Muerto el perro, de Carlos Salem (Navona) | por Juan Jiménez García

Muerto el perro | Carlos Salem

Tenemos a Piedad. Volvamos unos pasos atrás. Teníamos a Lidia. En la anterior novela negra de Carlos Salem, Jamón calibre 45, uno de los personajes  más complejos (por vida) era Lidia, de la que no desvelaremos mucho, pero que digamos que había descubierto que dentro de ella había todo un mundo de posibilidades. En breve: la distancia que lleva de la mejor amiga de todos a mejor amante de muchos más. Tal descubrimiento se merecía una novela, y la novela, en buena medida, es Muerto el perro.

Como Lidia, Piedad descubre, tras la muerte de su marido, que frente a la de siempre, hay una de nunca. La de siempre era la esposa de su marido, disfrazada de espantajo, animal de confesionario, devota de sus padres, los boleros y las frases célebres para cualquier ocasión. Los tiempos cambian. El ambicioso de su marido, timonel de su fortuna (en fase “el barco se hunde”), muere en un accidente de tráfico. Morir en un accidente de tráfico es fácil si te joden los frenos. Hundir la empresa de la mujer también, si pensabas largarte a países más cálidos acompañado de alguna mujer surgida del frío, pero de sangre caliente. Cuando a la Piedad de siempre le mueven bajo los pies el mundo de siempre, es momento de enfrentarse a la nueva situación con un nuevo pelaje. Más ligero.

Así, ha llegado el momento de descubrir cosas. De momento descubre que hay alguien dentro de su cuerpo, especie de Pepito grillo pero más excitada de lo que lo estaba él. También que tiene un buen problema financiero. Y además: que hay gente que la busca, con cierta hostilidad. Conclusión: descubre que a sus cincuenta años posee un cuerpo apetecible y del que aún puede hacer buen uso. Que el tiempo perdido, en según qué circunstancias, sí que se recupera. Que tiene una facilidad innata para el asesinato. Que la confesión  no es necesariamente el camino más corto para la liberación. Y alguna cosa más.

Hay que reconocer que Carlos Salem es un tipo atrevido. Al fin y al cabo, escribir una novela negra protagonizada por una mujer, desde su propia intimidad como mujer, tiene algo de osadía. No le sale mal, desde luego. Al contrario (aunque tampoco está uno en la posición de decir: las mujeres no somos así, es cierto… vamos a dejarlo en la sufrida intuición).

Bajo un ritmo trepidante, entre rusos, argentino, policías y ladrones (de guante blanco o intenciones oscuras), predicadores a lo Chester Himes, nostalgias familiares provincianas, descubrimientos sexuales, viejas historias de juventud, citas famosas y boleros no menos famosos, Carlos Salem traza un pequeño retrato de nuestro tiempo. Bah, un fragmento. Luego abrimos el periódico y esos pobres hampones de la novela palidecen. Y sin Piedad.

Quedémonos con la invitación a dejar los viejos hábitos y volvernos seres hambrientos de todo. Por lo pronto, devoradores de hojas negras.

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