El peor escenario posible, de Alejandro Morellón (Fulgencio Pimentel) | por Óscar Brox

Alejandro Morellón | El peor escenario posible

Una colección de cuentos siempre tiene algo de catálogo, de muestrario de formas y ejercicio de músculo narrativo. A ver qué inventa. De salto al vacío, quizá, porque uno puede hacer con las limitaciones de espacio lo que quiera: condensar, finalizar abruptamente, trazar hilos o probar (voces, temas, personajes…). La última novela que leí de Alejandro Morellón fue Caballo sea la noche, y entonces se me ocurrió decir que se trataba de una obra condensada (falta aire, chocan las palabras, los momentos y los personajes se enroscan en una realidad que se intuye ensoñación, y viceversa), pero no breve. Un libro potente por todo lo que ofrece, por su manera de retratar a la familia protagonista y desgranar su desintegración, en el que el dolor se entremezcla con un tono de humor negro. Una novela de voces, pero también de ambientes cargados, pesados, tal vez porque describen un dolor más o menos familiar que siempre está ahí, aunque pocas veces se sepa cómo nombrarlo.

El peor escenario posible podría ser una continuación de todo esto. Aquí la forma es el cuento, convenientemente barnizado de un humor que en ocasiones no se sabe si es negro o abiertamente extraño. Que provoca una risa incómoda, no tanto porque toque temas espinosos, sino porque los toca de la manera menos esperada. Un ejemplo: el holocausto interior de una mujer casada explicado bajo la forma de una columna de revista de cotilleos (Algunas verdades del mundo en el que te ha tocado vivir). Otro: un Furby, aquel juguete que hizo furor en los 90, convertido en heraldo del fin del mundo (Pájaros que cantan el futuro). No diría que Morellón trate de ser gracioso (aunque lo sea, en unos cuantos relatos). Si hay un denominador común en sus historias es que resultan poco actuales; uno las lee con la vista puesta en décadas anteriores, con ese barniz de nostalgia o melancolía por un tiempo que no fue mejor, en verdad, solo escenario para nuestras infancias y adolescencias. Y creo que el autor maneja inteligentemente todas esas cuestiones: el ambiente del cuento, las voces, objetos o cosas que los protagonizan, el calado casi costumbrista de los paisajes humanos que nos presenta. La sensación de que un nubarrón de desgracias se cierne sobre un tiempo, o una época, que en la mayoría de ocasiones tildaríamos de inocente.

Morellón escribe con un ojo puesto en la cultura basura y la telerrealidad (La casa de tus sueños), muestra a quienes cree que son nuestros monstruos cotidianos -aquí, por ejemplo, un matrimonio con turbulento pasado nazi, cándidos benefactores de una sociedad más bien hipócrita- y se las apaña para ponernos frente a ese espejo deformado. Muchos de sus personajes acaban muertos o licuados, se nos descubren como criaturas extraordinarias o reflexionan sobre la falta, precisamente, de lo extraordinario en una vida que ha tirado tanto de la metáfora y la exageración que ya no es capaz de comprender casi nada. Me gusta la versión ácida de la edad atómica (la adolescencia, la tardía y la post) en Sentimental Punk y me encanta ese ejercicio a lo The Twilight Zone que podría ser Cada casa es una tumba, donde el relato se ciñe a las diferentes épocas de su protagonista para narrar un apocalipsis a cámara lenta, en lo que va del presagio a la destrucción. Resulta muy elocuente esa miniatura en torno a la enajenación futbolística (otra desgracia, cuando el deporte queda cooptado por el negocio y las corporaciones interesadas) en Ocho minutos de silencio, en la que su autor introduce, quizá, la pincelada más sensible: es un cuento en el que siempre está presente la anécdota, se podría decir que está construido a partir de ella; sin embargo, lo que narra de verdad es la composición, descomposición y melancolía de ese lazo paterno, más bien precario, que se mantiene con vida a partir, precisamente, de esa anécdota. Hay humor, hay horror y también melancolía.

En El peor escenario posible confluyen lo raro y lo común, las personas y los objetos, el núcleo familiar, sus cuitas y vicisitudes y lo extraño que embadurna todas y cada una de esas acciones que, a fuerza de hacerlas diariamente, ya no sabemos muy bien qué significan. Da igual si se trata de interactuar con un muñeco o de desentrañar lo bizarro tras algo tan habitual como hacer el amor con tu marido. Las historias de Alejandro Morellón exploran ese otro ángulo, la mirada trasera sobre lo cotidiano, lo esquinado, lo morboso y lo definitivamente fascinante agazapados sobre la sensación de estar vivo. De ahí que esta colección funcione en unas cuantas líneas: como catálogo de las habilidades literarias de su autor, como reflexión sobre una serie de elementos contemporáneos, que oscilan entre lo popular, lo moral y (diría) lo político, y cómo enorme juego para el lector que, de golpe y porrazo, se encuentra frente a una biblioteca bizarra en la que, entre apocalipsis y fin del mundo, su autor desentraña esa sustancia humana que es fondo y forma de sus relatos.

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