La muerte de Napoleón, de Simon Leys (Acantilado) Traducción de José Ramón Monreal | por Juan Jiménez García

Simon Leys | La muerte de Napoleón

¿Y si Napoleón hubiera logrado fugarse de Santa Elena con un ingenioso plan construido por una igualmente ingeniosa, pero desconocida, mente, escondida en las sombras? Tal vez no hubiera cambiado nada. En realidad, las preguntas correctas son dos. Una se la hizo Leys: ¿por qué no escribir una novela? Otra abre el libro, como una cita. ¿Qué hubiera ocurrido si Napoleón hubiera usado su inteligencia para otra cosa que no fuera poner patas arriba el mundo? Más o menos. Se lo preguntaba Paul Valéry. Entre todas estas dudas y deseos es dónde se instala La muerte de Napoleón. Sueño fugaz de una noche de verano.

Napoleón está en Santa Elena. El tiempo se ha detenido y pasa sus días pensando en un regreso. A París, a las andadas. Quedan tantos mundos por conquistar. Uno no pasa de emperador autoproclamado a exiliado obligado de la noche a la mañana. Pero para eso hay que volver. Entregarse a un intercambio por un doble y partir. Volverse Eugène Lenormand, apodado Napoleón por su parecido con él. Una larga travesía en barco, pasar por Bélgica, reunirse allí con sus liberadores, seguir hacia la capital. Reclamar lo suyo. Es decir, todo. Pero algo falla. Su situación es frágil y un eslabón de la cadena se pierde. ¿Y ahora qué? Llegar llega, pero lo único que le esperan son un montón de sandías para vender por las calles, una viuda, cuatro nostálgicos de no se sabe muy bien qué, y una vejez que le seguía de cerca y que ahora le alcanza. Napoleón se convierte poco a poco en Eugène, que ya no es solo un nombre: es él mismo.

Yo es el otro. Hay un momento revelador en el libro de Simon Leys, cuando Napoleón advierte que está contemplando los campos de batalla de Waterloo por primera vez. Napoleón abandona el cuerpo de Napoleón. O a la inversa: solo queda su cuerpo, aquella parte de él condenada a desvanecerse, a una lenta despedida de aquel que fue. Intenta creer que todo es de nuevo posible, pero con poca convicción. Le emociona más conquistar las calles de París vendiendo fruta que partir en otras batallas, redimir Waterloos ahora convertidos en destino turístico y lugar de trabajo para farsantes. Napoleón, calificado de vampiro, aquel que vivió de la sangre de los otros (y de los suyos), no puede esperar ya nada de nadie. Sí, quedan nostálgicos, porque hay nostálgicos de cualquier cosa. También de las más terribles. Desconocido para los amigos, inexistente o muerto para los enemigos, ya solo le queda una batalla que librar, la más difícil: contra sí mismo.

Cuántas veces tantos soñaron con esos regresos sobrenaturales, ese Napoleón que vuelve de Santa Elena, ese Hitler que nunca murió, aparecido en vete a saber qué rincón sudamericano, preferiblemente. Como si aquellos hombres quisieran repetir su destino, partir de un imposible cero, como si nada. Cómo no pensar que puestos a elegir por segunda vez se dedicarían a otra cosa. Sin embargo, no dejan de volver una y otra vez, encarnados en otros cuerpos pero con idénticas ambiciones. Dispuestos a la destrucción de los demás a favor de las más delirantes ideas. Simon Leys sabía mucho de esto y vivió pensando en Mao mucho tiempo y hace mucho tiempo, cuando aún había maoístas (maoístas que le acusaron de todo). Napoleón no volvió, Leys escribió su novela, y Valèry, demasiado tarde, tuvo la respuesta a su pregunta, en este libro. Todo está bien.

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