El loro de Budapest, de André Lorant (Fulgencio Pimentel) Traducción de Alfonso Martínez Galilea | por Juan Jiménez García

André Lorant | El loro de Budapest

Dónde quedaron aquellos tiempos del pasado, parece preguntarse André Lorant. Y parte en su búsqueda, en un lejano 1997. Lejano del aquel 1956 en el que, aprovechando que las nuevas autoridades húngaras andaban más preocupadas por lo que quedaba que por lo quién se marchaba, salió hacia Austria y luego hacia París, Francia, la que considera su verdadera patria. Parte en su búsqueda ya no solo mentalmente, sino físicamente, al encuentro de aquel niño húngaro feliz, crecido en una familia burguesa, aquel adolescente judío en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y la liberación rusa, aquel joven de la posguerra y la progresiva imposición del comunismo, hasta aquellos aires de esperanza aplastados por los tanques soviéticos. Este sería un trayecto, aquel de cómo no podemos escapar a los rodillos de la Historia. El otro, más íntimo, pasa por el padre, por la madre, por la hermana, por aquellos a los que encontró, por esas fotografías supervivientes de esos cataclismos. Otro retrato más abstracto, porque está construido sobre una memoria perdida, sobre unos recuerdos que deben ser reconstruidos en el mejor de los casos, porque en su mayor parte desaparecieron para siempre. El loro de Budapest está lleno de rabia. Rabia por lo que era y ya no fue, por la belleza perdida, que recuerda un jardín lleno de flores pisoteadas. En algún momento de su lectura, pensé en Jan Zabrana y Toda una vida. Con Zabrana comparte esa amargura, esa rabia, solo que el checo no se marchó y su pasado está ahí con él, todo el tiempo, siempre. También los mismos reproches hacia ese mirar a otro lado de la izquierda occidental ante la barbarie estaliana y el otro lado del muro. Como le reprochan a Lorant, son incapaces de perdonar. Es imposible perdonar.

André Lorant nace en 1930 en una familia de la burguesía húngara. Son judíos, aunque han renunciado al apellido e incluso a ese judaísmo. Lorant, sin ir más lejos, estudia en el catolicismo y no está circuncidado, lo que le librará de tantas cosas posteriormente. Esos primeros años son sus años felices, en los lo que lo tiene todo. La vieja Europa aún no se ha ido del todo y, desde luego, no de casa de sus abuelos y de sus padres. Cuando empiezan las cesiones de Europa ante Hitler y caen Austria y Checoslovaquia sin demasiado esfuerzo, Hungría queda ahí, en el curso amenazador del tiempo. Solo un gobierno pro-alemán la salvará del destino de otros, aunque ese colaboracionismo acabará por pasarle factura, con la llegada de los rusos. Entre medias, estarán el fugaz (pero terrible) gobierno de los propios fascistas húngaros, las cruces flechadas. La familia no solo va perdiendo sus bienes, sino que la amenaza de los campos de exterminio se hace ya patente. Entre todo, el padre contrae una enfermedad que para el escritor sigue siendo un misterio que no logra resolver, y muere. Y allí quedarán ellos, el resto de la familia, con los rusos entrando y la posterior caída de Hungría en la parte soviética de la Historia. ¿Cómo enfrentarse a estos años, a todas estas derrotas, ya no solo físicas? Mal.

Cuando regresa en 1997, tras más de cuarenta años fuera, él es francés. Francés por elección. Un francés que ha renunciado a Hungría y, por lo tanto, a una nostalgia. Mucho menos a una melancolía. Se encuentra una Budapest balcanizada y en manos de la mafia ucraniana. Sucia y triste. Sí, puede ir reconociendo algún sitio, pero es simplemente para constatar esa pérdida. Incluso repetir el viaje hacia Viena es una farsa más, un triste simulacro. La única ciudad posible, incompleta, borrosa, brumosa, está en su cabeza y solo a él le pertenece. Esa constatación también se refleja en el propio libro. De una historia familiar a grandes rasgos pasa al viaje físico de este último fin de siglo. Y de ahí, incapaz de agarrarse al presente, se va dejando caer desde la oscuridad de esos días a la belleza de otros muchos más lejanos, y a las personas que formaron parte de ellos. Esa belleza pronto destruida por la guerra. Su formación siempre fue francesa y su amor por Balzac, al que dedicará también sus años académicos húngaros, acabarán por llevarle, a él y a su hermana, a esa tierra de esperanzas que es occidente (con sus nubes negras, tantas). La madre se quedará allí aún diez años más. Si le reprochan no saber perdonar es precisamente porque el libro es también un ajuste de cuentas con su vida en Hungría y con todo aquello traicionado y defraudado, y las personas que compartieron ese destino. Un libro libro que refleja con una insobornable precisión que un retrato preciso de nuestras vidas solo puede ser en una escala de grises.

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