Benditos sacrílegos: actores no profesionales en manos de Daniele Cipri y Franco Maresco, por Henrique Lage

Daniele Cipri y Franco Maresco

“Las películas de Rossellini simplemente prueban que los italianos son actores natos, y que todo lo que necesitas en Italia para pasar por director es conseguir una cámara y poner algunas personas frente a ella” – Orson Welles [1]

Uno de los proyectos más ansiados por Roberto Rossellini fue Francisco, juglar de Dios (Francesco Giullare de Dio; Roberto Rossellini, 1950), una adaptación de los episodios sobre la congregación del santo que aparecen narrados en Florecillas de San Francisco y Vida de Fray Junípero y que co-escribió con Federico Fellini. La adaptación hace uso de auténticos monjes franciscanos, los mismos que habían participado con el director en Paisà (1946). Rosellini trataba de buscar la naturaleza de las enseñanzas franciscanas en el comportamiento candoroso de los monjes, donde chapotean en la lluvia, se alegran ante el sonido de las campanillas de las ovejas, juegan y ríen como niños. Esta naturalidad no fue bien recibida en el festival de Venecia de su año, con críticas a su “falta de realismo” aunque aquí se cumplieran preceptos del neorrealismo como la ausencia de decorados, la improvisación y, por supuesto, el uso de actores no profesionales. Era la extravagancia de aquellos intérpretes lo que más chocaba, donde la santidad era representada con regocijo y piruetas en lugar de con impavidez, lo que la crítica acabaría calificando de una actitud “poco digna” [2]. El director premió el inocente deseo de sus frailes con un espectáculo de fuegos artificiales y, a cambio, en honor al hijo que Rossellini acababa de tener con la actriz Ingrid Bergman, los extras del rodaje le regalaron un requesón.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacio, la muerte
Imágenes: Juan Jiménez García

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