W.G. Sebald en el corazón de Europa, de Cristian Crusat (Wunderkammer) | por Juan Jiménez García

Cristian Crusat | W. G. Sebald en el corazón de Europa

Con aquel accidente de tráfico, un día de diciembre de 2001, el destino no solo se llevaba a W.G. Sebald, sino también una manera de entender la literatura y también Europa, ese espacio, físico y mental. Escritor tardío, su obra abarca apenas diez años, y ni tan siquiera llegó a ser conocido inmediatamente, más allá de su país, Alemania. Así pues, aquella muerte dejaba la poesía de Del natural, los relatos de Los emigrados y novelas como Vértigo, Los anillos de Saturno y Austerlitz. La posteridad se ocuparía de entregarnos sus obras incompletas, como Campo Santo, reunión de relatos y ensayos. Y no mucho más, fuera de Pútrida patria, libro de ensayos literarios o Sobre la historia natural de la destrucción, mi primer encuentro con él. Y único, aunque haya sido uno de esos escritores entendido como asunto pendiente. Uno de esos escritores a la espera de su momento, cuando tal vez ese momento, para los demás, ya pasó. Por eso la aparición de W.G. Sebald en el corazón de Europa es una oportunidad. O muchas oportunidades. La oportunidad de devolvernos al escritor, la oportunidad de revisar una cierta idea de Europa (o muchas) y el libro en sí mismo, brillante  reunión de lo anterior y alguna cosa más.

Se preguntaba Charles Simic, en la New York Review of Books y a propósito de él, si un escritor que extrae muchas de sus ideas de otros escritores puede ser llamado original. En caso de que así fuera, dice Simic, ese sería Sebald (utilícese esa misma problemática, reflexión y respuesta para alguien con Jean-Luc Godard). Porque si algo sorprendió de su obra, fue su aproximación a la literatura, entrelazado de tantas cosas. Seguramente esa reflexión está implícita en la propia escritura de Crusat, desde el momento que las citaciones se acumulan, las referencias son muchas y nuestra cabeza no deja de ir detrás de todo ello, hasta llegar a ese punto, a sugerencia editorial, en el que todo se cristaliza en un bibliografía que cierra el libro y abre una multiplicidad de posibilidades para continuar (o volver) sobre lo que hemos leído, en un libro que maneja muchas referencias, pero que huye, afortunadamente y con notable éxito, del academicismo y el zancadilleo de las notas a pie de página.

En el libro de Cristian Crusat, la verdadera protagonista es Europa y su relación con ella (que no deja de compartir tantas cosas con tantos otros). Y frente a eso, Sebald se convierte en el contrapunto necesario, insistente, sobre esa idea de Europa tan esquiva y resbaladiza. Pensamientos que también forman parte de la obra del escritor alemán. Y uno que inaugura todos los demás. Si Milan Kundera decía que europeo es aquel que tiene nostalgia de Europa, nos encontramos, en palabras de Crusat, con que precisamente si hay algo ausente en Sebald es la nostalgia. Su búsqueda literaria se fundamentaría en la exploración de las contradicciones y solapamientos sobre los que arraigó la noción misma de Europa. Todo bajo una forma heterogénea, que no renuncia a las imágenes, de su propia vida o de vidas igualmente anónimas para los demás, encontradas en cualquier sitio. A la nostalgia antepuso la lucha contra la desmemoria, y lo que Crusat llama una ética de la miniatura, la pequeñez y lo inadvertido. Como innumerables trazados ferroviarios, cicatrices vivas o muertas de esta Europa nuestra, el libro recorre Europa y los distintos planos en los que se asienta. Esa Europa que nos cuesta definir y que se resiste a toda definición, y sin la no nos entenderíamos. Y qué complicado es no entenderse sin ese cúmulo de indefiniciones. Pero tal vez solo seamos el resultado de todas esas dudas, de ese movimiento constante entre lo viejo y lo nuevo.

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