Teatro griego contemporáneo, de Alexandra K*, Jarálambos Yanu, Yanis Mavritsakis, Yanis Calabrianós, Andreas Flurakis y Lena Kitsopulu (Antígona)  Traducción de Cristina Mayorga, Alberto Conejero y Kyriaki Cristoforidi | por Juan Jiménez García

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En Grecia la tragedia pasó de ser algo clásico a ser algo contemporáneo. Terriblemente contemporáneo. Los dioses se fueron pero quedaron las altas instancias europeas, y el Olimpo ya no es más que un puñado de edificios administrativos. Las víctimas, claro, son las mismas. Y digo claro porque eso no ha cambiado ni desde la Grecia clásica ni desde la creación del mundo. Mucho menos en nuestros días. Como es difícil ser completamente trágico durante tantos miles de años y sería algo ridículo intentar refugiarse en esas cuevas milenarias, el teatro contemporáneo griego aporta su propia visión de las cosas. La tragedia se resquebraja o agrieta por la ironía y todo por algo que intuyo debe ser ahora muy griego: la inquietud, la incertidumbre, el desconcierto. En definitiva, signos de nuestro tiempo. Algunos. La selección de obras de Teatro griego contemporáneo, afirma todo esto y, como no podía ser de otro modo, alguna que otra vez lo contradice, pero lo cierto es que funciona perfectamente a dos niveles: como una acertada y sugerente mirada sobre la dramaturgia que se está haciendo allí y ahora, y como el retrato de estos años tristes.

En Métodos revolucionarios para la limpieza de una piscina, Alexandra K* nos muestra los últimos instantes ya no de la vida de una familia, sino poco menos que de la humanidad. La idea del padre de invertir todo su dinero en una casa con piscina en el fin del mundo, se convierte en una delirante sucesión de enfrentamientos de todos contra todos y de alguno incluso contra el Estado. El Estado, ese ser fantasmagórico que encarna la crisis, no solo económica, de un país que no sabe muy bien qué hacer con su vida. Unas vidas errantes, como la de Niki en El punto ciego, de Yanis Mavritsakis. Paseante solitaria de su propia existencia, punteada de encuentros al azar disfrazados de destino. Como esa mujer cargada de bolsas con la que coincide una y otra vez, esa voz del presente que recuerda la confusión de los tiempos. El único personaje que parece tener algo que decir mientras los demás pasan, como esos coches que uno no sabe dónde van.

Frente a esos destinos individuales, que se precipitan hacia la comedia o el drama caprichosamente (cuestión de vientos), Hijos e hijas, de Yanis Calabrianós, o Quiero un país, de Andreas Flurakis, son un conjunto de voces todas confundidas. En el primer caso es la búsqueda de la felicidad a través de cien años de historia griega, una historia no siempre contada, porque está mal, por el buen gusto, porque hasta el pasado puede ser interpretado, negado, reinventado. Lo que hubo y lo que queremos. Lo que hay. Andreas Flurakis entrega a una multiplicidad de voces anónimas el retrato de su época, porque una época también puede definirse por lo que desea, eso deseos que responden a sus carencias. En estos tiempos, no queremos nada nuevo, sino poder sacar la ropa vieja del armario. Cuando lo peor sucede a lo peor.

Frente al destino colectivo y a los enfrentamientos individuales contra ese destino, quedan los mundos cerrados y violentos, siempre esperando esa explosión definitiva que, esta vez, no dará origen a nada más. Jarálambos Yanu y la vida en familia en Hambre, con ese hijo que podría haber interpretado el Lou Castel de Marco Bellocchio. O ese monólogo a lo Angelica Liddell que se marca Lena Kitsopulu en M.A.R.I.L.U.L.A. Piezas para cerrar este puzle teatral de la realidad griega, no tan alejada de nosotros, me temo. Porque después de todo, el común denominador es el hombre. Lo único que hemos logrado globalizar es la miseria y las dudas. Esas incertidumbres que decía. Esto es: la certeza de que solo hay dudas.

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