Los atracadores, de Tomás Salvador (Salto de página) | por Juan Francisco Gordo López

Tomás Salvador | Los atracadores

Las rosas son rojas / las violetas azules / y abril es el mes más cruel. No por ser el despuntar de los cursis enamorados que no saben amarse bajo el cielo gris del invierno; no por el polen que enrojece narices y pulmones angustiados de alegre alergia; sino porque se descubre como el mes negro en Salamanca, ciudad que acoge el Congreso de Novela y Cine Negro al que acuden, aparte de investigadores y gente del gremio, personalidades de la cultura y literatura del género. Lo más granado del panorama actual. Y todo ello corre a cargo de Álex Martín Escribá y Javier Sánchez Zapatero, directores del afamado evento.

Son, estos dos nombres, avezados “buscadores” de snitch doradas de la novela negra y era de esperar que, tarde o temprano, coordinasen libros de cuento del género en la editorial de Pablo Mazo. Salto de Página se ha dedicado a publicar lo mejor y más maduro de la juventud nacional, apostando siempre por autores y relatos que gozasen de la calidad que se espera de los mayores prestigios literarios. Sin embargo, hay otra colección, dentro de la misma editorial, que recupera las novelas que desgraciadamente no tuvieron tanta repercusión en su momento pero que están destinadas a convertirse en clásicos. Aquí entran en escena los coordinadores, los editores que rescatan del baúl de la celulosa obras que deben ser alternadas con las lecturas más contemporáneas al lector.

Y aquí, justo en este lugar en el que escribo, sobre las teclas de un viejo portátil, conviven los Modelos animales de Aixa de la Cruz con Los atracadores, de Tomás Salvador. A estas alturas, seguro que a Aixa ya la han leído ustedes, pero si han hecho lo propio con Salvador, es posible que haya sido cualquier otra cosa que no sea dentro del género negro. Y es harto probable, dado que no hay estilo que este prolífico escritor no haya tocado.

En el caso de Los atracadores, novela negra, que da lo que promete en el título por partida triple, triple negrura, oferta triple; la historia se compone como una larga cadena en la que los eslabones van pesando y la tensión se incrementa hasta que irremediable y endiabladamente se dispersan los fragmentos por el goce estético del lector.

La banda de “los corteses”, apodo que generosamente se han ganado, está integrada por tres miembros que, lejos de ser diferentes entre sí, se complementan a la hora de perpetrar los atracos y robos con unas medidas dosis de fuerza, agilidad e inteligencia que en ocasiones desborda tanto al lector, que se desprende de su cartera de un salto. Cuando avergonzado vuelve a retomar la lectura, agradece el comportamiento de los delincuentes y los persigue como un policía al que se le escurre el hurto.

La estructura de los capítulos de la novela en grupos de tres hace que la lectura se haga rápido y evita que le cojamos demasiado cariño a uno solo de los protagonistas: o los tres, o ninguno. Y esta consecución de apartados va a llevar la acción hasta sus últimas consecuencias, en una frenética disposición de augures que los protagonistas se empeñan en evitar a toda costa. El resultado: un final desatado y el colofón de una última vuelta de tuerca.

El prólogo de Javier Sánchez Zapatero ya nos advierte que la obra no está escrita al uso y que en ella no se va a encontrar uno con personajes de un Hammett o la helada ambientación de un Mankell. Barcelona es el telón de fondo y sus habitantes sus víctimas y verdugos, con todo lo que la ciudad puede ofrecerle al ambiente de una trepidante novela que se resiste a esconder los estragos de la Historia en una España aún convulsa.

Su lectura, déjenme la propuesta, debería realizarse en un bar, con tipos rudos acodados en la barra, los pies sobre otra butaca, respaldado por la cristalera que da a la calle, una cerveza rozando los labios, una fría mirada a través de la bruma y una pistola todavía humeante en el regazo…

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