hasta qué punto la relación entre un padre y un hijo es tan delicada que no puede evitar fracturarse.

El paisaje de Alaska observa indiferente la descomposición de los personajes, como una fiera a la que no se ha aprendido a domar o un lenguaje, quizá más instintivo, que no dominamos lo suficiente. Relato a relato, Vann introduce las costumbres y trabajos de Alaska como elementos secundarios que, sin embargo, cobran protagonismo a medida que nos familiarizamos con su presencia. Como parte de ese aprendizaje que describe Sukkwan Island, la pesca del fletán o del salmón, el frío y la lluvia afilada, la soledad y el bosque silencioso cobran un relieve dramático como sustitutos de todas esas palabras de ira, tristeza, ilusión, frustración o ansiedad que no sabemos cómo verbalizar. Queda la mirada del narrador mientras recorre uno por uno cada escenario de su vida adolescente y las huellas que la memoria conserva frescas a medida que la historia las rescata del pasado. En Leyenda de un suicidio se producen varias muertes y la misma reacción desencajada ante el vacío que dejan; un vacío emocional y verbal que no encuentra las palabras justas ni las explicaciones para salir del paso, como un golpe a la altura del hígado que corta en seco la respiración. Un vacío que, en un gesto tan conmovedor como desconsolado, revela ese papel tan difícil, para el que estamos tan poco preparados, como es el del hijo.

Quizá porque el sentimiento de Vann no pasa por configurar una historia de fantasmas para velar al padre muerto, lo hermoso y también lo doloroso de su novela es la sensación de contemplar una interrogación constante sobre el papel y el peso del hijo. Su rol como narrador, testigo y víctima; su incapacidad para responder a esa frustración paterna que devora a diario su tiempo de vida; su mirada impasible ante el destino de la madre, a la que no puede colmar tanto como debería pero que tampoco abandona a su suerte. Más que una reconstrucción, Leyenda de un suicidio escarba en la amargura del hijo y en la muerte, literal y figurada, de esa palabra cuando desaparece el padre. El golpe de madurez al que obliga y la exigencia de unas palabras, de un aliento y una fuerza que, con apenas trece años, nadie sabe de dónde se sacan. El aprendizaje del dolor y del miedo, la belleza de ese paisaje helado que cobija, entre la indiferencia y la dureza ambiental, el drama de sus protagonistas. La crónica de David Vann de la muerte de un sentimiento y la tristeza infinita que produce no haber disfrutado del tiempo suficiente para poderlo vivir y entender. Un retrato sobre esas cosas que se nos van y ya no sabemos cómo hacer para que regresen.

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