La confiança, de Guadalupe Sáez (Sala Ultramar, Valencia. Del 29 de mayo al 13 de junio de 2021)  | por Óscar Brox

Debo empezar por el principio. Hay una sensación de agobio, de calor y soledad, cuando uno pasa, casi roza el escenario y se encuentra a Diego Ramírez rompiendo el silencio de la sala con el ruido de una sierra mecánica. Una sensación como de quedar expuesto, inerme, bajo la mirada de alguien. De otra persona. De una persona que va a ejercer poder sobre ti. Con qué poco basta para mostrar esa violencia que será leitmotiv de la obra. La imagen, el cuerpo, contrasta con el escenario, que representa un quirófano destartalado en el que el único punto de referencia es el de la camilla que ocupa el centro de la escena. Y aún hay otro contraste más, el de Clara de Luna y sus instrumentos musicales, signos de puntuación emocional de la obra. Hablo de contraste porque creo que en todo momento La confiança nos muestra su esqueleto, sus engranajes dramáticos; nos hace partícipes de ese proceso de creación a través de sus tres intérpretes. Y hablo de sensaciones porque el texto de Guada Sáez apela, en numerosas ocasiones, a lo epidérmico; también a la conciencia y a la reflexión social. O, dicho de otra manera, sabe cómo hablarnos a cau d’orella y, asimismo, cómo transformar lo íntimo en político. Lo privado en asunto público.

La confiança empieza casi con un chirrido y un escenario vacío, muerto, con esa iluminación interior que siempre piensas que solo sirve para desenfocar a las personas. Para desdibujar su presencia. Es la voz flotante de Clara de Luna, que se extiende sobre la escena con pulso lento; a ratos parece acompañar el monólogo del personaje interpretado por Mertxe Aguilar y a ratos lo desdibuja. O le dibuja una barrera. Un obstáculo. Un sonido que nos saca de esa intimidad que actriz, dramaturga y directora (Eva Zapico, en este caso) tratan de forjar en escena. Digo intimidad como podría decir confianza, porque el texto dramático está tan despojado de adornos, de reflexiones que sobran, que sus palabras prácticamente nos exponen, nos invitan a enfrentarnos, con la violencia del momento del parto. Y, por extensión, con esa otra violencia que nos interroga sobre la clase de sociedad que hemos organizado; sobre la sociedad que nos gustaría construir.

Hay un gesto, una imagen en la obra, que me gusta mucho (cercana al final, por cierto). Diego Ramírez sujetando el cuerpo de Mertxe Aguilar como si se tratase de un fusil. En una obra que explora todas esas diferentes formas de violencia, muchas de ellas aceptadas, esta imagen remite inevitablemente a la sensación de que la violencia, más que nunca, ha sido interiorizada. Es parte de nosotros. Cada uno es un arma. Hablaba de epidermis, porque en la obra siempre están presentes los cuerpos, bien como esa coreografía entre los actores que hace las veces de transición entre escena y escena, bien como esa manera de Aguilar de moverse por el escenario. De resaltar, con su gestualidad, el monólogo escrito. Sobre todo, porque son palabras y sentimientos que siempre parecen en pugna con un obstáculo, con una barrera; con los brazos que la agarran para acostarla en la camilla. Palabras que comienzan a dibujar un espacio de intimidad, un refugio y un cobijo; que apelan a la conciencia de cada espectador, a lo que nos conmueve, para completarlo.

La violencia obstétrica de esa parte de la obra camina en paralelo a la de la historia de los orangutanes de Borneo y la imparable deforestación de la zona para llevar a cabo la plantación de azúcar de caña. Sáez utiliza esa historia como metáfora, como gesto de resistencia cuando muestra a una orangutana peleando contra los dientes de una excavadora para defender su territorio. Metáfora, sí, pero también una idea estupenda de puesta en escena cuando ambas historias (ficción y autoficción) se funden en el mismo escenario. Cuando esos otros dientes de la excavadora derriban, aquí de manera literal, la cuarta pared y casi se nos echan encima exigiendo, en buena medida, una respuesta similar a la de la orangutana. O, como mínimo, nuestra identificación. Nuestra empatía. No tanto un ejercicio de conmiseración, sino de esa palabra que a veces gastamos sin llegar a entender del todo: solidaridad.

Aguilar prácticamente no para de hablar en el tiempo que dura la pieza (y en verdad valdría mucho la pena leer el texto escrito después de ver la obra). Habita ese monólogo, pone su cuerpo para concederle la fuerza que necesita cada palabra. Nos pone en el brete de tener que examinar todas esas situaciones en las que late la violencia, a menudo cotidiana. Y nos pide que pensemos en ello; que no miremos tanto atrás, sino hacia este presente que debería ser de otra manera. Porque queremos creer que en verdad ha habido un cambio generacional, una ruptura con la Historia y el pasado, y una reformulación de la sociedad y de tantas otras cosas que resumimos bajo el nombre de Derechos. Que hace falta retomar esa confianza en el mundo, porque luego llegamos a un momento de intimidad extrema, de vulnerabilidad, de necesidad de confiar en el otro, y nos damos cuenta de que no está ahí. No existe o no sabemos si se ha perdido. U olvidado, tal vez.

La confiança es una pieza difícil, atravesada por la experiencia personal, montada con gusto y estilo (no quiero olvidarme del estupendo trabajo escenográfico de Luis Crespo) e interpretada con pasión. Es difícil porque nos expone ante la violencia, pero también nos interroga sobre su aceptación social. Nos pregunta qué hacemos para jalearla o detenerla, para restarle importancia al dolor o para pasar de puntillas por la soledad. Dispara, muestra, pone en escena un malestar que existe aquí y ahora, y que se abate sobre nosotros como los dientes de esa excavadora o el rugido de la motosierra. Es Borneo. Es el quirófano de un hospital. Es tu cuerpo. Son tus sentimientos. Es tu lugar en la sociedad y cómo esta te juzga cuando los expones abiertamente. Es la necesidad de cambiar. Algo. Lo suficiente. De cambiar para recuperar una confianza que no sabemos muy cómo pero se ha perdido. Y, de alguna manera, esta obra de Guada Sáez nos propone unas cuantas formas de nombrarla, de escenificarla y de ponerla frente a frente con la violencia cotidiana. Como dos planos, dos historias. Ficción y autoficción. Metáfora y Realidad. Texto y sentimientos.

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