La perra de mi vida, de Claude Duneton (Malpaso) Traducción de Antonio Soler | por Alicia Guerrero Yeste

Claude Duneton | La perra de mi vida

Hace un tiempo, a la muerte de alguien, quise ver en una vivencia de su infancia, que algunas veces se recordaba, una especie de metáfora profética. Cuando era un niño de cinco o seis años, ese hombre que murió tenía una cabrita y no se separaba de ella: jugaban sin parar, la quería muchísimo. Un día la cabrita pastaba tranquilamente mientras el niño, a poca distancia, estaba sentado frente a ella. Por qué fue que, de repente, aquel niño tomó una piedra del suelo y se la arrojó con fuerza a la chivita, que cayó desplomada cuando la piedra le golpeó entre los ojos.

Siempre que escuché la historia pregunté por qué, por qué le había lanzado esa pedrada a su cabrita si debía ser sin duda lo que más quería del mundo. El chiquillo corrió a abrazarla y lloró desconsolado hasta que finalmente un poco de agua hizo volver en sí al animalito. La historia siempre concluía ahí, como un pequeño relato pero era, en realidad, enorme. Porque, como se corroboró cuando llegó el punto final a su vida, nada como ese episodio podía dar imagen con mayor exactitud y hondura a una parte del alma de ese hombre y su destino.

Seguramente fue la presencia de un animal la que siempre confirió a esa historia de ese peso unible a lo simbólico, una estela de trascendencia: tenía el aura de un daimon. Pero fue la lectura del capítulo final de La perra de mi vida, un solo párrafo, la que me revistió de una posible sacralidad más cruda la naturaleza de esa historia. Ahí, Duneton condensa en primera persona el estremecimiento terrible que causa el atisbo de la condena vital irreparable con que se nace y que permanece para siempre, en los lastres de recuerdo o símbolos en que se convierten hechos y presencias durante la niñez. Y hace pensar que quizá el misterio, completamente inaprensible, que nos es la conciencia que un animal debe tener sobre su ser sea similar al que nos es el de intuir latente ese espacio interior nuestro, abrumadoramente insondable, donde está todo lo que nunca se nos desvelará de nosotros mismos (o quizá lo haga sólo en fulgores de claridad demasiado rápidos).  Atisbar la profundidad de ese Otro nos asoma a la nuestra, desde un recorrido que sería imposible en relación al vínculo con un humano.

Duneton refleja en este libro ese proceso: la interiorización en Rita, la perra que le acompañó durante su infancia y que le antecedía en la fila como víctima de un ambiente hostil, dominado por dos adultos castigados por demonios propios y compartidos que aún avivó más la posguerra. Reconocerse en Rita. Sentir que la vulnerabilidad de ese animal dentro de ese entorno doméstico castigado, amargado, era la misma que vivían el Duneton niño y su padre, tan distintos a la madre. Crecer oscilando entre la inocencia que apega con pureza a un animalito y la maldad que esa misma inocencia (aquí obediente, deseosa de agradar al adulto emulándolo) inflige sobre este. Y llegar a la edad adulta y dolerse profundamente por ese amor mal dado a un ser bueno y más débil, a causa de la ignorancia agravada por la ausencia de cualquier afecto prodigado con la dulzura serena que la infancia necesita. Sentir tardíamente la compasión más inmensa y pura por esa perra, que fue realmente el ser más próximo a su alma en aquel tiempo, y que lleva de la mano la lamentación por la infelicidad que fueron aquellos años de los que Rita es memoria. Frente a la debilidad, mísera y culpable o por indefensión, de los humanos, Duneton ennoblece al animal.

Escribe con una crudeza directa en la que cada palabra, cada frase, cada expresión es parte de ese paisaje empobrecido y doloroso, interiormente en devastación. Descarnando su realismo hasta llevarlo a una hondura de pureza primaria y metiéndolo en las entrañas del lector que, en medio de la conmoción de cada sentimiento (que vive verdadero), mira a lo escrito y ve el dominio preciso de un autor capaz de conjurar imágenes y emociones de una intensidad contundentísima y enorme en la más suma brevedad y claridad, como esos símbolos que la vida construye para contener sus explicaciones.

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