El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain (Contra) Traducción de David Paradelas | por Óscar Brox

Ben Fountain | El eterno intermedio de Billy Lyn

A menudo resulta admirable la capacidad de nuestras administraciones políticas para intentar tergiversar la realidad. Aunque, bien mirado, la extraordinaria dependencia hacia las redes sociales cumple sobradamente en tareas de trabajo sucio para allanar el terreno. Cuando ha pasado el sofoco virtual, apenas queda fuerza para afear las palabras del Gobierno. Toca tragar, transigir e intentar olvidar. A buen seguro, el llamado tour de la victoria ha quedado en la Historia reciente del mundo como una de las manchas menos fáciles de quitar. No en vano, toda la mercadotécnica gubernamental ponía en marcha los engranajes del aparato publicitario del ejército mientras, en un discreto segundo plano, se encargaba de esconder a la mirada pública los aviones cargados de ataúdes procedentes de la Guerra de Irak. Porque, qué duda cabe, aquel era un conflicto que todavía necesitaba un final grandioso y, lógicamente, a los héroes de la contienda había que agasajarlos en similar medida.

El largo intermedio de Billy Lynn, el debut literario de Ben Fountain, nos coloca en el incómodo lugar de un soldado del ejército estadounidense recién llegado a casa por un corto permiso contractual. En el momento más oportuno, justo cuando una operación militar bien resuelta le ha granjeado a todo su escuadrón el calificativo de héroes. O de figuras de barro tan maleables (y olvidables) que todos los que se crucen en su camino tratarán de sacarles partido. Y es que ese, precisamente, es el sentido (irónico) de lo que cuenta Fountain en su novela: la ansiedad, cuando no la obsesión, por el rendimiento y el partido. Por evitar el apalancamiento, por asegurar el bienestar a costa de la sangre y el sudor de los otros. De ahí que la odisea de su protagonista, Billy Lynn, sea como un carrusel alrededor del lado más grotescamente paternalista de la sociedad americana. Siempre pendiente del porcentaje de beneficios y las opciones sobre un posible proyecto cinematográfico del escuadrón; preocupado por hacer de su visita al estadio de los Cowboys un evento mediático y nacionalista.

Lo preocupante del relato de Fountain es el contraste entre el mundo y sus protagonistas, que apenas han rebasado la adolescencia y observan la realidad con la vista cansada de un anciano. Casi como si se hubiesen estampado el no future del punk en la frente. Y es que el tour de la victoria es, prácticamente, una versión paródica de Arriba y abajo, en la que Fountain expone sin piedad la pasta de la que están hechas las diferentes clases de América. De ahí que, frente a la mirada atontada de los soldados, continuamente zarandeados de un lugar a otro, los ejecutivos mantengan un gabinete de crisis en las entrañas del campo para trazar la mejor estrategia de rendimiento. De ahí, también, que América se transmute en un lugar todavía más extraño que Irak, serpenteado por los estímulos del Jumbotron del estadio, las coreografías perfectas de las animadoras y el espectáculo de las Destiny’s Child en el intermedio del partido. Un lugar raro, poco cálido, que conduce a Billy a recordar los días de reencuentro familiar: a la madre perdida, el padre enfermo y la hermana amada. O lo que es lo mismo: a recordar el porqué de su viaje a la Guerra. La necesidad económica que, de nuevo en segundo plano, llevó a tantos patriotas a visitar el infierno.

Tal vez se podría decir que la de Fountain es una obra sobre lo que significó ser joven en esa América post-11S, mucho antes de que llegase la generación millennial, cuando la Nación todavía no se había sacudido la capa de escombros que habían pulverizado el sueño americano. Por eso El largo intermedio de Billy Lynn tiene siempre ese tono triste, escrito con una media sonrisa que no oculta la profunda decepción ante el estado de las cosas. Porque esa América idiota y zafia, tan obsesionada por ganar a cualquier precio, por legar un documento definitivo de su superioridad moral sobre el resto del mundo, se concentra en el paródico destino del pelotón protagonista. En esa voz de la conciencia que Billy, con las pocas reservas de sentido común que le quedan, anota a cada nuevo episodio. Ante el amargo recuerdo de su hogar, de su juventud perdida o del puro amor cristiano que encontrará (fugazmente) en una de las animadoras del equipo de fútbol.

Resulta paradójico que el núcleo central de la novela de Fountain abarque las pocas horas de recreo de sus soldados en el partido final de la Superbowl, y sin embargo la sensación de fugacidad que rodee a ese accidentado periplo sea tan palpable. Tan aterradora. Como si todo el grupo caminase inevitablemente hacia el abismo. O lo que es lo mismo: hacia una madurez prematura, valga la contradicción, sin relieve ni fondo. Vacía, como casi todos los elementos de los que se sirve Fountain para narrar el regreso al hogar. A una América disparatada, hija de las crónicas de Hunter Thompson y de los fracasados, del humor humanista de Kurt Vonnegut y de la imbecilidad manipuladora de Dick Cheney. Por eso, El largo intermedio de Billy Lynn es el reflejo de uno de los fragmentos más tristes de nuestra historia reciente. También la cáustica reflexión de cómo el Poder, el gobierno o la propia ciudadanía, intentó esconderlo, negarlo u olvidarlo. Como las fotografías de los féretros tomando tierra en los hangares de instalaciones militares. Como la juventud perdida de tantos otros Billy Lynn para los que nunca volvería a haber futuro. Quizá ni siquiera presente.

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