Cerco. Ole, Tom Roger y Paula, de Carl Frode Tiller (Sajalín) Traducción de Cristina Gómez y Øyvind Fossan | por Óscar Brox

Carl Frode Tiller | Cerco. Ole, Tom Roger y Paula

Hace varios años que hablamos por primera vez de este curioso proyecto literario del noruego Carl Frode Tiller. La propuesta es sencilla: un hombre, David, pone un anuncio explicando que ha perdido la memoria y ruega a todos aquellos que lo conocen que contacten con él para proporcionarle todos aquellos datos, recuerdos e historias que su mente le ha escamoteado. En una literatura cada vez más acostumbrada al relato introspectivo, a ese uso del Yo como vehículo para construir una mitología personal, Tiller le da la vuelta al calcetín para dar forma a esa primera persona a través del Nosotros. No en vano, Cerco es una colección de narraciones, de cartas y evocaciones, en las que David oscila entre el primer y el último plano, cada vez que el relato de los personajes se desvía para dirigirnos hacia otros temas: la violencia de género, el fracaso, las ansiedades de la madurez, la complicada relación entre padres e hijos, la depresión, la vida en comunidades cerradas como la de la isla de Otteroya, etc. De esta manera, Tiller consigue dos objetivos: trazar la panorámica de una sociedad a la que pertenece y conseguir, a través de un relato coral, construir a ese único personaje que no aparece. Que es un misterio. Que resuena en cada parte de la novela.

En esta segunda entrega, Cerco se fija en tres personajes: Ole, Tom Roger y Paula. A través de Ole, Tiller retrata la adolescencia de David y la contrapone a la amarga experiencia familiar de uno de sus mejores amigos. Ole ejerce como confidente, compinche en aquellos días de indios y vikingos en lo profundo del bosque, cuando David y él competían, casi sin quererlo, por destacar entre la calma mediocre de la isla. Y precisamente esa sensación resuena en la versión adulta de Ole, en su masculinidad herida y en la relación con su mujer y su hijastro. Tiller habla de violencia de género, pero también de precariedad laboral y de ambientes tóxicos, de alcoholismo y desesperación. O, simplemente, de cómo la buena voluntad no siempre consigue los fines deseados. Frente a aquella adolescencia tranquila, cortocircuitada por algunos episodios terribles, esta madurez presenta una derrota vital. Da fe de que algo no ha llegado. O, mejor dicho, de que la promesa de ese algo que iba a llegar no se ha cumplido. Hay un naufragio, que se palpa en la delicada convivencia entre las diferentes capas de la sociedad noruega, y un rencor de clase con el que marcar la línea que delimita el éxito del fracaso.

Tom Roger, en cambio, representa al buscavidas, al maltratador que, pese a todo, mantiene la cabeza alta. Al ladrón adolescente, metido en problemas y cada vez más distanciado de la Ley. Y, también, al estrato más bajo de la sociedad noruega, hilbilly isleño que no ha podido escapar de su extracción social. Si en la primera parte resuena la adolescencia de David, aquí lo hace, con especial crueldad, la figura de su madre. La ansiedad por buscar a un padre que, en el fondo, más bien se trata de la ansiedad por una feminidad mal entendida en el seno de una comunidad profundamente machista. Una comunidad que la retrata en sus conversaciones, que la observa en sus escarceos sentimentales, que la tacha, tilda y define, que la radiografía porque, de alguna manera, aún no ha conseguido aplastarla en alguno de los pocos roles disponibles. Algo que Tom Roger acusa, porque nunca ha podido dejar de lado su lugar y su contexto, como si se tratase de la clase de huella imborrable de la que no se puede huir.

Con Paula, Tiller lleva a cabo una interesante pirueta. De un lado, el giro meta. La inclusión de un personaje, Harald, que cuestiona la validez de la búsqueda de David, poniendo el acento en la mentira que subyace en todo esto; en la naturaleza de proyecto literario que se puede oler a la legua. Del otro, el retrato de esa enfermera atrapada entre su memoria y el tenso reencuentro con su hijo y su nieto. En todo ello, Tiller exacerba la violencia, el golpe psicológico -Paula revela en un momento dado que cambió a los recién nacidos, por lo que David no es el hijo biológico de su madre, Berit- y un halo de infinito rencor y de tristeza que pulverizan cualquier signo de confianza en la humanidad. Hasta el punto de no saber de qué lado se produce la venganza, si es de todos aquellos que conocieron a David o de este último que les ha obligado a hacer memoria y desnudar sus horrores personales. Su odio. Su mezquindad. Su vergüenza. Lo interesante de Cerco radica, precisamente, en la ambición de su autor para poner en liza todos esos temas. Para, en breve, llevar a cabo una autopsia emocional de la sociedad noruega. Es así como debería leerse el monólogo afectado de Ole, la mezquina complicidad de Tom Roger y la mala conciencia de Paula, representantes todos ellos de una cara de la sociedad. Y es así como Tiller deja que se expresen, con ese torrente de pensamientos, secretos y cicatrices que conquistan cada una de las páginas de la novela.

En estos últimos años, la literatura noruega que nos ha llegado, de Askildsen a Solstad, se ha empeñado en dinamitar cualquier espíritu de progreso en la cultura del Norte. O de conciencia social. Al contrario, pues esa sensación de falsa tranquilidad es el disfraz elegido para esconder el cultivo de comportamientos reaccionarios y de los rincones más oscuros de la naturaleza humana. Sin la ironía o la socarronería de estos últimos, Carl Frode Tiller ha escrito un ciclo novelístico que es, a su manera, una parodia de Noruega y de su obsesión literaria por el Yo. Un ajuste de cuentas con algunos de sus problemas; los más notables, la violencia de género y el desclasamiento; y una reacción literaria a esa obsesión (lo hemos visto hace poco en la obra de Vigdis Hjorth y su novela La herencia) por filtrar elementos de la vida personal a través de la ficción. Por usar la ficción, violentarla y aprovecharse de todos sus mecanismos para saldar cuentas con las heridas de la memoria. Nada mejor que un amnésico, debió pensar Tiller, para volver a poner negro sobre blanco el panorama cultural de su país. Así sea.

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