Cinco novelas cortas, de Antón Chéjov (Alba) Traducción de Víctor Gallego Ballestero | por Juan Jiménez García

Antón Chéjov | Cinco novelas cortas

Pese a ser conocido como el campeón de la narrativa en distancias cortas o bien como escritor teatral que supo llegar en el momento adecuado a unas manos capaces de interpretar la fragilidad de su obra, Chéjov también se aventuró en una narrativa más extensa, cercana a la novela. Alba nos acerca ahora cinco novelas cortas de Chéjov, que comparten entre sí esa amplitud de espacio (que el escritor ruso reclamaba muchas veces en la lectura de sus cuentos y que poco a poco fue ganando) y formar parte de un tiempo de madurez.

Chéjov no creía especialmente en lo superfluo. Más espacio no significaba para él poder entregarse a descripciones suntuosas o historias enrevesadas, sino más bien poder entregarse más libremente a construir esos pequeños mundos con esas pequeñas gentes. Los argumentos pueden ser reducidos sin mucha dificultad y, como en sus cuentos, lo importante acaba por ser esas relaciones que se establecen entre las personas, entre sus personajes. Un buen ejemplo lo constituye esta recopilación, que están más cerca del estudio de unos personajes enfrentados al mundo que les rodea, que a la búsqueda de una historia.

El protagonista de Una historia aburrida es un hombre aburrido. Escrita en primera persona, podríamos decir que son las últimas páginas arrancadas a una vida que, pese a parecer haber dado todo a su autor, en realidad lo ha llevado hacia un estado de apatía, cuando no desesperación. Simplemente su protagonista es incapaz ya de comprender aquello y a aquellos que le rodean y, por lo tanto, de dar ninguna respuesta, ni ser útil para nadie. Todo le molesta y ni tan siquiera cuando pidan desesperadamente su ayuda sabrá que responder, vivo retrato de no de un hombre aburrido, sino de un hombre derrotado, que sin jugar a nada lo ha perdido todo.

Lejos está el médico militar Samóilenko, una de los personajes principales de El duelo. Otro será Iván Andreich Laievski. Otro más, el zoólogo von Koren. Laievski es un inútil al que se le ha metido en la cabeza separarse de su amante, tras conocer la muerte del marido de esta. Toda su habilidad está en confundir a la gente, en especial al bueno de Samóilenko, en evitar el trabajo, gastar el dinero y echar su vida a la basura, atormentado por sus dudas y su propia indolencia. Von Koren no lo soporta, y no dudará en ponerlo en evidencia una y otra vez, para desesperación de los otros dos. Alejados de todo, perdidos en un rincón de Caúcaso, los días pasan, pero la vida permanece con obstinación. También las manías, los miedos y los odios.

Algo parecido ocurre en La sala número seis. Estar lejos de todo, perderse en la insoportable cotidianidad de la vida de provincias, en un hospital horrible, corrupto, lleno de gente abominable. Eso es a lo que se enfrenta el doctor Andréi Yefímich Raguin, hombre de elevados ideales y lecturas, pero que precisamente por eso es incapaz de soportar todo esa sordidez. Su encuentro con un paciente de la sala número seis, dedicada a los locos, le revelará que está más cerca de ellos que de aquellos que pasan por cuerdos.

Esa misma otredad, ese mismo sentirse otro es el que anima a ese terrorista de origen noble que se hace pasar por criado en casa del hijo de un importante consejero contra el que quiere atentar. Gueorgui Ivánich Orlov, el hijo en cuestión, no deja de ser un Laievski más sofisticado. A él, la amante se le instalará en casa contra su voluntad, abandonando al marido, y su vida, llena de cosas insignificantes y amigos no mucho mejores que él mismo, se verá alterada hasta un punto insoportable, incapaz de comprender el amor de ella, pero a la vez demasiado cobarde para tomar cualquier decisión. Relato de un desconocido será otra brillante narración sobre un mundo en el que los ideales y, mucho menos, los sentimientos, no tienen ni lugar ni acomodo.

La última de las cinco novelitas será Tres años, de nuevo construida alrededor de una relación sin futuro, nacida muerta. Láptev, comerciante de amplia fortuna, se enamorará de Yulia Serguéievna, hija de un médico miserable. Ella no le quiere, pero atraída más por cambiar de vida que por su propia fortuna, accede a casarse con él, prometiéndole fidelidad y nada más. El comerciante confía en que con el tiempo ese amor surgirá, pero nada será como él piensa, porque su vida parece condenada a que nada sea como él quiere.

Obras de madurez (de ese precoz madurez suya), que van desde 1889 hasta 1895, también están embargadas por esa tristeza que empezaba a teñir su humor, cada vez más y más. Un humor triste o una tristeza con momentos alegres, quién sabe. Lo cierto es que a Chéjov le interesaba la vida, las personas, y esta y estas son como son. Un mundo nada acogedor para los idealistas que pueblan estas novelas, enfrentados a personajes ruines, dignos productos de su tiempo. Frente a ellos, queda poco lugar para la belleza y mucho para el desconcierto. Chéjov, como sus héroes, quiere creer en otros mundos posibles. Tal vez ingenuamente. Y nosotros. Nosotros también. Como una necesidad. Para seguir.

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