La cancion de la bolsa para el mareo, de Nick Cave (Sexto piso) traducción de Mariano Peyrou | por Óscar Brox

Nick Cave | La canción de la bolsa para el mareo

Las sucesivas encarnaciones musicales de Nick Cave, con The Bad Seeds, Grinderman o junto a Warren Ellis, han contribuido a expandir el universo creativo de su autor en numerosas direcciones. Pequeñas mitologías que gotean sobre cada letra, cada tema y cada disco, como episodios que convierten a su autor en un Ulises cuya anhelada Ítaca representa la plenitud artística. La canción de la bolsa para el mareo es, en este sentido, una modesta odisea narrada durante la gira que Cave emprendió por veintidós ciudades de Estados Unidos y Canadá; un peregrinaje, escrito en las bolsas para vomitar de los aviones, que el músico australiano llenó de ideas, temores, sueños, intuiciones y fragmentos de vida.

En una habitación de hotel de Nashville, un hombre adulto sueña con un niño que apenas acaba de entrar en la adolescencia. Sueña con su soledad, con su curiosidad, con su oído pegado sobre las vías en espera del traqueteo del tren que sacudirá todo su cuerpo. Un cuerpo que se acerca al borde del puente y echa un vistazo al río cenagoso al que, según le han dicho, puede tirarse desde esa altura. Cave recuerda el lugar y el viento que correteaba hasta la base del cuello, el pilote de hormigón que sostenía al puente y el salto mortal del niño. En ese ímpetu final, se dice, la imagen de aquel adolescente es sustituida por la del adulto que aguarda en su habitación el pinchazo de esteroides antes de salir a tocar en Tennessee. Uno y otro, recuerdo y presente, están a punto de lanzarse al vacío.

Concierto tras concierto, Cave rellena cada bolsa para el mareo con letras de posibles canciones –la mujer del colmenero-, anécdotas recogidas de aquí y de allá -el día en el que la voz nasal de Bob Dylan le dijo que le gustaba lo que hacía; aquella vez que visitó con su mujer la casa de Bryan Ferry; el recuerdo de Johnny Cash en la última etapa de su enfermedad-, cabezas cortadas, tintes de pelo y llamadas telefónicas. Tachón y vuelta a empezar, viaje de Norte a Sur, cruzar la frontera con Canadá y apearse en cada lago que bordean, quién sabe si en busca del recuerdo de aquel crío que no se decidía a saltar. El autor de Where the Wild Roses Grow describe cada lugar como una mitología compuesta por momentos elevados e instantes grotescos, con humor y melancolía, con un rapto de efímera belleza y de machacona impertinencia. Paraíso y purgatorio, según la fase creativa en la que se halla; sueños y pesadillas que hablan de los miedos adultos, de la falta de inspiración, de las musas que revolotean alrededor de su cabeza y del cansancio que, lentamente, le lleva a desear el ansiado regreso a una Ítaca compuesta con los versos de sus canciones.

La canción de la bolsa para el mareo es un poema lento, en el que la voz de Cave ruge con el ímpetu de un tema como Red Right Hand y se apaga, poco a poco, como al final de la bellísima Where Do We Go Now But Nowhere. En soledad, como si esa efervescencia creativa que conquista sus breves capítulos fuese espuma de mar, instante fugaz de lucidez, descanso en mitad de la persecución, que Cave repite una y otra vez mientras continúa su ruta de conciertos. Soledad y, también, desenfado, anarquía y libertad, composiciones que su autor construye con cualquier cosa, ya sea elevada o pedestre, en la tranquilidad del lago Saskatchewa o junto al resto del grupo mientras buscan un lugar en el que cenar tras uno de sus bolos. Intimidad, la de esos relatos de amor violento y tierno, desesperado. De mujeres frágiles, hombres duros, cabezas cortadas, violencia y sentimentalismo, que Cave exalta en forma de poemas cotidianos y letras de canciones que preguntan si todavía hay amor, si esa espera eterna se acabará en algún momento, si las cosas buenas (y las malas) se olvidan porque tienen fecha de caducidad. Cartas de amor que, en vez de meter en botellas vacías y lanzarlas al mar, su autor escribe en bolsas para el mareo y lanza en este hermoso libro.

Ulises en ruta, Nick Cave se deja llevar por todo aquello que comprende la creación artística: los miedos, los recuerdos y los anhelos. Bajo la evocación de aquel niño que quería saltar al río cenagoso, el adulto abre las bolsas para el mareo que ha recogido durante el viaje y permite que ese chorro de memoria, como una catarsis, salga del interior de cada una de ellas. Cuando termina la gira con The Bad Seeds, Ítaca queda cerca en el horizonte, apenas a una llamada telefónica de distancia. Un puñado de números que, como en Palaces of Montezuma, se traducen en un puñado de palabras mágicas:

Oh c’mon baby, let’s get out of the cold
And gimme your precious love to hold

Entonces, imaginamos la voz de Cave mientras se apaga lentamente, satisfecha tras escuchar todo lo que su memoria tenía que decir. Ya no queda nada más en las bolsas, puede regresar a casa.


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