Siamés, de Stig Saeterbakken (Mármara)  Traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Øyvind Fossan | por Óscar Brox

Stig Saeterbakken | Siamés

Basta leer a Kjell Askildsen o a Dag Solstadt para que se vengan abajo las convenciones morales y la fachada de civismo erigidas en torno a la sociedad noruega. Uno y otro manejan la ironía arrimándose a la frontera de la crueldad, con afán por desnudar, desde el relato o la novela, la mezquindad inherente al cuerpo social, a la naturaleza humana o a esa Razón que no nos salva, precisamente, de los sufrimientos cotidianos. Que, como mucho, nos proporciona elementos de análisis para ponernos en contacto con nuestro sufrimiento. Con las elecciones que lo precipitan y, asimismo, con las decisiones que no lo pueden aliviar. Probablemente, Stig Saeterbakken careciese de la cintura de aquellos escritores para envolver con ironía las cuitas íntimas de sus personajes. Al contrario, pues tanto A través de la noche como Siamés abordan la realidad de sus personajes a bocajarro. Con las palabras, o los monólogos, como herramientas para perforar el rechazo o la incomunicación que se han instalado en sus vidas. La ansiedad por un final que acecha en cada página, que asoma en cada pensamiento, que se precipita sin que por ello sintamos alivio. Más bien, soledad. O el horror de aquellas presencias cotidianas que no saben cómo hacerse accesibles para ayudarnos a hacer frente a nuestro dolor.

Siamés nos sitúa frente a frente con la vejez de un matrimonio, Edwin y Erna. Él, impedido, sobrevive como un anacoreta en el baño de la casa; ella, consumida, trata de construir un monólogo dramático mediante el cual encontrar un poco de esperanza entre tantas palabras de odio. De rencor hacia la vida. La visión de ambos personajes por parte de su autor es extrema, en el sentido de que sus palabras, sus descripciones, tratan una y otra vez de trasladarnos hasta un mundo que se descompone, que se agota en el hartazgo de dos figuras que no han podido elegir la vejez que deseaban. Y que, por tanto, solo pueden dejarse llevar por ese viaje final a la nada, mientras se apagan poco a poco. Saeterbakken, quien sabe si porque nunca llegó a vivir esa época, hace de Edwin y Erna una pareja de náufragos en un piso en mitad de ninguna parte; dos personajes que se han convertido en frontera de sí mismos, en asteroides que chocan a cada rato liberando pequeñas explosiones de rabia y agonía. En las que Edwin lamenta su inevitable decadencia física, que lo ha transformado en un monstruo que solo puede pensarse a través de sus problemas intestinales, de su ceguera y del olor que desprende. En las que Erna trata de aplacar la torrencial lluvia de imprecaciones y de violencia psicológica que se infligen el uno al otro en cada una de sus acciones.

Para una sensibilidad como la de Saeterbakken, un libro como Siamés podría reflejar la fragilidad de las pasiones humanas, la facilidad con la que somos capaces de herir, de destruir, de dejarnos caer sin remedio. Pero, asimismo, podría reflejar también nuestra forma de relacionarnos con el dolor, el propio y el de los demás, de escenificarlo o de absorberlo en nuestras vivencias, o de convertirlo en un elemento habitual, naturalizado por fuerza. Y en verdad hay pasajes de la novela que resultan conmovedores por la voluntad de su autor de rasgar la última barrera moral posible y sumergirnos en la experiencia de esa vejez hecha de carne, sangre, fluidos y lágrimas. Terrible. Cercana. Cruenta. En la que las palabras de Edwin y Erna siempre parecen preparadas para llevarnos a alcanzar un nuevo estadio de degradación moral, a medida que el dolor se entremezcla con los pocos fragmentos de memoria que se mantienen en pie; a medida que su experiencia se diluye, se difumina, aislando sus respectivos monólogos a la espera de un final.

Es probable que Saeterbakken fuese un escritor acechado una y otra vez por la culpa moral, pero, asimismo, empeñado en avanzar por encima de ella. En compartir ese dolor que la sociedad, cualquier sociedad, tamiza de muchas maneras para evitar que salpique. Por eso, muchas de las páginas de Siamés desprenden una agresividad que, más que violencia, habla de inutilidad. De fragilidad. O de incomunicación. Del grito sordo que procede de una habitación cerrada. De las lágrimas que se escurren fuera de plano. Es aquello lo que las palabras de Saeterbakken sabían cómo capturar en toda su dimensión. Son esas las criaturas que poblaban sus novelas y el enfoque que el escritor noruego elegía para enfrentarse al proceso de envejecer. Por eso, Siamés parece una historia de habitaciones cerradas y de gestos que se desarrollan allí donde nadie apunta su mirada. La habilidad de su autor, sin embargo, implicaba encerrarnos, a través de sus palabras, con ellos. Ser los únicos testigos de ese drama que no encontraba su lugar. Dar testimonio de esas vidas que se apagaban lentamente. De esas voces cada vez más separadas. Marcadas. Capaces de enseñarnos la naturaleza del fuego. Es decir, del dolor.

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